16 de enero de 2018

¡¡¡Wowwwww!!!


“Trrrrrrrrrrrr...dedd-deddd...bepbepbep...bep...”. Así es más o menos como suena una unidad de asignación B-21, y viene a decir: “¿Qué hacemos con este?”.

-¿Qué le pasa?

-Le faltan dos décimas para pasar al siguiente nivel.

-¿Y eso nos tiene que importar?

-Sólo son dos décimas.

-Mándaselos a los de reubicación. Que se encarguen ellos. ¿De qué ha muerto?

-Es la quinta vez que lo aplasta un piano.

-¿Ahora tienes moral? Somos un ente subcuántico. Nuestro trabajo no es determinar ese tipo de cosas. ¿Qué te pasa? ¿Estás averiada?

-Mira sus datos: 1732, aplastado por un piano de Lodovico Giustini que rodó escaleras de mármol abajo. 1824: aplastado por un piano blanco mientras...

-Es un nivel 3. Llevan faltándole dos décimas para ser nivel 4, cinco vidas. No está preparado para subir de nivel. Simplemente.

-Entonces...¿dónde lo ponemos?

-¿Qué tal el desierto?

-Bueno, no hay muchos pianos en el desierto. En el fondo eres...

-¿Humano o lagartija? ¿Qué tal una hormiga?

-Vale. Ya está. ¿El siguiente?

-El siguiente.



14 de enero de 2018

(...)


Hace dos semanas, Karen tuvo que quitarme el cuchillo de cocina de las manos: “Estás en casa Paul. En casa.” Eran las tres de la madrugada. No sé qué hacía allí, a oscuras, yo estaba, en la cama y de pronto...Ayer en cambio no me encontraba. Me buscó por toda la casa diciendo mi nombre en voz alta una y otra vez. Hasta que miró debajo de la cama. Lloró mucho. Me abrazó muy fuerte. Hizo café. Cada vez me pregunta menos veces en qué pienso: “¿Sabías que si alguien enciende un cigarro con la llama de una vela, muere un marinero en altamar?”. Y a veces se me queda mirando con los ojos entornados, como si en vez de enfrente yo estuviera a miles de kilómetros de distancia. Sé que me ha visto hablar con la tostadora, y que sabe que guardo las moscas muertas que me voy encontrando por ahí en un frasco vacío de pimienta negra.

11 de enero de 2018

La alondra



Guadalupe se cortó cuando era un pájaro la parte izquierda del semblante
-desde la ceja hasta donde acaba la sonrisa de morir-
con el fa sostenido de la cuerda de un violín
y por el surco, justamente
cayó como un barquito de papel por el desagüe del lavabo la última
l
á
g
r
i
m
a
que iba a derramar por Marco Alonso San Martín.
Ya estaba muerto. Por fin.

Hasta brotaron aquel año los jazmines.

Nadie fue al entierro, por cierto. Y aunque digan en el puerto
que a San Martín lo mató el cabo suelto de un mercante Bengalí,
a lo peor,
lo mató un hueco.

No se puede vivir sin corazón.


9 de enero de 2018

¿Y mi otro zapato?


“Trupiculáricus indivicus*
(*me arrojaré a lo vacuo como un cerdo), petularis daviento gorgoraje*
(*Seré tu perro por cien estrógenos la noche). Blasfuvico Ora y pre*
(*Tu eslabón perdido).
Alijalabalabamúndico, Preambúlico, Fornicutiense*
(Tu puto perro)”.
01010000 01100101 01110010 01101111 00100000 01101000 01100001 01111010 00100000 01100011 01110010 01101111 01110001 01110101 01100101 01110100 01100001 01110011 00100000 01100101 01110011 01110100 01100001 00100000 01101110 01101111 01100011 01101000 01100101 00101100 00100000 01110000 01101111 01110010 00100000 01100110 01100001 01110110 01101111 01110010 00101110.
No es mucho pedir. No por un Harakiri”.

¿Y sabéis lo que dijo?:

“Esa pila de platos
lleva escrito tu nombre”.


7 de enero de 2018

Materia orgánica


“Esta es mi lista de las cosas que odio”. Me dijo. La conocía desde hacía una hora y media y ya había intentado besarme tres veces. Lo leí por encima: “Cosa que odio número 236, esas puertas que tienen arriba como un aparatito ¿sabes?, que hace que la puerta se cierre sola y..., porque vienes cargado con las bolsas del súper y bueno, es que te empujan ¿sabes? No puedes manejarte y la puta puerta te quiere echar de allí, con una fuerza tremenda a veces y...”
Lo leí por debajo: “Pero una de las cosas que más odio es que alguien me mienta. ¿Tú me mentirías?”.
Lo leí de perfil: “Odio que me digan lo que tengo que hacer”.
Lo leí del derecho: “Cosa número 7. Odio la rutina”.
Lo leí del revés: “Aunque a veces me gustaría estar en casa, tirada en un sofá con una mantita y un alguien donde apoyar la cabeza. Un alguien bonito. Yo soy bonita. ¿Crees que soy bonita”.
No era sólo bonita. Era la cosa más pfffffffffffff-cuack cuack-oing oing-¡Piiii!¡Buuuu-buuuu!¡Plaf! que había visto en toda mi vida. Era bonita aunque cerraras los ojos. Era bonita de espaldas y reflejada en el cristal de la ventana de aquel tren. Era otra cosa que bonita, seguramente con un nombre raro como el de una enfermedad tropical o un zootropo. Yo estaba allí, mirando vacas, viendo pasar los postes de la luz, dejando atrás Madrid, aprendiendo a olvidar. Y de repente...“Es que me han entrado ganas de besarte”. No hacía cinco minutos se había sentado a mi lado. Que si huy que casi pierdo el tren, que si ¿te importa? es que me gusta este sitio, que si oh perdona, no me he presentado, que si me llamo Pi, que si ya sé que es un nombre raro, que si 3´14 16 que si mis padres eran pelirrojos que si por eso tengo aquí-tan cerca de la boca-la constelación de Acuarius y en el hombro un Pegaso y en la espalda el Parnaso y cada dios, cada Vía Lactea, nébula o prímula del puto Universo, aquí, y aquí, y aquí.

Bonita de arreglarte la vida o hundirla para siempre.

Yo había visto en los libro el verde. El verde botella de las botellas verdes, el verde manzana de las manzanas verdes, el verde que te quiero verde de Lorca y el verde esperanza del manto de una virgen Caucasiana. Había visto el césped de un estadio y las uvas de fin de año. El mar de las postales, lejanos siempre, un vestido que tenía mi abuela para ocasiones especiales; pero que se ponía casi todos los días, había visto muchas veces el verde. Pero aquel verde no. Era como si todo el verde que yo había visto antes saliera de allí, de sus ojos, como si allí se fabricara el verde y alguien, una flota de camiones o helicópteros, no lo sé, lo repartiera luego por el mundo. No podía dejar de mirarla, y al mismo tiempo de pensar, que por qué me había tocado a mí que una desconocida completamente loca me estuviera diciendo, por segunda vez y armada hasta los dientes de una boquita así, como mordiéndose los labios, toda ella más viva que el fuego de una pila de neumáticos, me estuviera diciendo, a mí, que le gustaba tanto mi nariz. Tan de cerca. Con aquella vocecita de jilguero saliendo de sus labios. Con la punta de su dedo deslizándose en un Gran Slalom desde el entrecejo hasta todo para abajo.

¿Quién coño se llama Pi? ¿Quién se sienta al lado de alguien cuando el tren va casi vacío? ¿Quién, sin pedir ni permiso te coge del paquete un cigarro y busca el mechero en la chaqueta? Y saca la cartera. Y te dice que estás feo en la foto del carnet de identidad. Y que, anda, si te llamas Adolfo, y yo llamándote mi amor todo el rato.