30 de junio de 2020

¿Tú crees?




Cómo no voy a quererte si si sin ti no soy yo y contigo
lo soy todo. O mejor. ¿Ni un poquito?
Tengo un pájaro, joder, hay que
alimentarlo y
decirle un par de tonterías
de vez en cuando, ya sabes, como a los bebés.
Aunque no se enteren de una mierda.

Si vivo en la calle más bonita del mundo.
Con sus coches al fondo, allí, aparcados. Con sus farolas y sus lagartijas.
Pero que cómo no te voy a querer si cuando llueve no me mojo.
¿Qué digo suficiente? Si es como ir al Canal de Panamá a por tabaco
y volver al cuarto de hora con un hambre
con una sed
arrastrándome casi hasta tus pies pa que me digas
tú verás
ya eres muy grande.



29 de junio de 2020

La luz de mis ojos


Toda la poesía que necesito está en mi trapito verde de limpiar el polvo.
En cuanto a los amaneceres
si no recuerdo mal, el sol era redondo.

Cuántos en el fondo te habré dicho y sin embargo.








28 de mayo de 2020

El último trozo de pizza



-¿Inspector Legrand?

Era una pregunta tan retórica como mirar al cielo cuando hay nubes y decir que tal vez llueva. Judith era nueva. Había llegado a Paris desde Inglaterra para colaborar en el caso. Llevaba el cabello recogido en una cola de caballo y una alianza de casada en el dedo. Nadie le había dicho una mierda de Legrand, excepto que si no le tocaba los huevos demasiado nada saldría ardiendo.

-¿Estaba así cuando la han encontrado o acaba de pasarle un tren por encima?

Así es Legrand, un encanto.

-Llevamos esperándole una hora.

-Es lo que tardo en echar un buen polvo. Trescientos euros. ¿Usted no los aprovecharía? Porque yo gano un sueldo de mierda, no sé lo que gana un poli de donde viene usted. Ni cuánto cuesta un buen polvo.

A Judith le gustaría acercar su cara a su cara hasta que se escucharan respirar y decirle que es un gilipollas, que da un poco de asco, sin peinar y con esa chaqueta, rara y, los cordones de un zapato desabrochado. ¿En qué cree, Legrand? Le gustaría preguntarle eso, sí, qué hacía con su vida además de acostarse tarde y levantarse aún más tarde. Imaginaba su casa con botellas vacías rodando en el pasillo, desordenada, sucia. Le gustaría decirle ¿sabe, Legrand? Es usted la última persona con la que me gustaría trabajar.

Claro que le habían contado historias. Y siempre había una pierna rota o un tipo al que Legrand había querido arrojar por el balcón. Y sólo había que verlo. No era una buena persona. Aunque a decir verdad, lo único que había hecho desde que entró en el baño de aquel apartamento era no dar los buenos días. Y ser sincero. Podría haber dicho que había mucho tráfico.

-No gano suficiente como para perder el tiempo, así que si le parece...

-Bueno, yo diría que la han matado.

-¿Eso era un chiste?

-Yo sólo trabajo con lo obvio.

-Interesante...¿alguna otra conclusión?

Aunque en realidad quiere decir, seguro que no tiene corazón, Legrand.
La chica tiene quince años y el pelo precioso y rubio y está partida en un montón de pedacitos dentro de la bañera de su casa. Cuando los padres han llegado del trabajo en vez de a su hija se han encontrado cincuenta y un kilos de carne picada.

-Quien la mató está vivo.

-Obviamente.

-Y si está vivo puedo cogerlo.

Vale, era un capullo; pero Legrand había resuelto más casos que todos los demás agentes de la comisaría juntos. De hecho los resolvía todos. Como si no tuviera otra cosa que hacer con su vida que saltar de tejado en tejado hasta atrapar alguna rata.

-¿Qué?

-Falta una mano. Quien sea se ha quedado un souvenir. ¿Podría salir todo el mundo un momento?

-¿En serio? ¿Es algún método que usa tipo Sherlok?

-Me estoy meando, joder.

Así es Legrand: un encanto.




20 de mayo de 2020

Y así fue como pasó



Yo quería pintar nubes. Nubes redondas y tiernas
como las migas del pan.
Nubes que lloraran sangre a las siete de la tarde.
Yo quería, que al pasar, las nubes que yo pintara te dijeran al oído
me alegro tanto de haberte conocido...

Que se escuchara el tic tac de los relojes
y el amor de los pájaros piar.

Yo quería pintar nubes
que no dieran pena como un perro mojado.




9 de mayo de 2020

Inexorable como un viento



Voy al supermercado porque hace falta vinagre y vuelvo con: Un pack de bayetas de cocina-rosa, amarilla, azul y verde-. ¿Por qué? Porque soy tonto. Porque el otro día me dijo, esta bayeta huele a rancio. Y me ha saltado a la mano como un pollito el pack de bayetas multicolor, anda mira, seguro que le hace ilusión. Y después he comprado pan rallado. Pero resulta que cuando llego a casa no es pan rallado, es harina amarilla de maíz y yo soy tonto, es que eres tonto, esto es harina de maíz amarilla. ¿Las bayetas? Ni caso. Como el que escucha llover. Y eso que se las paso por la mejilla y le digo ¿ves qué suaves? Y huelen a bayeta. También he comprado helado, porque al salir la he escuchado, compra helado, aunque me lo ha prohibido. Porque se me pone gorda la barriga. Es todo tan ambiguo. Y he comprado helado. ¿Para qué compras helado? Porque tú me lo has dicho? ¿Yo? Y así con todo. Le pregunto qué ha hecho con la mujer encantadora con la que me casé. Me la he comido, me dice. Me lo creo. Sólo hay que verla. ¿Y esto? Antimosquitos. Lo he visto y...también te he comprado estos colines, a ver si te gustan. Sí, ya sé que no son de tu marca. Es que no había. Había estos. Sí, ya sé que a ti sólo te gustan los de tu marca; pero es que no había. Y yo qué sé, de trigo. Sí, ya sé que los de tu marca son de trigo integral. Sí, ya sé que a ti sólo te gustan los de trigo integral. Ya sé. Y se va de la cocina con cara como de perdonarme la vida y yo me quedo allí, de pie, mirando el pack de bayetas de colores como si fueran un perro abandonado. Viviendo apenas de recuerdos, de cuando mis cosas le hacían gracia, de cuando estaba hasta guapo recién levantado, de cuando no me daban a veces ganas de estrangularla con las dos manos, grrrrrrr, aggggggg, hasta que se pusiera atomatada y luego azul y luego se callara, se callara para siempre y me dejara escuchar en paz el ruido hermoso y blanco de los electrodomésticos.