5 de agosto de 2019

Tsé



Y aunque recuerdo con total y absoluta nitidez que a lo largo de aquel interminable y polvoriento camino bajo el cielo azul de un julio sin una sola nube y menos una flor o un pájaro en el calendario del año de nuestro señor de mil ochocientos cincuenta y siete hacía lo inevitable nos habíamos estado preguntando sólo con siquiera mirarnos bajo el sol amarillo todo el tiempo de un soslayo unos a otros dónde o cuándo empezaba exactamente el inhóspito y terrible territorio Apache supongo que no hizo alguna falta que ninguno de nosotros fuera demasiado avispado para advertirlo de inmediato con una certeza del todo inesperada y cruel cuando por fin pudimos escuchar el silbido leve e invisible de lo que pareció un extraño insecto alado o un humo carnívoro y voraz y una flecha recta y secreta y muy callada y como un rayo blanquísimo y esmeradamente afilado con punta de diablo y adornado cuidadosamente además por manos de mujer sin duda alguna con plumas naranjas y verdes de pato que brillaban al sol de las cuatro y media de la tarde como escamas de pez río arriba o monedas de un dólar atravesó de lado a lado las costillas a la altura del pecho del joven y prometedor cabo James Whaterfool III dejándolo caer de su caballo al duro suelo en un segundo apenas con un sonido sordo de saco de judías o como caería una piedra al fondo de un oscuro pozo en mitad del desierto sin tiempo a que un suspiro se le escapara al muchacho de los labios perturbando si acaso el dulce y silencioso sueño, de los lagartos verdes.





18 de julio de 2019

Sin 22


Tenía Delfina desde entonces-iba a ser mecanógrafa Delfina-
aquellas zapatillas de pelo de botella con forma de conejo y color avellana por las que, más adelante
sería gravemente penalizada en un concurso radiofónico donde había que pronunciar la palabra submarino sin abrir la boca.
Que los zapatos le hacían nudo en la garganta y que por eso al ras del suelo flotando toda como un barco, decía, o
te preguntaba ¿está usted triste? Yo tuve siete vidas, pues
-te contaba- y
ninguna
me sirvió para nada.
Ahora estoy muerta, claro. Por eso me sonrío. No sabe usted
-soltaba un suspirito-
qué poco cuesta muerto ser feliz.
Y un hacha en la cabeza.
Tres hijos en bolsas de plástico.
La mordedura de la mamba en la carótida.
Se quedó su vestido de flores de alhelí. Para estar guapa muerta.
Se puso sombradeojos, pintalabios y un lazo en una trenza de organdil, muy azul.
Detrás de la orejas se puso una semilla de jazmín. Para oler a recién.
Y como en los semáforos la gente tampoco pudo verla
se colaba Delfina en la casa por los ojos de los gatos
por el grifo del lavabo
por debajo de la puerta, y ni así, le contestaba nadie; sí, Delfina, sí, la casa sigue en pie, y los retratos y a los pies de la cama, el baúl con la ropa de invierno.







14 de julio de 2019

Tu forma de alcayata



Hay días que te quiero un huevo y otros nueve y días que te quiero tres y medio o menos como
cuando llamas justo cuando estoy cagando
para hablar tonterías: “Te echo de menos”.
Pero si estoy aquí...
Días de te quiero brocolí; calabacín; ciruela; pulpa de melón; patata frita; pan de ayer; plátano, pera, maíz dulce, nuez moscada; miel de abeja o risotto o pirulí.
Hay días que te quiero hasta muy tarde y otros días que no quiero, ni verte. Días azules, rojos, verdes, amarillos y otros grises
como el cerco que deja en el fondo del vaso el cepillo de dientes.
Días de comernos los cosos y bramar como un ciervo y dormir como un oso después de follar
y días
muy tontos
que no saben cuánto es uno más uno.
Hay días de trescientas veinte horas y otros que se ahogan al nacer con el cordón umbilical.
Días de mira, ¿dónde ira?, cuando pasan los aviones y estamos
tumbados en la hierba
mirando los aviones hasta que alguno dice, mira, ¿dónde irá?
Día de jajá o de jijí o de jejé o de jojó o de oh-oh o de huy huy huy huy o de verás, como al final se rompe. Días de cántaros y fuentes. Sin títulos de crédito ni
un puto beso.
Hay días, joder, que moriría por ti.
Otros te empujaría delante de un camión.
Días redondos y cuadrados u romboides u poligonométricos; cartilaginosos, paleontológicos;bifurcacontaminativos;esternocleidomastodónticos;califragilísticosuperespialidosicos. Ricos en calcio.
Hay días iguales que ayer y días que ya son mañana.
Días de hoy no me puedo levantar y otros de en una fiesta me colé.
Ásperos como la piel de los membrillos.
Dulce como las patas de las moscas.
Agrios como la leche de camella.
Salados como el mar.

Y todos contigo. ¿No es increíble?




9 de julio de 2019

Cuasi mágico



¿Qué coño quieres? ¿Que te diga bonita?
Tendrías que operarte toda la cara. No sé. Escupir esa cosa que te has tragado.
Sí, ya lo sé, la Vikander es una tabla de la plancha. Pero me la comería.
¿...de aquella cucharita, sí, esa, la que estaba un poquito oxidada? Pues no la tiré.
Fea tampoco. ¿Te acuerdas del jersey de rayas verdes? Pero sin rayas.
Seguro que ha sido la hipoteca. O haber parido cuatro kilos setecientos. O los ríos de lágrimas.
Mira, Dakota Fanning no es bonita. Y también me la comería.
¿Qué?
No.
Yo sé que tengo corazón.
¿Lo ves? Y es tuyo. Trae, que te manchas.
No te hace falta ser bonita para ser bonita.
Cuando sonríes. Por ejemplo. ¿Y cuándo más? No sé, siempre estás sonriendo...
¿Tú me dices a mí que soy He-man? No puedes. Porque estoy gordo.
Tampoco eres un sirena. ¿Te imaginas abrazar un pez? Qué frío. Como tus pies.
Ya me callo.
Pero...
Si quieres te digo bonita. ¿Quieres? Ojos que no ven corazón que no miente.
Si ya me he callado. Sólo era eso. Y ya está.
Qué sed. ¿Tú no tienes sed? Es que cuesta mucho explicarte que te quiero.
Bonita.
¿Ya está?
¿Cómo que cómo quién?
Como nadie. Las demás son bonitas. Tú eres inalcanzable.
¿Te ha gustado? Pues me lo acabo de inventar. ¿A que está chulo? ¿Cómo te sientes?
Tampoco hace falta que pongas esa cara. Ni esa. Ojalá no tuvieras cara cuando pones esa cara.
Ahora podrías besarme. Ya sabes, ese toque romántico antes de freír dos huevos fritos. Qué redundante. Pero ya sabes.
Estoy esperando...
Te he dicho bonita ¿no?
¿Y ese dedo?

No lo entiendo...






2 de julio de 2019

Sin City


Un Oscar ya para esa gente que sale en los paquetes de tabaco echando los pulmones por la boca.
Un Bafta a los anónimos artistas de cuneta tapados con una sabanita en mitad de la puta carretera.
Una medalla para Billy Elliot. Por enseñarnos a volar.
Un Pulitzer a mi vecina Amparo, que en lo que dura un ascensor te cuenta que
a la del segundo, la han visto con otro. A las tantas. Y que venía borracha.
Una larga ovación para mi madre, que está nueve veces operada de cadera. Mi Frida Kahlo. Mi faro en noches de tormenta.
Un Grammy a esa canción de aquel señor con aquella cosa tan grande en la cara...este...lo tengo en la punta de la lengua...Battiato, coño.
Un premio Nobel para aquellos que escriben
las etiquetas de la ropa.
Un hurra por todos los valientes que olvidan los paraguas en los bares.
Un minuto de silencio por las flores de jarrón.
Y otro por Maripili. Que se quedó esperando al novio vestida de blanco nuclear.
Un estatua, una estatua para Bundy. ¿Qué quién era Bundy? Mi perro, joder.
Una rotonda para el gordo del colegio; una calle para Tom de Finlandia.
Oro para Eusebio, el cura de mi pueblo, que el día de la Virgen del Carmen colgó una bandera arcoiris en el campanario.
Un Goya para “¿Has visto mis gafas?”: el musical.
El Record Guinnes, para la peluquera de mi barrio. Nunca me había hecho tantas pajas. La quería creo, aunque yo sólo tuviera doce años y la nariz pegada a los cristales.

A ti, cómo no, toda la tinta que Francis Cabrel derramó.