6 de septiembre de 2020

Metadatos


A veces es difícil estar vivo. ¿No? Habrá quien ni pueda. Basta imaginar a un refugiado, un sin techo, una víctima cualquiera, un enfermo terminal. Vivo y comiendo claro. Vivo y con unos zapatos. Con abrazos, con risas, con todas esas cosas que algunos tenemos al alcance de la mano. Y entonces me pregunto si no será eso también estar vivo, dormir bajo los puentes, huir sin destino, pegar la nariz a los escaparates de las pastelerías. Si no será esa una manera de vivir que no conozco. Que nunca entendería. Si un bocadillo de pan con pan no valdrá tanto como cortar el césped. Si ver tantas estrellas de mirar hacia arriba y, soñar, no será lo mismo que comer palomitas tumbado en el sofá un domingo por la tarde contigo. Me pregunto si vivir no es, al fin y al cabo, un puto milagro. Yo que voy a saber, si cuento con los dedos cuánto son tres y tres y me mojo las yemas con la lengua para pasar las hojas del periódico.



5 de septiembre de 2020

Y el agua


Me gusta observar como crecen las barras de progreso.
Esos gusanos verdes o azules o rojos 
que avanzan lentamente por las ramas hasta convertirse en mariposas.
Una a-p-p que mide los muebles de cocina.
Un programa que emula el vuelo de un Boeing 747.
Tal vez, un aleteo de canciones a 44100 herzios
migrando hacia tierras mejores.

No me gustan los seres humanos. Son tontos. Insípidos. Muy molestos.
Pero me gustan las personas. Conozco a dos o tres. 
Sin ellas...-nudo en la garganta-, hacer croquetas no tendría sentido.

La piel de las cebollas; el oro de los panes; la luz de los pasillos; las entrañas del metro...

Pero el vecino del quinto no me gusta. Grita. Por todo. Y si no, se lo inventa. Y después lo rompe.
Su mujer dice que es maravilloso.
Creo que esa mujer diría cualquier cosa por vivir un día más.

Me gusta todo lo que tenga alas.
Me gusta que haya vida en el cuadrante 777-B de la constelación de Andrípida. A veces les saludo
con la luz de mi linterna. 

27 de agosto de 2020

Recapacita, idiota.


Si le preguntas a Satélite te dirá que le da igual, que es cosa tuya, que ella-aunque eso no te lo dirá- ya tiene sus cosas. Pero que como te quiere hablará un rato contigo de colores. Tú le dirás que azul y ella dirá que rosa y entre risas, porque te quiere, no llegaréis a nada en concreto- “joder mamá, cuando se te mete algo en la cabeza. Ahora los muebles del salón”-por supuesto, que no. A un rato de amor. De eso se trata. Aunque lo más seguro es que si mañana le repites que si le gusta más caoba o nogal o esos tonos modernos de ahora, te mande a la mierda. Está en sus cosas. Esas que no te dice nunca y sólo alcanzas, con una sonrisa en la boca, a imaginar.

Y a mí ni me preguntes. No recuerdo que haya tenido alguna vez una silla a la que no le faltara una pata. Aunque también, porque te quiero, cruzaré el país entero en busca de un mueble para el televisor o una vitrina. Seguro. ¿Te acuerdas de la vez que fuimos a buscar el colchón? Yo sí. Casi me muero. Y aquí estoy, a punto de preguntarte, oye-tú ¿qué tal si nos ponemos algo y vamos a ver tiendas?


24 de agosto de 2020

¿En qué mano está?


Imagina que el aire me faltara+imagina que el aire fueras tú= que fueras el aire y me faltaras.
Vaya-puta-mierda.
Tendría que buscarte con las manos: así.
Como un ahogado busca un barco. Como buscan el gusano las crías de los pájaros. Con la muy boca abierta. Con muy los ojos vueltos.
Y afilados como agujas de tacón un tic tac a mi espalda de relojes
pisándome casi los talones. 
Imagina la angustia. Qué disparo en el pecho. El cloro en los pulmones. Los títulos de crédito y 
en Times New Roman o Paladine: “The End”. Así, en inglés, como si hubiera muerto Charles Dickens
y estuviera nevando.
¿A qué coño jugabas de pequeña? ¿A retorcerle el cuello a las gallinas? ¿Sacabas el pez de la pecera a ver si era naranja de verdad?

Yo quiero respirarte como un running a las seis de la mañana, joder, todos los días de mi vida.

13 de agosto de 2020

La habitación, página 7

 

“-¿Qué haces tanto en el baño?”

¿Ponerse guapa?

“-Me pongo crema. Me ha salido un grano”.

Ahí es donde yo tenía que preguntar dónde. Si no lo hacía un silencio de plomo caía sobre mí y me aplastaba el pecho como el pie de un gigante. O lo que era peor: “¿No vas a preguntarme dónde?”.

Eso no era una pregunta, claro, y automáticamente me daba las coordenadas exactas: “En todo el culo”.


Me daba las medidas: “Es, como un garbanzo”.

Me daba incluso la oportunidad de verlo: “¿Quieres verlo?

Eso tampoco era una pregunta.

Otro día me explicaba cosas, por ejemplo que tenía que llamar a no sé quién desde un teléfono normal, sí, joder, uno de esos con cable ¿te acuerdas? De esos que llamabas y decían ¿dígame?