Benita San Siro era la
mujer más bonita del pueblo,hasta tal punto, que todas las demás,
todas las noches, rezaban antes de dormir una plegaria a la virgen
del Simún, a ver si podía ser, que a la Benita se la llevara un
viento lejos lejos lejos y a los chicos les diera por mirar a otro
lado que no fuera: el culo hecatombe de la hija del herrero; las
piernas, como columnas dóricas de la hija del herrero,
interminables; los hermosos tobillos sosteniendo todo aquello de la
hija del herrero; el pelo suelto, dorado y luminoso, flotando en el
...manifestándose; el ritmo en las caderas, el suave balanceo de sus
hombros, cada paso, la Benita, hija de puta, que tenía copado el
territorio de palomos, sólo con asomarse a la ventana.
Y además era lista. No
miraba a ninguno.
O era muy tonta, porque
hasta habían venido a verla hombres desde la mismísima ciudad, con
muchísimo dinero.
Por las tardes se
escuchaba piar a los pájaros sobre entre las nubes, muchísimos,
todos esbeltos y magníficos, mencionando su nombre con el pico,
mientras marcando círculos con-céntricos en el cielo, comían
mosquitos.
Por las tardes, un
nutrido grupo de muchachos iba a hacer cola sólo para verla,
apostándose, bien en farolas o barandas, o barquitos de papel con la
vaga esperanza de que la Benita asomara su perfil por la ventana.
A veces, por la tarde,
Benita se asomaba.
Y entonces era mayo, de
repente, aunque fuera septiembre, y bajaba al jardín, y de repente,
como mayo, todo era ropa limpia, blanca, y corales, y una playa azul
turquesa, en lontananza. Y entonces se ponía a caminar, y todos los
centauros del desierto, se arrodillaban a escuchar en el asfalto cada
uno de sus pasos sobre la tierra húmeda del patio.
Porque nadie suspiraba
como ella. Bajo el naranjo.
Dicen que la Benita
mataba los gatos desde lejos, cuando era chica, sólo con mirarlos.