25 de noviembre de 2014

The wonderful world of insects


De los labios solía colgarle un cigarro perenne como la hoja de un naranjo y hecho a mano con un tabaco de contrabando que traían los criollos de aún más al sur, al que de vez en cuando la misma gravedad que parecía existir tras aquellas gafas de cristales oscuros ocultando sus ojos seguramente azules como un secreto a voces, la ley de Newton hacía una considerable merma y de un tajo invisible y certero dejaba caer como una nieve muerta las cenizas sobre las teclas marfiles de un piano antaño lacado en burdeos y manchado de culos de vaso de bourbon y vicetiples que se habían sentado una y otra vez encima con las piernas cruzadas a cantar medio borrachas para un público al que sólo le importaba olvidar delante de la última copa, cualquier canción siempre que fuera triste y terminara pronto, como una bala en la nuca.
La cicatriz- una de tantas- que le cruzaba la ceja derecha le ocurrió con los filos de una botella de champaña barata el mismo día en que Marcie apareció por las puertas del bar colgando del brazo de Nico Mataperros como unos esquíes y envuelta toda ella en una larga y rubia cabellera que brillaba como una mañana de verano entre el humo y el sudor de los estibadores del puerto y algún que otro viajante de enciclopedias que había tropezado en el Burning de milagro buscando un coño que no se pareciera en absoluto al de su esposa, camino del estado de Louisiana, tal vez. Se sentaron en la siete a beberse aquella noche, y a los cinco minutos, Marcie se acercó a pedirle una canción.

-No toco para putas”

A Eddie le habían roto el corazón tantas veces que los médicos ya no le encontraban el pulso cuando aparecía por el hospital con la cara rota y cada vez con más frecuencia o un cuchillo de carnicero clavado en la rodillas( una irlandesa que lo había partido en dos de un sólo chas porque estuvo embarazada tres meses hasta que una tarde apareció diciendo que venía de una clínica, plana como el horizonte de las salinas y sin niño dentro porque a su lado, no se divisaba el más mínimo futuro-. O una montaña de mujeres que arroparon a Eddie como a un gatito sin que él hiciera otra cosa por las noches que sacar las uñas recordándoles que sólo estaba entre sus sábanas porque era navidad, o porque fuera estaba diluviando y la ciudad, estaba llena de fantasmas con paraguas que no iban a ningún sitio. Que a su lado, todo fracasaba, tarde o temprano, para qué.

Nino casi lo mató de una paliza mientras Marcie disfrutó del espectáculo saboreando cada burbujita de su copa justo en la punta de la lengua sin perderse ni uno de las bonitas flores que cada una de las gotas de sangre que aquel chico de manos delicadas y piel de pájaro dibujaba en la pared, pasillo abajo, camino de la puerta trasera del local hasta el callejón donde se derrumbó entre los bidones de basura con el rabo entre las piernas como un perro mojado. El dueño del Burnnig le había advertido que si seguía queriendo que alguien le clavara en el centro del pecho una navaja, se buscara otro sitio donde llorar todo aquel soul que le salía de los dedos como un látigo.

Al día siguiente Marcie volvió a sentar su perfecto trasero en la siete. Venía con un polaco. Venía a por más. Venía a por un blues. No fue lo que dijo, fue cómo:

“-Vendré todos los días. No sé cuánta sangre te queda en el cuerpo; pero a partir de ahora es toda mía”.

Fueron sus ojos. Todo aquel agua.

Aquella misma noche Eddie tocó todas sus miserias para ella como si no hubiera nadie más en el local, y cuando el polaco se marchó harto de que aquella impresionante venus de destellos dorados lo ignorara como a una mosca y se quedaron los dos solos al arrullo de las copas vacías sobre el mostrador, Marcie se acercó a él y le dijo que estaban poniendo otra vez Casablanca en el Royal, tomaron un taxi en la avenida y para cuando Sam volvió a tocarla otra vez, se le montó a la grupa en la última butaca del cine y se lo metió tan adentro que casi se muere de un suspiro tan hondo que pudo escucharse al otro lado del mar, flotando como un tapón de corcho...






23 de noviembre de 2014

Julio


Te llamaré hogar y colgaré macetas con geranio en tus pestañas
y en tu ombligo haré un estanque para los patos o
desayunaremos sobras de pescado y cerveza
y seremos felices sólo con dos francos si tú quieres, pero amor,
vete a tu puto lado de la cama, hace
casi cuarenta grados
y son las dos de la mañana.





18 de noviembre de 2014

赤い糸


Hay algo de la mar en cada rizo
que el viento balbucea entre los árboles. Cierto oleaje,
o una canción que meciera como al mástil de un velero cada hojita,
y los días de sol,
derramara por el suelo la constelacion de Acuarius.
Algo de ballena en estas nubes, de osito de peluche, de jirafa.
Hay algo alguna vez en cada hombre parecido a la sonrisa de un delfín.

Mirar el pajarito, decir patata, ser feliz.

Meterse un violoncello entre las piernas.
Hacer origamis con abril. Aviones. Barcos.

Si aún hay algo que merezca la pena, es el horizonte.



13 de noviembre de 2014

équilatéral


En noches como esta-tan largas...-Hipólito no acierta a remediar ni lo pretende arrodillarse a uno cualquiera de los dos lados de la cama y hurgar entre las sombras como un oso hormiguero con todos los dedos de la mano abiertos como anzuelos la caja de zapatos donde un día, puso a salvo sus mejores recuerdos.

En noches como esta-tan oscuras-, Hipólito apoya sobre un quicio las muletas, se sienta en la cocina delante de un té recién hecho y con las gafas del cerca clavadas en el entrecejo levanta la tapa de cartón con la delicadeza de una gueisha, la posa como a un pájaro a su izquierda, bajo la flama de una vela de esas que huelen a vainilla y bailan minué por las paredes al compás de los tic tac del corazón, y como de una chistera, va sacando de una en una postales de Ginebra, Budapest, Sevastopol o Praga. De cuando el tren aquel con una larga cola de vagones como velos de novia cargados de elefantes, jirafas, leones, y tigres de Bengala. Bailarinas siamesas; payasos, forzudos; caballos españoles. De cuando media Europa se rendía a sus pies: “¡... en la pista número cuatrrrrrro, desde Polonia, a una altura de... y sin red...!”
El ángel de Cracovia. Triple salto mortal de los delfines. El mejor trapecista del mundo.

En noches como esta tan amargas.

Algunas de las fotos llevan besos, como un matasellos, estampados en una esquinita. Ya no huelen a carmín; pero si escuchas, te acuerdas del nombre de la chica y de cómo le brillaban los ojos y los dientes tan blancos y aquella sonrisa delante de la cámara. Algunas le pedían una firma en el cuello de sus camisas y otras en tu casa o en la mía. Pero él nunca aceptaba. Ya tenía lo que quería.
Hay una donde está con Joe DiMaggio. Cincuenta y seis juegos consecutivos. Ciento treinta y dos carreras anotadas. Veintinueve homeruns en la primera temporada. Con los Yankees claro. De New York.
En otra sostiene a Litle Coco sobre los hombros. Coco medía medio metro poco más, y era petirrojo. El enano más feo que había visto en su vida. Actuaba entre número y número dando volteretas y haciendo malabares con huevos de verdad, y si hacía falta, metía la cabeza entre las fauces de los grandes cocodrilos, o salía disparado de un cañón. Pero lo que más le gustaba, era saltar del trampolín y caer dentro de un vaso de agua. Coco estaba liado o algo con Corina. Le vio salir del vagón de la funambulista un par de veces, bregando con la cremallera y con cara de haber estado por lo menos, en el cielo con Corina.
Hay recortes de periódico donde está volando. Suspendido en el aire como un crucifijo a veinticinco metros sobre el suelo. Donde su vida dependía de Fred. De las manos de Fred. De los reflejos de Fred. Al otro lado. Colgando como una araña boca abajo.
Los chicos de la orquesta lo habían advertido: “Se miran demasiado. Desde demasiado cerca. Cuando no estás.”
Dos hombres.
La misma mujer.

Solían pasear después de la actuación por la feria de la mano los tres juntos. A Muriel le encantaban aquellos cucuruchos con cereza sobre una enorme montaña de nata y disparar a los patos de plástico con una escopeta con balas de corcho. Era muy buena. Actuaba en maillots y tiraba cuchillos de acero templado a una manzana roja que su hermana se ponía en la cabeza hasta que la partía justo en dos por la mitad y caía al suelo haciendo clok y clok y el público, se levantaba de su asiento y aplaudía sin parar.

Se reían. Se reían mucho. Se reían los tres de todo todo el tiempo y brillaban como faros en aquel universo de luces de colores y ruido, como estrellas fugaces de atracción en atracción hasta que se quedaban apenas sin dinero para un croissant con mantequilla en cualquier cafetería que estuviera abierta de las cinco en adelante de la madrugada. Eran perfectos. Hasta que un día Hipólito le dijo a Fred que Muriel estaba embarazada. El mismo día que Fred le dijo a Hipólito que ya lo sabía. Aquel día se miraron con hambre y dejaron que un silencio pesado como bolas de billar hiciera el resto, y al día siguiente, ya no eran los mismos.


9 de noviembre de 2014

Hodgkin, amigo mío


No nací en el Parnaso, joder, no soy,
un héroe.
Y se ha muerto el canario. Su puta madre. Estaba tieso sobre el palo.
Son tantas cosas. Poner la lavadora ir al mercado cocinar. Llorar.
Llorar cuando no estás. Cuando te vas. No sabes dónde.
Desde a tu lado parece que te pierdes. Es la morfina, mi amor. Comiéndose tus sienes. 

¿Ves estas manos? Casi maté a un tipo con ellas. 
Le partí las dos piernas. 
Si te sirve de algo, era más hijo de puta que yo.
Fue un tiempo de cloacas y ratas de vagón, de perder siempre.
Fue un error. Hasta la luna me ladraba. Y ahora,
duermo con la luz encendida
y miro siempre debajo de la cama por si acaso, viene,
Y no amaneces más.