31 de julio de 2014

Con los dedos cruzados


Si soy capaz de hacer un birdie de un par tres en el hoyo dieciocho con un huevo,
y no se rompe, mi gobierno se ha comprometido a:

-Dejar de usarnos en su propio beneficio como a pollos de corral.
-Ahorrar en las facturas de Cacharel y Armani, de Loewe y Valentino.
-No privatizar el aire.
-Aprender inglés.
-Legalizar la libertad.
-Que la ley, vuelva a ser ciega.
-Que otra vez llueva café en el campo.
-Que los músicos pasen el sombrero por la calle.
-Que mi casa no llore.
De pena.
De hambre.
De frío.
-Que Chanquete resucite.
-Que no lo llamen amor, cuando quieren decir sexo.
-Que les crezca la nariz. Como a Pinocho.

Entre otras cosas.
Lo están considerando.
Porque voy a intentarlo.
O tendremos que vernos las caras en la calle.





29 de julio de 2014

Dar cera, pulir cera


Hermano hombre:
Todas estas cicatrices no son por casualidad.
Yo también era un cazador.
Pero no cambiaría ni una sola de estas llagas
por un palco de honor en un sofá,
junto a alguien que jamás, se hubiera defendido con los dientes,
como un animal de mí.
De las veces que no, de las que nadie, de que ni aún, de que tampoco.
De esperar.
El milagro de su nombre otra vez en mi boca.
Cada día.
Mis manos de antes. Llenas. Limpias.
Cada día.
Los besos. De entonces. Los de verdad.
Con los ojos cerrados.
Sin el suelo en los pies. Cada día.

Que no se hubiera roto de caer.
De los pañuelos blancos, las estaciones, los barcos.
De olvidar.
De enterrarme.
De nunca más.

Mirad estas heridas.
Son lo más hermoso que poseo.
Las guardo como se guarda una medalla.
Sobre mi piel, tatuadas como el mapa de un tesoro.
Para que nunca se me olvide que el amor,
era más grande que mis buenas intenciones.
Que una noche de grillos es mejor que ir a la ópera.
Que en las luces de las velas, hay bailarinas de ballet.
Que el camino siempre es largo.
Que todos los días, hay que mover montañas.
Que los platos no se rompen solos.
Que el ojo en la bala.
Que las jaulas matan.
Que si el tiempo pasa, es porque no se han detenido los relojes.
Y deberían.
Cada día.
Con la mujer que cada uno va diciendo por ahí, que es suya.
La de un cajón lleno de lunas para qué,
si lo único que quería de ti,
era una sonrisa.

Ahora vivo desarmado como una puerta abierta y tengo un huerto,
donde siembro, una flor para su pelo, y cada noche, de cada día
acabamos sentados en el porche fumando la pipa de la paz.
Mirando al infinito y más allá, mientras ella me pregunta, al oído,
dónde he aprendido a amar así.



28 de julio de 2014

No te olvides de pedir un deseo


-¿Alvarado Monroe?

-¿Sí?”

Le disparó a bocajarro tres veces a la cara. Estaba muerto. Seguro. Así que afianzó una vez más como tenía por costumbre sus gafas graduadas con la punta del dedo a la nariz y sin mirar hacia atrás en absoluto subió al viejo auto que había aparcado un momento frente a aquella gasolinera olvidada de la mano de dios en mitad del desierto de Nevada bajo la atónita mirada de los camaleones, con la sola intención de que con un poco de suerte y si fuera cierto que el hombre de la sucia y grasienta camisa de cuadros que ahora yacía tumbado como una cucaracha de bruces boca arriba sobre el suelo y que regentaba aquella mierda de sitio fuera su padre, y pudiera cumplir para siempre la promesa que se había hecho hacía mucho a sí misma frente al espejo el día que mamá, mientras la estaba peinando para ir al colegio, la puso al tanto por fin después de tanto de preguntas sin respuesta, de que era hija de un coronel nazi huido de la justicia que malvivía aún seguramente escondido bajo un nombre tan falso como un billete de monopoly en algún agujero muy hondo de este mundo, lo suficientemente lejos de todos los crímenes que había cometido, incluida la violación de incontables prisioneras a las que después de someter a las vejaciones más absurdas y caprichosas mandaba fusilar de inmediato y aún desnudas sin saber siquiera cómo se habían llamado, y a la vista de todos en el centro del patio.

Muriel Ergman había sobrevivido a Auschwitz de milagro. Al parto. A la Europa que habría de esperarla tras el fin de la guerra. A los años de puta rodando por las calles hasta que un zapatero marsellés se enamoró perdidamente de ella y la sacó de debajo de la luz de las farolas.
Pero sus ojos no, y nadie supo nunca más si tenían fondo.


Luego Grettel condujo hasta un motel, pagó una sola noche, se tumbo sobre la cama a esperar a que su corazón se quedara del todo vacío y antes de que el sueño la rindiera y se quedara dormida como hacía años que no recordaba, dijo mirando al techo: “Te perdono”, y dejó caer sus párpados con la esperanza de amanecer al día siguiente, tan bonita, como una flor recién cortada. 



22 de julio de 2014

Poesía para descarriados



Si el amor es el ojo de una aguja
quiero ser un camello.
Quemaré mis naves.
Donaré mis órganos.
Me prostituiré.
Venderé mi alma.
Y prometo abrir todos los días las ventanas.

Pero que no me deje aquí. Tan solo.
Viendo muertos en la tele.
Buscando con los ojos algún dios.
Envenenándome.

Atraviésame, amor, el pecho como un rayo.
Que un pétalo de flor sea más que suficiente, una brizna de hierba,
para calmar el hambre.
De paz.
De belleza.
De sentir a raudales como un río la vida corriendo por la sangre.

Dame los ojos amor de ver colores.
Sácame del gris.
De los días de lluvia infinita.
Del tic tac del reloj y la música bajita,
mientras echo de menos saber cómo será.

Que te abracen.
Como a un árbol.
El calor bajo las sábanas.
Los pies bajo la mesa.
Los chistes malos.
Los helados, el cine, los rollos de papel, del váter y las pizzas.
Las fallas del terreno.
Los días sin hablarnos.
Los después.
De nuevo los helados, los grillos, mi taza de café.
Esa que dice, “Soy un desastre”.
Supongo que no había más tazas.

Debe ser magnífico que todo brille más.

Escribe pronto amor.

Te estoy esperando.



A Irene

21 de julio de 2014

Stadística


Anoche me dormí mirando el techo.
Gertrude ya se ha levantado. La escucho preparar en la cocina el desayuno de los niños.
¿Buenosdíasmiamorcómohasdormido?”. Y ya tengo a Paul agarrado a una rodilla y a Betty subida a la espalda.
Sabe muy bien cómo he dormido. No tengo trabajo hace seis meses. Pero contesto: “Bien”. Para ayudarla a mantener esa sonrisa todo el día. No se merece otra cosa. Otra cosa, sería demasiado cruel.
Salir todos los días a la calle se ha convertido en algo parecido a inflar con la boca un traje de neopreno: “Lo siento, no necesitamos a nadie”. “Es usted demasiado jóven”. “Es usted demasiado viejo”. “No se adapta al perfil de la empresa. Lo siento”.
Yo también lo siento. Siento que mis hijos necesiten zapatos. Que Gertrude cocine la tortilla sin huevos; que a Paul se le haya caído un diente y el ratoncito Pérez no haya aparecido todavía. Ha tenido el diente bajo la almohada dos semanas. Siento decirle al señor del banco que este mes tampoco. Que por dios. Que el mes que viene. Que seguro. Que tengo hijos.
Siento tener que estar sentado cuatro horas en una silla de la oficina de contratación para que me llamen B-231. No soy un número, joder. Me llamo Horacio. Tengo una mujer preciosa y las paredes repletas de cuadros de niños soplando tartas de cumpleaños o dando de comer a las palomas.

Tengo que salir. Ahora Gertrude dirá: “Saldremos adelante”. Y me besará. Con uno de esos besos pequeñitos que sólo es capaz de dar alguien a quien no le importa otra cosa que seguir juntos pase lo que pase. Un beso tan bonito, que sales a la calle con la impresión de que ni siquiera la muerte podría separarnos.

-¡¡¡¡D-167!!!!

-Me llamo Horacio, señorita, y tengo una familia por la que sería capaz de matar. Así que si no tiene nada nuevo que decirme que no sea “su expediente bla bla bla”, saldré por esa puerta con la cabeza muy alta. No vengo a robar. Vengo a pedir trabajo. Porque sabe, soy un excelente trabajador, una persona responsable, y aunque usted no tenga la culpa de lo que está pasando en este país, la tiene de hacerme sentir como una verdadera mierda.
Pero vamos a salir adelante.
Que tenga un buen día.

-¡¡¡D-168!!!