16 de septiembre de 2014

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Había llegado a Samarcanda a lomos de una hoja de haya traída por el viento desde la taiga, seguido de un ejercito de lobos que devoró como una plaga todas las aldeas a su paso desde el Buikal y la Bujara hasta el dintel de las puertas de la casa del noble Absid-Damar, señor de todo el Zarafshan y padre de la única razón de aquella guerra: Yahala, que en el corazón de un hombre, quería decir la deseada.

-¿Que se niega- le había preguntado a Absid en su última visita a palacio-? ¿Acaso, anciano, todas mis conquistas no son suficiente aval para tomar a tu hija de la mano? ¿No le basta mi yelmo ni el filo de mi espada? No hay lugar más seguro en el mundo. ¿O es que no la educaste como a una mujer?”.

La cabeza del visir rodó hasta los pies de la princesa como lo hubiera hecho un perrito pequeño en busca de algo de cariño.

-Preparad vuestra boda princesa. Tenéis hasta el sol de mañana a mediodía.

¿Qué clase de amor era aquel que enloquecía a los hombres de aquel modo? ¿Qué vida la esperaba? ¿Qué fiebres? ¿Qué esperanzas, de ser un día pájaro?

A mediodía Yahala surgió de la penumbra envuelta en velos y oliendo a lirios y aceite de naranjas, y flotando a ras de los mosaicos, atravesó la estancia como un gato hasta delante de una corte de caballos y truenos, dejó resbalar de sus hombros hasta el suelo los vestidos, y de su rostro las gasas que cubrían, como a una leyenda, tanta hermosura.

A cambio de su celo como esposa ferviente su patria no sería dividida ni humillada ni pasto de los buitres. Un corazón a cambio de cobijo para el pueblo. Una vida sin mí, pensó Yahala, desde ahora hasta siempre. Jamás volvería a hablar con claridad, sería, como si tuviera la boca llena de arena. Ni a sentir el placebo de la hierba, porque su piel, sería arrasada por las manos de un tártaro mitad toro mitad hierro cada noche de todos los días venideros. No podría volar de flor en flor como una libélula; ni ponerse falda corta; ni opinar sobre depende, qué cosas ni, usar tanta sal en la sopa o estudiar la carrera de derecho o pintar sobre una tarta con la manga pastelera feliz cumpleaños ni soplar una vela, para qué, que no fuera negra. De tanta ojera de esperar a que llegue el señor de la casa de la guerra, de tanta pastilla de jaqueca, de tanto hacer de copiloto, de actora de doblaje, de fulana, de madre y hasta a veces, si ha perdido su equipo cuatro a cero, de mártir. De yunque. De esas bolsitas de papel para los hiperventilados. No podrá cambiar la tele de canal ni presentar reclamación alguna cuando se quede otra vez esperando en un andén a que llegue su orgasmo. Paseará en un Mercedes ancho y largo clase B con cristales tintados y un cenicero lleno de colillas, viendo pasar estatuas erigidas a su esposo en bronce o mármol. No tendrá, nunca, más de dos frases seguidas en todo este guión. Tal vez ya no se llamará Yahala, si no cielo o palomita o alguna otra mierda con tintes de novela de trastienda a tres centavos. Una mujer de tantas que quiso ser mujer. Sin más razón de ser que ser, un puto florero.

Pero tú no te llamas Yahala. No necesitas ningún tiesto. Te sacaste el carnet a la primera. Te han subido tres veces el sueldo. Tienes una Harley en el garaje y la vida está ahí fuera esperando a que arranques, de cuajo, todas las amapolas del arcén a tu paso. O la próxima vez que te pongan una mano encima, puede que no estés para contarlo.




12 de septiembre de 2014

Salado y mango



Alexandra Elisabeth Montoro Malpartida-Lily sin bragas-todavía tendría que vivir cien años, llorar cien vidas, morir cien muertes, si quería olvidarse de él o por lo menos de su nombre, sin cuartearse como el campo los años de sequía hasta que la tierra se partía en mil pedazos-“Obatalá”-, las vacas se morían -“Obatalá”-, y de los embarazos sólo se sacaban niños sin brazos que no servían luego para recoger la siembra ni preparar el té de mediodía.

Había conocido al antillano paseando por la hacienda-sobre una yegua torda traída de Las Indias para su cumpleaños-, una tarde de julio después de la costura.
Fue su forma de mirarla desde los algodonales. Como si fuera a comérsela. En el casino decían que estos negros, se devoraban entre ellos y de allá de donde fueran, hacían huesos hervidos para matar el hambre. Y que se acostaban en la hierba con sus hembras a la vista de todos los demás, como animales. Que eran diablos que se movían en la noche como jaguares, buscando cobijo entre las piernas de las senegalesas.

-¿Quieres que mi padre te azote hasta morir?”

Obatalá desde el suelo afirmó con la cabeza y dijo que sí, que si esa noche bajaba a los pajares él iba a estar allí, esperando sus carnes, entre los fardos, desnudo y en silencio, que si llegaba vestida con un tul y se dejaba caer en su pecho como un dardo la elevaría a los altares, a lo celeste, a lo níveo, por encima de los árboles frutales y los ciervos y las nubes del monzón, tan alto, que casi no alcanzara a distinguir lo blanco de lo negro.

Lily aparecía al día siguiente con la excusa de condenarle a muerte con sólo querer, y al tiempo, se dejaba decir barbaridades que sólo las mujeres de un burdel habían escuchado alguna vez. Luego se alejaba al trote ondeando como la bandera de una república.
Hasta que un día le dijo que a las tres. De la noche. En el lagar que daba al río.

La abrió de par en par como a una puerta, le rodaron las cuentas del collar, la quiso por delante, la quiso por detrás, la inundó siete veces, hasta las piernas flojas y un hálito apenas de vida en los pulmones, hasta que ella se cansó de pedir más, de rabo de lagarto, de aquella cosa tibia que nunca se acababa cayendo por su cara, salada y mango, de suplicar más dentro, más hondo, de susurrar que estaba, tocando, el cielo con las manos.




9 de septiembre de 2014

Y arder en el infierno si fuera necesario



No fui poeta porque dije,
con arañas de amor sobre lo blanco,
hormigueros de frases sin sentido, a veces, dices tú,
como mensajes sin botellas.

Fue por el hambre.
Fue por el frío.
Fue porque me llamaron maricón,
retrasado, inútil,
que estás en las nubes.

Fue porque estaba en las nubes.

Si eres poeta no te rindes, no fui, alguna vez,
preso mío. Fui tuyo todo el tiempo, y al tiempo, de nadie.
No conté estrellas, tantas, para ser otra cosa.
Con lo que cuesta escuchar a la espalda que eres tonto,
que no tendrás, un día,
donde caerte muerto.

De morirme por ti.
Quien quiera que fueses.
O de follarme a todas las estatuas de Madrid.
O de jugar a la ruleta.
O de tirar a cara o cruz.
Por otra cosa o por idiota, pero no fui poeta porque sí,
como el pétalo de cualquier margarita.

Si me alcanzó para hacer versos,
fue porque fui sietemesino,
y ya, con creces,
de chico adivinaba en el cristal de la ventana,
antes de que llovieran, perlas de plata.
Fue por la vez que me rompí los huesos contra un muro.
¿Qué muro hay que no pueda derribarse?

No fue, si fui,
por los besos que nunca te di.
No fue por los rosales ni el mar ni las tormentas.
Fue porque no quise, vivir, con los ojos cerrados.

Fue magnífico ver,
navegar en el agua de los vasos barcos.
Bailar con aquel maniquí de Montmartre,
mientras al otro lado del escaparate,
la gente nos tiraba cacahuetes.
Fue emocionante la aventura de ser voz.
De ser parte del paisaje.
Fue divertido estar tan loco.
Fue por si acaso, por saber, que había detrás del escenario.

Pero si fui, fue antes, todavía me acuerdo,
de que un rayo me partiera para siempre en dos,
un día de julio,
 de hace no sé, ya cuánto lo echo de menos.

8 de septiembre de 2014

La otra orilla


En mi próxima vida seré un árbol.
Viviré junto a un rio rodeado de montañas
con peces naranjas y lilas y ranas y océanos de heno y un viento bonito,
que me mezca las ramas,
y grillos que me arropen con violines por las noches la cama.

Lejos de las luces de los coches y el canto de sirenas de cualquier ciudad,
donde los maridos lleguen tarde a casa de follar,
con una secretaria.

Un árbol sin reloj ni corbata.
Un árbol sin zapatos.
Sin un alma que vender al diablo.

Viviré desnudo. Sin vergüenzas humanas.
Sin matar a otro hombre ni invadir un país ni guerras que ganar ni dioses invisibles que no den la talla.

Un árbol bajo el sol las nubes las estrellas,
y esta lluvia.
Un árbol sin número de serie ni una boca cochina pare decir mentiras
ni espejos donde engordar la vanidad.
Sin facturas que pagar por respirar.
Sin miedo a que lo parta un rayo a la mitad en mitad de una jornada laboral de quince horas,
por un trozo de pan.
Un árbol alto,
donde no puedan ahorcarse los poetas ni los músicos del metro.
Un árbol sin serpientes ni manzanas podridas.

Daré frutos hermosos y brillantes, y sombra a las hormigas,
centauros y ballenas.
Me anidarán los pájaros,
los huérfanos,
las parejas del parque y los caballos del tiovivo, y un día,
cuando muera,
seré leña en tu hogar.


3 de septiembre de 2014

Ni te imaginas la hostia que te metes a 300 tonterías por minuto


Hubo un tiempo en el que los días de lluvia significaban no fumar si habías caído tan bajo que andaras por la vida recogiendo colillas del suelo. Y era una pena desperdiciar una de aquellas bonitas tardes mojadas en maldecir el vicio del tabaco, en vez de estar mirando el cielo y viendo resbalar por los cristales las gotas pequeñas y frías que traía septiembre, los días pares. Aunque siempre quedaban los enormes ceniceros de los hospitales. Además eran los mejores cigarros. Casi enteros. Como si el que lo hubiera encendido lo hubiera dejado allí morir solo porque acababan de anunciar por la microfonía su nombre y se había ido de allí a las ligeras con el corazón en la boca, y del susto de ser padre, nunca volvió a por el tabaco.
Ya no vale la pena por qué; pero hubo un tiempo de batallas que siempre perdía. Seguramente por cobarde. En un cien por cien. Cien arriba cien abajo. Perdí el amor de mi siembra. Lo cambié por licor como un indio a los confederados. Perdí un norte que prometía hermoso. Perdí pie. Me ahogué en un interminable y profundo océano de mierda. Aun que tal vez sólo fuera un vaso de agua. Quién sabe, ya. Y cuando estaba tan perdido que era incapaz de, ni por dinero, recordar el camino de regreso, perdí la dignidad.
Hubo días de botellas que nunca se acababan y terminaba meando en las farolas amarillas de Berlín. Hubo un tiempo de putas baratas, que por lo mismo que costaba dormir en un hostal, se pasaban la noche acariciándote el pelo y llamándote al orden, de hacer las cosas bien, que eres muy bonito, y tú, solo, te estás crucificando, papi, no llores más, no te canses en matarte de a poquito...
Hubo días de no saber quién era, hubo días de no importarme más, de reinventarme, en un Pessoa que vagaba bajo los soportales sin más rumbo que otro bar.

Aunque tenía una guitarra. Se llamaba Yolanda. Juntos, éramos invencibles. Juntos, llegamos hasta aquí. Hasta este hombre. Hasta el ahora. Mi mejor canción era un bolero. Siempre pensaba en ti. Hasta la última gota. Me encantaba como parecían tintinear todas aquellas monedas cayendo al sombrero.


Si alguna vez te da por preguntarme que por qué, te quiero porque el día que volví, me estabas esperando.