24 de octubre de 2014

Crazy for you


-Debería dejarme barba...

Y me ha mirado así. ¿Os acordáis de la música de Tiburón? Pues igual. Escalofriante. De pie frente al espejo como un pistolero, con la cuchilla de afeitar en la mano y la espuma en la otra, a punto de, mientras ella hace pis, lo intento de nuevo:

-¿No crees que inhibes mi personalidad? En el fondo te gusta mi barba. Se te nota. ¿Puedo dejármela? ¿Em?

Y Antes de que diga, “No. Pica”, le suelto un par de perros:

-Pues yo te como el coño y no protesto. Y ya me gustaría. Como el de la muñeca Nancy. Qué rico.

Parece un jarrón. Mírala. Con los brazos en jarras como Bud Spencer. La verdad es que da miedo. Nunca me haría daño; pero sólo de pensarlo me tiemblan las piernas. Esto se me ha ido de las manos. Ahora me va a contar lo de que si de verdad la quiero me pondría en su lugar. No creo. Harían falta tres o cuatro como yo para ocupar todo ese sitio. Total que va y me dice, que si no me afeito, no hay besos. Y yo le digo, “¿Ah, sí?”, y ella se acuesta. Se acaba de duchar. Huele. Muy bien. Como un postre.

¿Qué vas a hacer, idiota?, le pregunto al tío del espejo. ¿Vas a dejar que tus hormonas decidan por ti?

Pues sí.

Porque yo sin sus besos me muero. ¿Para qué quiere un muerto una barba? Me tiene cogido por los huevos. Acéptalo, tiene la sartén por el mango. Tiene los besos.

-Me he afeitado.

-ya lo veo.

-¿Y mis besos?

-Mañana. Tengo que levantarme muy temprano. Te quiero. Apaga la luz.

Y se ha dado la vuelta.

Se ha dado la vuelta.

¿Y mis besos? Me cagon la puta ¿y mis besos?

¿Os acordáis de El Resplandor?



23 de octubre de 2014

Soy un círculo


Llegaban al nido sin nada en el pico.

Primero fue el miedo a las bolas de goma;
la cruz en la pizarra;
los ahora te vas a enterar.

Después fue el hambre.
La espada y la pared.

Y el hambre sí pudo.
La voz tomó las calles
-”Hijos de puta”-.
Rugía como una tormenta
y llevaba los niños en brazos.
Sin tabaco ni bolsillos. Gente de a pie.
Gente con huesos y recuerdos
unidos como trenzas reclamando pan a cambio
de toda la sangre que fuera necesaria.

Sangre de abuela y de albañil,
de embarazada, fontaneros, estudiantes.
Sangre de pájaro y de perro.
Roja y caliente.
Como un rio.
Un infierno donde se moría con lo puesto:
pero sonriendo como Burt Lancaster.

Hasta que llovió como maná, del cielo,
pan
como la lluvia en el desierto.

Hubo que enterrar muchos muertos.
Que comenzar de nuevo.
Que no olvidar.
Que aprender a nunca más ofrecer la otra mejilla.

Volvió el viento en la cara y mirar el horizonte
se convirtió en una asignatura de primaria.



Para Bea Calvo y todo el que esté a punto de estallar

22 de octubre de 2014

Toma 3


Fue tan bonita como escribir un libro con dos dedos.
Corta como febrero. Guarra en la cama. Un cisne.
Y sobre todo fue sincera, no, me dijo, soy de nadie.

Yo la creí hasta donde han enseñado al hombre a creer en algo,
y fue una gata en mi tejado hasta que un día
hizo la maleta porque sí.

Se llamaba Me Dueles, y aunque nunca fue mía,
me dejó esta cicatriz en el labio.







21 de octubre de 2014

Cada vez que


Hay una parte de mí que hasta entiende por qué te compartas así. Y otra que lo sufre. Y ya no lo entiende. Cuanto más alborotas, menos te entiendo.
Si te faltara un brazo ¿podrías vivir? ¿Sin un ojo, sin una pierna? Aún podrías ir a la pata coja hasta Malasia o hacer malabares sencillos con naranjas y plátanos. Respirar este aire. Pero sin mí, nunca sabrías qué había dentro de las nubes. El amor es cosa de valientes. No se salta del barco como una mala rata. No se abandona el puesto. Un capitán se hunde con su nave.

He visto en el naranjo la primera flor de azahar. Fuera. Mientras regaba de lágrimas el césped. De lágrimas por ti, como en esa canción de Luz Casal.

Si me vuelves a gritar, me moriré.


19 de octubre de 2014

Peldaño nº 11119


He alcanzado el nivel naranja. No sé si es mucho; pero sé que es suficiente. Sobre todo si lo comparo con el color mierda de mi vida hace no mucho. O el gris que nublaba mis días no hace tanto. Sin ir más lejos con el verde que emanaba como un geiser así, a ratos, tanta esperanza. Sin saber si. Sólo queriendo, queriendo que. La esperanza está bien. Pero es mejor el movimiento-aunque se quiera mucho, a veces, la esperanza nunca es suficiente-, la acción, el resultado. Se acerca más a estar vivo que vivir de mirar nubes. Se acerca más a las nubes, de hecho.

Ayer fuimos a ver a mi madre.
“No me conoces mamá. No sabes una mierda de mí. Te has perdido lo hermoso que soy. Llevo media hora cenando contigo y ya me quiero ir. Me pregunto qué hace que yo sea tan poco importante para ti.”
Soy pura energía, me digo. Soy un hijoputa. Tú puedes, me repito mientras mastico.
-Esto es para que vayas a la peluquería”. Y dejo el billete sobre la mesa. Para demostrarle a una mujer que nunca me ha abrazado que sólo hay una manera de hacer las cosas bien.
Allen me mira complacida, de que el mismo hombre que la muerde hasta que le salen cardenales en las tetas, tenga un corazón ahí dentro.
Allen sí me abraza. Me abraza como a un árbol y me dice cosas al oído. Siempre cierro los ojos. Me dejo caer y cierro los ojos. Y la escucho decir las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida. Y cuando los abro, sigue allí.
Los trenes no pasan una sola vez. Pasan muchas. Tal vez no el mismo siempre. O no a la misma hora. Allen fue un trenecito de vapor entrando por la vía nueve. Yo apenas un saquito, de huesos esperando en la estación.

En el nivel naranja no hay promesas. La promesa en sí no puede calificarse como acto, si no como un absurdo e irrefrenable deseo de inmortalizar lo que ni siquiera ha ocurrido aún, elevando algo tan abstracto como el futuro, a una quimera, a una probabilidad entre un millón. Por ejemplo morirse. Si ya no estás, si algún día. Te lo prometo. Pero nadie se muere. Ni te baja la luna. Ni pollas de esas.

No hay miedo. El miedo actúa como depresor de la velocidad, inquieta e induce al desatino de la locomoción, provoca el advenimiento, poco a poco en ti, del fracaso. De las noches llorando bajo las sábanas. De los días sin comer. Del no me tengo. Del se acabó.

Ponte una pistola en la cabeza. Seguro que cambias de opinión.

No hay perdón. No si quieres pasar a otro nivel. Y yo quiero. Quiero brillar. Un día. Antes de morirme.
Tengo una lista de las cosas que hice mal. Es una lista larga. Muy larga. Fue porque un día me quedé sin excusas. Y me miré al espejo y el tío del espejo me dijo que quién coño era yo para andar por ahí como si fuera el rey del universo. Partiéndolo todo como si fuera mío. Pisando el césped y cortando margaritas de raíz. Y vi mi rastro. Y lloré mucho para nada. Y aquel día compré una pistola.

Y ahora estoy en el nivel naranja. Me parece increíble. Y aún conservo los dedos de los pies. Y algo de pelo. Y estoy más cerca. De cualquier cosa. Sí, el nivel naranja está bien. Al fin y al cabo fui el tío que inventó aquel puto planeta. Lo que yo quería, no era de este mundo. Aunque en realidad lo que pasó fue que nunca me rendí.

No hay pasos en falso.

Hay que.

Como si te hubieran metido una granada en la boca.