1 de agosto de 2015

Sara, Le Fanzine nº 10



-¿Y qué has venido a hacer en New YorK, Sara?

-Lo contrario de lo que estoy haciendo.

-No te entiendo.

-¿No sientes que hay otro dentro de ti? ¿A veces?

-Me perdí a Nietzsche en el instituto. Pero si te refieres a que no eres feliz puedo decirte un par de cosas sobre la felicidad.

-¿Más café?

-Tengo que irme. Gracias otra vez , Sara. Y el café estaba muy rico. Si alguna vez te hace falta sal, o...no sé. Algo.

A Sara le gustaría besarla. Meter los dedos entre sus cabellos despeinados y llenarle el maquillaje de besos pequeños como granos de arroz y olvidarse de todo. Besar a Susi con los ojos cerrados y desparecer. Por un momento. Flotar con Susi en una nube lo más lejos posible del ruido de los coches y el tic tac de los relojes. Lo más lejos posible de la Sara que un día aceptó el primer trabajo:

“-¿De acuerdo, Sara? Entrar...

-Hacer mi trabajo. Salir. Lo he entendido Parker.”

Hay otro dentro de nosotros que quiere salir y que en algún momento lo consigue.

-Susi...

-¿Sí?

Besar a Susi allí de pie cargada de bolsas del supermercado. A Susi con sus zapatos baratos. Con sus manos de fregar platos a nueve dólares la hora. Besar a Susi y creer en algo. Salvar lo que quede de Sara en esos labios:

-No me gustan los niños. No vuelvas a llamar a mi puerta.


Su primer trabajo se llamaba Sr Carolina del sur. El tipo puso así la mano para protegerse del arma y la bala se la atravesó dejando un agujero tan grande que al otro lado se podía ver su cara completamente destrozada por un cartucho de matar ciervos.  



31 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 9


Así que no tenías mamá. Vaya. Así que eres un pequeño monstruo. Vaya. ¿Cuántos años tienes? ¿siete?

-No me mires así. Pensé que si te daba un poco de lástima...y que sonreirías y que dejarías de contarme todas aquellas cosas horribles de gente muerta y subirías conmigo en el ascensor, porque a mí, me da miedo subir sola y siempre espero a que suba alguien conmigo y...¿de qué es este libro? ¿De amor? ¿Hay besos? Me encanta cuando hay besos. Mamá me lee unos cuentos estupendos para dormir. Siempre hay besos. Y dragones y princesas y, después mamá se pone a hablar por teléfono con tía Helen. A veces la escucho llorar. Tía Helen por lo visto le dice que todo ha pasado, que tranquila, que nadie más volverá a ponerle una mano encima, y que lo ultimo que sabe de él es que los de la condicional le han buscado un trabajo en un taller del centro y que no quiere saber nada de su hija. ¿Hay dragones en este libro? Qué aburrido. ¿Tienes videojuegos? ¿Te gustan los gatos? Me encantaría ser una princesa. Mamá me ha enseñado a hacer tortitas. ¿Te gustan las tortitas? ¿Tienes novio? Yo una vez tuve uno. En preescolar. Me regalaba cromos. ¿Te gustan los cromos? A mí sí. Tengo un montón. Llevamos poco tiempo en New York. Mamá ha prometido llevarme a ver el acuario. Y después ir a un Mac Donals. La verdad es que todos los días me promete algo. Pero siempre está corriendo de un lado para otro. Yo creo que nos vinimos tan lejos porque tiene mucho miedo. A veces me levanto a beber agua y entro en su cuarto y está diciendo en voz alta cosas raras mientras duerme y, suda y se retuerce entre las sábanas y, bueno, yo, la quiero mil y, aunque a mamá no le de tiempo a cumplir sus promesas a veces vemos una peli comiendo palomitas y siempre me trae algo cuando vuelve del trabajo. No me preguntes nunca por mi padre. Es una norma de amigas. ¿Vale? Ahora tienes que decir, vale, y cogernos del dedo meñique y escupir al suelo. Mamá no sabe que escupo. Otra norma de amigas es no contarle a mamá algunas cosas. Dedo meñique. ¿Tienes perro? En Iowa teniamos un perro. Cuando papá llegaba borracho a casa se ponía a ladrar entre las faldas de mi madre. Yo quería que papá se muriera. Eso tampoco se lo puedes contar a mamá. Dedo meñique. ¿Puedo poner la tele? ¿Tienes más galletas?¿De qué están hechas las nubes?

Opción número uno: “Vete de mi puta casa ahora mismo o te tiro por esa ventana”.
Opción número d...

-Va a empezar. Ven, Sara. Siéntate aquí conmigo. ¿Te gusta Bob? A mí también me gustaría vivir en una piña debajo del mar.

Toc toc toc.
Seis horas más tarde.
Toc toc toc.
Margarita se ha quedado dormida. Hay migas de tortitas encima de la mesa. Y cromos. De flores y peinados antiguos y faros.

-¿Se ha portado bien? De verdad, no sabes cómo te lo agradezco. No volverá a ocurrir, te lo prometo, es que hoy, bueno hoy...

No has tenido un buen día. Ni ayer. Ni el otro. Ya.

-Estoy haciendo café...



30 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº8


A Sara le gusta ese serial donde el doctor Marschall se pone las botas con Marieta en el cuarto de las penicilinas a espaldas de Graciela. Pobre Graciela. Claro, como ella sólo es enfermera, como el tiempo no ha pasado en vano, como ya hace tanto de...

“-¿Has visto a Marschall, Penélope? Tengo que entregarle este historial.

-Mmmmm...no, no. No le he visto en toda la mañana”.

Claro que le ha visto. Todo el mundo le ha visto.

Mañana más. A la misma hora. Y galletas. De chocolate.



El silencio. El puto silencio y las cortinas meciéndose en el aire. Un cigarrillo, las cuatro de la tarde, las piernas cruzadas y un libro en las manos. Podría ser el paraiso.

-Toc toc toc.

No ha pedido pizza.

-Toc toc toc.

¿Por qué el mundo es tan pequeño?

Y de pronto Sara está mirando por la mirilla de la puerta y viendo a Susi.
Susi es la madre de esa niña. Pero eso Sara todavía no lo sabe. Sabe que es guapa. Que no le importaría seguir un rato más mirándola por la mirilla. Observando sus pechos perfectos y duros y las rodillas por debajo de la falda, y esos zapatos de mujer distraída y ese, maquillaje a las prisas y, joder, Susi, cómo necesitas ir a la peluquería. Pero es guapa. Seguro que huele a limpio.

-Hola- Sí. Huele a limpio-. ¿Tú eres Sara, no? Soy Susi, la vecina de abajo. Y esta es Margarita, mi hija. Me ha dicho que sois muy buenas amigas.

Pequeña zorra...

Margarita está cogida de la mano de su madre y sonríe. Antes de que Sara pueda abrir la boca Susi ya le está contando que la canguro le ha fallado y...que bla bla bla y que va tarde al trabajo. Que serán sólo seis horas. Que por favor. Que por favor. Que no conoce a nadie más en New York. Que tampoco le apetece. Que va a votar a Hillary, claro. Que le duelen los zapatos. Que Margarita es un encanto. No te imaginas lo que es un divorcio. Una nueva ciudad. Un nuevo jefe. Tengo...que... irme.

Y ya no está.

En cambio Margarita está sentada en el sofá. Le cuelgan los pies y los balancea mientras hojea el libro que Sara estaba leyendo:

-No tiene dibujitos.  




29 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 7


-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara acaba de volver de la lavandería. Lleva puestos los auriculares y no ha escuchado la pregunta de la niña que acaba de ponerse a su lado a esperar el ascensor. Así que la niña se ha puesto a tirarle de la camiseta.

-¿Por qué tienes el pelo azul?

Sara se ha destapado una de las orejas, ha dejado en el suelo una bolsa con ropa, se ha puesto en cuclillas y ha cogido a la niña de las dos manitas mientras llega el ascensor:

-¿De verdad quieres saberlo?

-Sí.

-Cuando era pequeña, el día de mi octavo cumpleaños, entraron en mi casa cuatro tipos muy muy feos y se liaron a balazos con mis padres. Yo estaba aprendiendo a montar en bicicleta en el jardín. Había mucho ruido y mucho humo y vi por la ventana de la cocina, de puntillas, cómo a mi madre le atravesaba una bala la cabeza y le salía por detrás y todos los azulejos se machaban de rojo, de trocitos de cerebro que resbalaban lentamente por la pared mientras mi padre gritaba sin poder hacer nada porque le habían roto las piernas con el palo de amasar las pizzas y estaba de rodillas suplicando que no lo mataran. Primero le volaron las dos manos con una recortada. Para que no cogiera nunca más lo que no era suyo. Recuerdo que los dedos estuvieron moviéndose por el suelo como gusanos por lo menos treinta segundos. Después otro le sacó la lengua y abrió una navaja y se la cortó como si fuera una rebanada de pan. Desde ese momento a mi padre ya no se le entendía nada de lo que decía. Sonaba como un muñeco roto. Como si se le estuvieran acabando las pilas. No sé por qué le cortaron la lengua, porque me tapé los oídos cuando el tercero empezó a vaciar el cargador contra aquella cosa que ya no parecía ni mi padre. Una oreja se pegó en la ventana desde donde yo lo estaba viendo todo. Parecía una mariposa. El último de aquellos hombres le escupió a la cara, y acto seguido se fueron por la puerta de delante de la casa como si salieran de una partida de bolos, bromeando entre ellos y dándose palmadas en la espalda, hasta que se subieron a un cuatro por cuatro que tenían aparcado en la otra acera y se perdieron tras la puesta de sol de aquel día como los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Las puertas del ascensor se han abierto.
Sara se ha incorporado y le está preguntando a la niña si no debería estar llorando, si no le da miedo, si no tiene ganas de salir corriendo y contarle a mamá que ha conocido a una extraña que era una mujer mala.

-No tengo mamá.

Se llama Margarita y vive justo debajo del ático de Sara.

Son 12 pisos.

Pero va a subir por las escaleras.




28 de julio de 2015

Sara, Le Fanzine nº 6



Su último trabajo había sido Sr Boston. Las víctimas nunca tenían nombre, no para ella. Porque no le importaba. Normalmente, Parker, al que nunca había visto en persona, la llamaba de pronto al teléfono y en muy pocas palabras o menos si podía la ponía al corriente del día, la hora, quién, el lugar, y cuánto iba ella a cobrar por el encargo. Era mucho dinero. Sr Boston tenía que ser alguien importante. Y alguien importante nunca estaba solo. Valía demasiado para alguna compañía o corporación o como quiera que llamaran a esas enormes multinacionales. Así que de seguro, Sr Boston llevaría un par de guardaespaldas a todos lados y dormiría con una parabellun cargada debajo de la almohada y un gran danés sobre una alfombra de piel de vicuña al flanco izquierdo de la cama. De seguro, que no había hecho nada bueno para dormir con un ojo abierto. Pero eso, a Sara, tampoco le importaba.
Aunque había un sitio donde Sr Boston sí se quedaba solo casi una hora y no era el baño. Los jueves de seis a siete y media. En casa de una rusa que tenía como única labor a cambio de un pisito en la zona más cara de la ciudad y una tarjeta dorada para hacer realidad todos sus sueños, hacerle a Sr Boston una buena mamada y atarlo luego como a un perrito de una correa de cuero a la pata de un sofá estampado con flores italianas. Perrito malo. Perrito malo. Los jueves. De seis, a siete y media.

Escaló dieciséis pisos descalza y con un cuchillo de cocina entre los dientes y una pequeña pistola sueca encajada en el elástico de las bragas, de balcón en balcón hasta llegar a una de las ventanas del salón de aquel apartamento donde Irina Popov le estaba dando con una cucharita de postre un flan de vainilla a Sr Boston, que por alguna razón que sólo ellos conocían, llevaba puesta una sotana y tenía metida en el culo una cruz del revés hasta la mitad: “Perrito bueno se va a estar aquí, quietecito, mientras mamá va a buscar a Sr Patata”.

Cuando Irina volvió del cuarto de los juguetes, Sr Boston estaba todo a lo largo boca arriba tirado todo como un cerdo en el suelo y con el cuello abierto en canal como una sandía de un corte limpio como el culo de un bebé y derramando tanta, tanta sangre que a Irina no le dio tiempo ni a gritar antes de que los perros entraran a empujones por la puerta porque algo les había mojado los zapatos.
Sr patata estaba destrozado en el suelo...y la brisa entraba como un gusano por la ventana.

Entrar.
Hacer tu trabajo.
Salir.

No es tan difícil.

-Le va a encantar. Además hay de todo en esta parte de Queens: droguerías, tiendas de flores, supermercados, y...

-Me lo quedo.

-¿No quiere ver el resto de la casa?

-...

-De acuerdo...entonces, sólo hay que rellenar algunos de estos papeles y...a ver...¿Nombre completo?

-Sara Bonapiedra.