1 de septiembre de 2014

Thais 2.0


Que saques de paseo la bestia que hay en mí
de un cordelito, por ahí a chupar cucuruchos de helado;
a cruzar los semáforos con los ojos vendados;
a partirnos la cara por vivir,
cada hoja que empieza a caer de los árboles;

A veces ni siquiera tengo que mirarte a los ojos.
Sé que estás ahí.
A bordo de esto que llamamos nosotros.

Que sepas que clavijas tocar para afinarme en fa bemol
cuando entro en modo pizzpicato.
Que te revuelques, como una cerda, en mis besos todavía.
Que te dejes hacer cardenales. Con los dientes. En la carne.

 Como si fueras mía.



30 de agosto de 2014

¿Quién no ha chupado alguna vez la tapadera de un yogur de chocolate?



“-¿Eso se para solo?”.

“Eso” era la música del móvil. Acabábamos de follar y así, bajo la luz de la luna que entraba de la calle por la ventana, en pelota picada y medio muertos sobre las sabanas azules, de gusto, ninguno de los dos iba a mover un dedo ni aunque fuera a acabarse el mundo en cinco minutos A lo más, apenas si movíamos con esfuerzo los labios para comunicarnos:

“-Sí”.

Mentira. Aquella mierda tenía recién cargada la batería, y en la carpeta de música había canciones para el resto de mi vida. Por eso lo primero que escuchamos cuando abrimos los ojos fue una de Vetusta Morla, que hablaba del mar y las mareas, y de cuantas cosas trae a la orilla si sabes esperar a que amanezca.

“-Tengo hambre”.

Y se puso a comerme la polla para desayunar sin que me hubiera dado tiempo ni siquiera a esbozar un buenos días.
A la hora del almuerzo aún me temblaban las piernas.

“-Anoche, mientras el viento movía las cortinas, supe de pronto por qué”.

No soy muy listo. ¿Pero por qué qué?

“-Por qué te quiero”.

Interesante...

“-Necesito que alguien me cambie las bombillas. Que baje las bolsas de basura y que de vez en cuando, me diga bonita. A las mujeres nos gustan esas cosas. Alguien, que se meta en la cama oliendo a limpio, y nos frote los pies, y nos pregunte, si estamos dormidas. Tienes que arreglar otra vez el grifo de la cocina. Gotea. Y cuando no estás, parece un reloj, y de esperarte, se me mete la cabeza en las rodillas y me pongo a pensar cosas extrañas, sobre camiones que pasan por encima de ti o, si un extraterrestre te ha llevado, si te ha partido un rayo, si, no sé, te ha tragado una ballena.
Te quiero porque siempre vuelves. Como un perro. A mí. Incluso cuando te enfadas y me juras por tu madre y por los muertos de los muertos de los muertos de tu padre que no vas a volver. Por la virgen del Carmen. Por el mismísimo Batman. Y que guapo te pones. Y cómo se te hinchan las venas del cuello y de los ojos te salen esas cosas ardiendo. Y qué poquito tardas, en llegar por la espalda y abrazarme y decirme al oído que eres tonto, que dónde, vas a ir tú sin mí, si sin mí ya no hay más sitio donde ir que cuesta abajo. Sin sin mí vas a perder catorce kilos; si sin mí, te vas a morir.”

Luego cogió una fresa del frutero, la puso entre sus dientes, y mirando como un gato cualquier punto muy lejano allá en el infinito, la partió en dos como a un velero en mitad de la tormenta.




28 de agosto de 2014

Sin que crujan las cuadernas


Quiero un amor de cucarachas. A prueba de bombas nucleares.
Un amor, autoejecutable. Con muchos gigas. Singular y plumífero,
como el ave Dodo.
Un amor de carreteras secundarias, cuatrero, sin llamada en espera.

¿Es lo que ibas a decir?

¿Traes las manos, llenas de piedras blancas?

Supongamos que.
Y te perdono.
Y vuelves a besarme.

Supongamos que dejo que me ates.
Que firmo donde dice para siempre.
Que me lobotomizas.

Supongamos, que dejo de existir. Otra vez.

¿Es lo que quieres?

Porque yo te quise así. Todo lo ancha. Irremediable.
Quería ser tu Minotauro.
Me gustaba quitarte las bragas con los dientes.
Le puse tu nombre a una estrella.
Me costó 180 dólares.
Para que no se me. Nunca.
Durante un tiempo,
te parecías a las ruedas de los coches, a las vías del tren,
a las bombillas y los bordes de los vasos, fuiste,
una canción, el viento,
las horas del reloj.
Salías de cada esquina, cada cajón.
Te encontraba en la sopa. En los charcos. En los escaparates.

Y ahora estás aquí.
Qué pena que sigas sin ser “Tú”,
y que yo siga siendo yo.




25 de agosto de 2014

Nunca te dije que tuviera corazón


...cosas en las que nunca nos fijamos.
Esa alcantarilla, por ejemplo.
¿Qué habrá debajo?”dices.

No me apetece imaginarlo.
Yo vivo en un mundo, perfecto, Darling.
Sin pobres, ni perros abandonados, ni violadores de niños ni,
malos olores.
Vivo al abrigo de un rebaño.
A salvo de, cualquier eventualidad.

...¿quién quiere ser un héroe?
Me sientan mal las capas, prefiero el chándal,
y el único principio que me rige,
es que otro pase hambre;
que lo atropelle un coche;
que se muera de cáncer;
que sea otro el refugiado,
la víctima,
que otro, sea el crucificado, yo,
soy demasiado cobarde como para ponerme delante,
al amanecer, de un pelotón.

Ni con los ojos vendados. Ni siquiera por ti.

Por eso aún sigo entero,
mientras tú ya te has roto, tantas veces,
en mil pedazos.

Tú y tu dale una moneda.
Yo y mis ¿no ves que está borracho?
Tú. Tú y tu vocabulario de frases imposibles:
Deberías dejar de fumar”
Tú y tu paciencia. El calor de tus manos. Una orilla en tus ojos,
de siluetas pescando, y almejas enterradas en la arena.
Tú que te que te porque a Betty, la chica de la peli,
se le ha roto una uña.
Que te llevas a casa los nidos de gorriones.
Que te quedas a bailar hasta muy tarde, bajo la luz de la luna la danza de la vida.

Loca.

Te vas a matar.

¿Y qué haré yo sin norte?

¿A quién haré llorar?

Y aún te atreves a llamarme bebé, porque no tengo los ojos abiertos, dices,
todavía.

¿Sabes qué? Vuelve otro día.

He visto Matrix nueve veces.

No soy tu Neo.
No soy tu Popeye.
No soy Super ratón.

¿Todavía estás aquí?

¿Qué coño estás mirando?




14 de agosto de 2014

Algo que ver con el amor


No quiero a mi madre.
Mi madre me pegaba.

Eso es lo que pienso de la sangre, por cierto,
tengo un regalo para ti.

No es un transatlántico. Ni un pijamita rosa.
No es una ventana.
No es la luna.

En cambio aún quiero a mi padre.
Aunque también me pegara.
Soy yo quien decide a quién perdono, y por qué.

Los días que estaba sobrio,
me enseñaba a montar en bicicleta.
A fabricar cometas.
A dibujar con lápices de cera en el caparazón de las tortugas,
arcoiris y barcos.

Por cierto: no es un Iceberg.
Ni se come, ni un zapato.

No es otra canción.

¿Te he contado alguna vez por qué todavía sigo vivo?
A pesar de todas esas guerras que asolan mi mundo.
De que nadie se recicle.
De todos los cadáveres, las mocas, las lombrices.
De que las putas no coticen en la seguridad social.
A pesar de que un tipo saque una pistola en la cola del hipermercado y se ponga a disparar porque tiene mucha prisa.

A pesar de todos mis errores.

No. No se come. Por cierto, no es, un faro.

Porque tengo los ojos abiertos.
¿Ves todas esas estrellitas?
Se llama Universo.
Si sabes eso, también sabes que sólo eres un grano de arena en la playa,
y que la única palabra que importa, es, gracias.

Ya te he dicho que no es chocolate.
No es un yunque.
Ni un camaleón.

¿Recuerdas aquel gato que atropellamos con el coche?

Lloraste mucho.

¿Recuerdas el día que me encontraste en la basura?
¿Que me metías en el pico trocitos de pan?
¿Recuerdas cómo me vendaste el ala rota con una bufanda que llevabas al cuello,
de papel celofán?

No es París.
Ni un nuevo ordenador.
Ni una plancha.
Ni el cubo de Rubik.

Tiene que ver con que me habite tu luz el corazón.

Si dices que sí,
que sea para siempre,
-donde “siempre” sea igual, en la ecuación,
a los días que aún me quedan por vivir-.

17212 si no recuerdo mal.

Ya le puedes quitar el lacito...