20 de diciembre de 2014

Si crees, existe


Queridos reyes magos:
No sé si he sido bueno; pero he plantado un árbol,
he sonreído a los transeúntes,
saludado al vecino-al del quinto. Un hijoputa-,
y apenas si he mentido
(Si las hadas existen, si existen los centauros), además,
nadie me ha visto dejar un dólar debajo de la almohada.
Ni coger aquel diente,
Ni salir de puntillas de la habitación.

He sido bueno coño...

Ahora cumplid vuestra parte del contrato:
quiero morirme antes que ella.
Que me despida desde el puerto con un pañuelo blanco.
Que suene una sirena. De barco y que el viento me susurre,
al final,
lo has hecho bien”.
Y dejar una estela en el mar.



8 de diciembre de 2014

Algunas de las cosas que me gustaría hacer antes de ya sabes cuándo


Me gustaría saltar desde un acantilado.
Abrir las alas.
Volar.
Me gustaría ser un árbol.
Uno con pájaro y manzanas.
Y escuchar cómo dicen,
bajo mi sombra,
te quiero la primera vez con quince años.

Me gustaría abrazar a mi padre.
Sin palabras.
Sin idiomas distintos.
Mi padre y yo y un paquete de tabaco.

Me gustaría dirigir la Filarmónica de Viena.
Gustav Mahler, Lizt, Tchaikovsky.
AC/DC.
Les Luthiers.

Me gustaría follarme a Lara Croft.
Que me apuntara a la polla con una pistola
y me mordiera la oreja y me clavara,
las uñas por la espalda.

Me gustaría hacer feliz a mucha gente.
Con sólo una sonrisa. Una sonrisa blanca
como un acorde de guitarra.

Me gustaría tropezar otra vez con esa piedra.
Haber estudiado matemáticas.
Saber dónde estaban en el mapa, Berlín,
Nigeria, Dinamarca.

Me gustaría no haber visto tantas lágrimas.

No haber roto tantos platos.

Me gustaría ser,

Un apache.


1 de diciembre de 2014

Dispara de una puta vez, no tengo todo el tiempo


Una vez me enamoré de una estatua.
Era preciosa y yo estaba borracho. Le juré amor eterno.
Pero era fría como el mármol y mis lágrimas
le importaban una mierda.
No funcionó, claro.

Otra, de una sirena escandinava.
Casi me ahogo.

De una yegua torda, de una vaca, la condesa descalza, aquel colibrí...
De un Hada. Con alas.
Se fue volando a Barcelona. En primera. Sin decir adiós.

Me pregunto qué fue de la Osa Mayor.
La llamaba peluche.
No le gustaba.

O de aquella tormenta donde conocía a Afrodita.
Qué tía. Casi me mata. Todos los días eran sábados.

En triciclo, en cometa, en patinete, en unicornio, en una nube. A pie.
Y no llegaba a ningún sitio.
Así que me senté como Penélope a esperar en un banquito del andén.
Hice bufandas de lana. Crucigramas y sudokus. Aprendí coreano.

Pero nunca bajaste de aquel tren.

Y un día, sin querer, tropecé en la cola del supermercado.
Contigo.
Todos los yogures por el suelo. Los huevos al carajo.
Como si alguien hubiera vomitado.
Un desastre.

Y ahora estoy aquí.
Esperando a que termines de lavarte los dientes.
En casa.


Ilustración de Ana Igsan

29 de noviembre de 2014

The life, y un aguacate


Bucear en los charcos y encontrar bicicletas, chapas de botella,
trasatlánticos.
Dejar que nos trepen por la espalda, al sol como paredes, las lagartijas.

Hay huevos hirviendo en la cocina.
Se mueven como si tuvieran algo dentro.
Como si fuera a salir un pollito, de pronto, de cada uno piando.

Bajar las escaleras por la barandilla.
Meter en el microondas la cubertería.
Aprender a morir cualquier día.

Reírnos.

Meterte la lengua en la oreja hasta lamer tu cerebro,
y sobre tu vientre un paso cebra y mis deditos
cruzando el Abbey Road
con las manos metidas en los bolsillos.

La casa está llena de cosas pequeñas.

Otra, metí los dedos en un enchufe y me gustó.
A veces lloro y también me gusta.

(tienes algo en la boca)

No sé,
si te voy a querer toda la vida. Me encantaría, Mientras tanto podemos,
se me ocurre,
                                                                                         llenarnos
                                                                                         la
                                                                                         cabeza
                                                                                         de
                                                                                         pájaros.



25 de noviembre de 2014

The wonderful world of insects


De los labios solía colgarle un cigarro perenne como la hoja de un naranjo y hecho a mano con un tabaco de contrabando que traían los criollos de aún más al sur, al que de vez en cuando la misma gravedad que parecía existir tras aquellas gafas de cristales oscuros ocultando sus ojos seguramente azules como un secreto a voces, la ley de Newton hacía una considerable merma y de un tajo invisible y certero dejaba caer como una nieve muerta las cenizas sobre las teclas marfiles de un piano antaño lacado en burdeos y manchado de culos de vaso de bourbon y vicetiples que se habían sentado una y otra vez encima con las piernas cruzadas a cantar medio borrachas para un público al que sólo le importaba olvidar delante de la última copa, cualquier canción siempre que fuera triste y terminara pronto, como una bala en la nuca.
La cicatriz- una de tantas- que le cruzaba la ceja derecha le ocurrió con los filos de una botella de champaña barata el mismo día en que Marcie apareció por las puertas del bar colgando del brazo de Nico Mataperros como unos esquíes y envuelta toda ella en una larga y rubia cabellera que brillaba como una mañana de verano entre el humo y el sudor de los estibadores del puerto y algún que otro viajante de enciclopedias que había tropezado en el Burning de milagro buscando un coño que no se pareciera en absoluto al de su esposa, camino del estado de Louisiana, tal vez. Se sentaron en la siete a beberse aquella noche, y a los cinco minutos, Marcie se acercó a pedirle una canción.

-No toco para putas”

A Eddie le habían roto el corazón tantas veces que los médicos ya no le encontraban el pulso cuando aparecía por el hospital con la cara rota y cada vez con más frecuencia o un cuchillo de carnicero clavado en la rodillas( una irlandesa que lo había partido en dos de un sólo chas porque estuvo embarazada tres meses hasta que una tarde apareció diciendo que venía de una clínica, plana como el horizonte de las salinas y sin niño dentro porque a su lado, no se divisaba el más mínimo futuro-. O una montaña de mujeres que arroparon a Eddie como a un gatito sin que él hiciera otra cosa por las noches que sacar las uñas recordándoles que sólo estaba entre sus sábanas porque era navidad, o porque fuera estaba diluviando y la ciudad, estaba llena de fantasmas con paraguas que no iban a ningún sitio. Que a su lado, todo fracasaba, tarde o temprano, para qué.

Nino casi lo mató de una paliza mientras Marcie disfrutó del espectáculo saboreando cada burbujita de su copa justo en la punta de la lengua sin perderse ni uno de las bonitas flores que cada una de las gotas de sangre que aquel chico de manos delicadas y piel de pájaro dibujaba en la pared, pasillo abajo, camino de la puerta trasera del local hasta el callejón donde se derrumbó entre los bidones de basura con el rabo entre las piernas como un perro mojado. El dueño del Burnnig le había advertido que si seguía queriendo que alguien le clavara en el centro del pecho una navaja, se buscara otro sitio donde llorar todo aquel soul que le salía de los dedos como un látigo.

Al día siguiente Marcie volvió a sentar su perfecto trasero en la siete. Venía con un polaco. Venía a por más. Venía a por un blues. No fue lo que dijo, fue cómo:

“-Vendré todos los días. No sé cuánta sangre te queda en el cuerpo; pero a partir de ahora es toda mía”.

Fueron sus ojos. Todo aquel agua.

Aquella misma noche Eddie tocó todas sus miserias para ella como si no hubiera nadie más en el local, y cuando el polaco se marchó harto de que aquella impresionante venus de destellos dorados lo ignorara como a una mosca y se quedaron los dos solos al arrullo de las copas vacías sobre el mostrador, Marcie se acercó a él y le dijo que estaban poniendo otra vez Casablanca en el Royal, tomaron un taxi en la avenida y para cuando Sam volvió a tocarla otra vez, se le montó a la grupa en la última butaca del cine y se lo metió tan adentro que casi se muere de un suspiro tan hondo que pudo escucharse al otro lado del mar, flotando como un tapón de corcho...