30 de enero de 2015

De andar por casa


Salgo al patio de atrás y en cuanto el sol me da en la cara pienso en ti y en lo mucho que te amo y cuánto me gustaría que estuvieras aquí ahora a mi lado. Cogidos de la mano. Con los ojos cerrados. Y te llamo. Ven. Ven. Ven. Y desde dentro de la casa se escucha para qué. Porque hace sol, mi amor, te digo. ¿Escuchas?, te digo. Te digo: ¿qué, hay más importante que este sol?, y tú, me dices arqueando las cejas, encogiendo los hombros, hipermegaretóricamente, que si ¿llegar tarde al trabajo? ¿Poner en remojo los garbanzos? ¿La reunión de padres de alumnos? Sí. Otra vez. Dice que esa maestra le tiene manía. Y la maestra dice que se queda prendada en la ventana, que no atiende, que a veces, ni siquiera contesta por su nombre. Que de mayor quiere ser, feliz.

La escucho y eso. Bla bla bla. Como una marioneta que asoma por la ventana de la cocina. Bla bla bla. Una vez que empieza nunca se cansa. Aunque me vaya a por tabaco, cuando vuelvo sigue hablando como si no me hubiera movido de allí. 

Ya sé que la vida es dura monstruo. Que todo es jungla. Que hay que separar la ropa de color.
¿Y qué? Ven, coño.

Con los ojos cerrados todo es naranja, te digo, amor, y me contestas, que si no estuviera loco, para qué me querrías...




28 de enero de 2015

La tienda (1)


Ella te encuentra a ti. Te sucede. Como una chica bonita a la vuelta de la esquina. Y de pronto, te apetece que llueva. 

Lo primero que ves son los pájaros, volando entre las ramas de un arbusto dentro de una jaula del tamaño de un cuarto de soltero.  Los machos del diamante mandarín son los que tienen una lágrima negra cayendo del ojo. Las hembras se ponen colorete en la mejilla. Pian entre ellos a saber qué otoño, que te acompaña de soslayo mientras te vas perdiendo por la tienda, por no se sabe qué caminos invisibles hasta aquella vez, cuando eras sólo un niño y todavía creías en la magia, en pescar ranas, y volar cometas de colores en aquel cielo azul.

Hay una silla roja bocabajo colgando del techo.

Huele a sándalo, y desde alguna parte, el Blue in Green de Miles Davis te hace levantar los pies del suelo, un poquito. 
Hay plantas por todos sitios. En el suelo, en las estanterías, en los muebles torcidos de mediados de siglo... Helechos que se mecen con el viento que entra por las ventanas en sus columpios bordados de croché o macramel; enredaderas que caen como cascadas por la pared. Pequeñas palmeras, kentias, madreselvas. Jazmines y petunias y azahares enanos en flor; mandarinos; dracenas, hortensias y granados. Azucenas y nardos. Como un jardín secreto con rueda de camión y zarzas donde hacerse sangre en las rodillas y mucho mucho barro y un tesoro escondido en algún lugar entre los sacos de abono o la comida para perros o tal vez, dentro de una de esas latas decoradas de té o un bote de escamas para peces. 
Hay piedras. Piedras redondas con tortugas pintadas, con lagartos, mariposas, margaritas y otras cosas que adornen un jardín. Hay algo, mientras tocas con las manos los jabones, que se escapa de ti. Todo el mundo lo hace. Sonríe. Sonríe y cierra los ojos y se toma unos segundos. Sin facturas. Sin ex-maridos. Sin prisas.

Ese es Klein, un osito de peluche. Siempre está ahí. Sentado junto al mostrador. El dueño dice que no habla. Aunque le pregunten. Porque le preguntan. Que de quién es, por ejemplo. Que qué hace ahí. Que si se vende.

No. No se vende.



25 de enero de 2015

Caer de pie


He visto comer pollas por una copa más. Por un aumento. Por otra raya. Por una frase en el guión. He visto tíos muy bajitos bajarse de un enorme coche y ajustarse la corbata y decir aquí estoy yo, yo y mis hectáreas de terreno y mis zapatos a medida y mi piscina olímpica, yo, que elijo a dedo quien y quien no, que siempre llevo la razón, que soy un dios al que temer.

Yo. Que sé que no soy nadie y que lloro en la cama porque soy el hombre más solo de este mundo. Yo, que amanece y lo olvido.

La sangre por ejemplo no es nada sin amor. Como si te llamas Alberto. Como si es tu puta madre. Sin abrazos, la sangre sólo es un líquido viscoso.
El roce. El calor. Como el pan. Cada día. La sangre no tiene nada que ver. Es un concepto. No había conceptos antes del hombre y todos sus miedos.

Puede que esté equivocado: pero en algún momento vi una luz. Y de donde venía. Y tomé una decisión. Hubiera sido el mejor comiendo pollas.

Y entonces te pones delante del espejo y te preguntas si eres mejor que otros, y la verdad, es que no lo eres, la verdad, sólo es que has encontrado un camino que seguir. Y caminas. Entre cosas pequeñas que brillan como por ejemplo las manos o un plato de huevos fritos con patatas o un café por la mañana o un beso sin lengua. Y cada día eres un poco más feliz con bastante menos cosas de las que jamás pensaste que alguien podría vivir. Y te preguntas que hiciste tanto tiempo coleccionando mentiras para sentirte mejor o llenándote de rencor porque el mundo no giraba a tu alrededor. Intentado ser alguien. Alguien que no eras. Que ni siquiera quería ser. Pronunciando la palabra libertad como si fuera un caramelo de fresa.

Ahora, después de tanto tiempo, la luz viene de dentro. Sólo tengo que seguir caminando. Aunque a veces duela tanto.





23 de enero de 2015

Más azul en las venas, más azul...


Tener una carpeta con cien gigas de fotos
de nosotros y nosotros y nosotros y nosotros.

Eso era amor, después de tanto para qué.
De tanto cuento con princesa.
De amarrarse.

De tanto prometer.
De poner nombre a todo.
Amor fue- sólo estaba a dos pasos-,
a la vuelta de una esquina en no sé qué,
calle de tantas en mi vida alguna vez,
tenía que ser.

Me encantó deshacer nudos.
Nudos contigo.
Saberte un brazo mío, una pierna,
el hígado, o algo que echara muchísimo de menos.

Y no fue de repente. Fue de hace mucho que era amor,
y tú no estabas.
Todavía.

Y ahora me da miedo sin ti.
Me da frío sin ti.
Me falta algo.
Me sobra todo.

Como si todo lo demás ya no importara.
Como si lo importante  sólo fuera ser,
tu puto tamagotchi.




4 de enero de 2015

Tus ojos en el retrovisor


Te prefiero de frente, sin ases en la manga, sin trampas ni cartones.
Te prefiero en botones mejor que en cremallera.
Te prefiero sencilla como un balón de playa. Sin tempera en la cara
ni rímeles ni glasses ni tacones lejanos.
Que te vas a matar.
Redonda como un globo terráqueo. 
Te prefiero a guitarra. 
Te prefiero bonita como un rayo de sol en la ventana.
Te prefiero escarlata, O´hara jurándole a los cielos,
con los puños cerrados que nunca nunca nunca más,
me dejarás fumar en el coche.

Aline, pequeño monstruo, cómo te odio...