21 de junio de 2018

Líquido



Miedo. A eso se reduce todo. Miedo a los negros no porque sean negros- al amo no le importa follarse a las mucamas de la casa-, sino a que gane los cien metros lisos; a que tenga una casa con jardín más grande que la tuya porque es arquitecto, no porque sea negro, miedo, miedo a todo lo que sea más grande que tú, a los maricones de antes, a los gays y lesbianas de ahora. Son los mismos. Las mismas personas. Más valientes que tú, más libres que tú, más personas que tú. Pasarán por donde tú ni siquiera te atreverías a acercarte. Lucharan. Miedo a la guerra. A la tuya. Contigo. Miedo a acercarte a los espejos y ver en qué te has convertido. Miedo a acordarte de que querías ser pintora, fontanero, astronauta, espeleólogo. Y aquí estás. Todavía. Perdiendo el tiempo. Miedo a las canas, las arrugas, a no ser el ombligo de nadie. A quedarte solo. Miedo al silencio. A lo que dice. ¿Sabías que el silencio nunca miente? Miedo a los muertos. A las cucarachas. Al hombre que te dice que te quiere. Con las manos. Con las manos cerradas. Y tú todavía estás ahí. Perdiendo en tiempo. Molida a golpes. Miedo a lo que hay fuera de las jaulas. Miedo a que tus hijos no sean lo que quieres. También serán personas algún día. Con suerte, maricones, o libres o negros o de ese tipo de personas que sonríe todo el tiempo sin que nadie sepa nunca por qué. Miedo a que tus sueños no se cumplan. A que corran más que tú. A pararte en seco en la primera cafetería y ver como el culo de tus sueños desaparece en la distancia. No eran tus sueños. Eran,los de otro. Por eso corren tanto.




17 de junio de 2018

Geometría de un pájaro



Alice a veces era tan que si la tocabas se fundía como la mantequilla encima de la tostada o el humo de un cigarro o esa niebla en el baño después de una ducha. Estaba rota. Y yo lo sabía. Porque ella me lo dijo el primer día: “De noche me convierto en un caimán y devoro a todos los que amo”. Hacía viento. Ella me hablaba de que una vez cuando era chica estuvo once días encerrada en un cuartito donde sólo había cucarachas porque no había querido comerse en la cena un plato de espinacas; pero yo no podía dejar de mirar su pelo enhebrarse en aquel viento ni sus ojos celestes ni su boca pequeña ni, su silueta vestida de beige recortada en el cielo de Manhattan a punto de saltar al río Hudson.

Alice a veces se sienta en la cocina ya muy tarde frente a un enorme helado de vainilla con sirope y nueces y guindas rojas, verdes, amarillas y una montañita de nata montada con trocitos de chocolate negro y una hojita de menta coronando la cima. Y se queda allí mirándolo. Si probar un bocado. Hasta que se derrite. Otras, me deja una nota pegada al frigorífico: “Te mataré mientras duermes. Esta noche”. Esas noches yo le leo a Molière hasta que el sueño la vence y deja de temblar. Alice a veces, yo la he visto, sale volando por la ventana y regresa con el alba, y una estrella fugaz en el pico.



15 de junio de 2018

Sally



Al principio Sally sólo era del tamaño de un guisante. Uno normal, verde, redondo y todo eso: “...no podemos extirparlo de momento, la zona es, demasiado complicada así que...”. Así que Sally siguió creciendo como una niña con coletas hasta que tuvo el tamaño de una manzana Golden mientras yo me hartaba a medicinas que sabían a cobre y cañerías y a los pocos meses, cuando ya Sally había adquirido el considerable peso de dos kilos setecientos gramos, le pregunté al doctor Kovalski que si me iba a morir quería ir antes a Tokio. Siempre quise ir a Tokio. Me dijo que todo dependía de qué dirección tomara Sally-que por entonces aún era “el tumor”-. Si agarraba un pulmón, si se comía el hígado. Sally creció como un melón, era como tener una pelota de playa en el costado. Pronto casi no pude ponerme ninguna camisa, y cuando andaba, mi brazo se apoyaba sobre Sally como si estuviera en la barra de un bar. La gente ya miraba de reojo por la calle y aunque en el trabajo todos eran todavía amables conmigo, Michel me cambió a una oficina en el ala oeste, con una pequeña ventana por donde podía verse el ferry y algunas gaviotas. Cuando Sally empezó a colgar, Michel me dio un mes de vacaciones. Nunca antes había estado tanto tiempo sin ir a la oficina. Y aún trabajé dos meses más antes de que la jefa me llamara a su despacho para casi suspirar un “Lo siento Rogers”. Arnold y su hermana me ayudaron con el tema de una pensión de invalidez y aunque tuve que mudarme a un apartamento alquilado, Sally y yo estábamos bien. Ya sólo follaba pagando y estaba claro que Mel no iba a volver de donde quiera que estuviera haciendo no sé qué que decía que no podía hacer ya conmigo. Eché de menos durante un tiempo aquellas tonterías de te quiero más que a vete a saber qué cosa se me acababa de pasar por la cabeza, más que a un nenúfar, que a una tormenta de verano, que a...y ella contestaba cualquier cosa que fuera más que aquello, por ejemplo, una tormenta de verano con rayos y truenos y el mar encabritado como un potro o, Pi. El número. Porque decía que era infinito y que nadie había sido aún capaz de terminarlo y un día, se fue.

La señora Mc Arthur, la vieja de la tienda de ultramarinos me da una cereza cada vez que voy a por el pan, o un dulce confitado de calabaza, y Annie, la chica del kiosko, me guarda un ejemplar cada semana de esa revista de bricolaje en casa y siempre me pregunta que qué cosa estoy construyendo ahora. ¿Una silla? ¿Cuándo vas a hacerme una silla Rogers? me pregunta, y después sonríe como si el Sol acabara de salir.
Llegó una carta. Hay un doctor en no sé dónde que ha encontrado el modo de...bueno, sin que yo tenga que morir en el intento y, supongo que Sally acabaría en algún contenedor con una de esas etiquetas amarillas tipo central nuclear y llevado luego a cualquier universidad de medicina donde ciento de estudiantes podrían observarlo a su antojo como a un monstruo de circo.

Nadie va a separarnos Sally, te lo prometo.



6 de junio de 2018

Big



Ú mi capibara y ú mi líquido
amniótico y
mi pronombre relativo
toda esdrújula ú
en el nombre del father
del filio
y del espíritu tanto
amor en qué pellejo y nos
tu chucho de perrera y tu ñu y tu Picasso y tu Chucky y
tu acordeón y tu chugeder para siempre.
Tu Scott Pilgrim.
Tu idiota de pecera.

Nos queda tanto por hacer menos la cama...




27 de mayo de 2018

Tan tántrico todo



También me gusta leer los carteles: “Frutería Paco y Tere”. ¿Serán buenas personas? Suena bonito. ¿Tendrán un perro? ¿Dónde se conocieron? ¿Se querrán todavía? “Copistería Balandro”. Es un nombre de barco. Tal vez un apellido. O un verbo, quién sabe. Balanceándrose. No sé. “Ambos mundos”. Este es la hostia. Es el nombre de un bar. Uno piensa en otro continente, tal vez otro planeta, en naves espaciales y largos viajes a través de la galaxia.

“Pipipipíiiiiiiiiiiiiiiiiiii” “Pipipipíiiiiiiiiiiiiii”

-¿Sí?

-¿Dónde estabas? Te he llamado un millón de veces.

-Pues a mí sólo me salen dos llamadas perdidas. Acabo de salir del trabajo.

-Ya quiero que vengas.

-¿Qué te pasa?

-Que te quiero. Eso me pasa.

-Y por eso tienes esa vocecita de no me pasa nada pero pregúntame otra vez, claro.

-¿Que me va a pasar? He tenido un día magnífico. Espectacular. Muy chulo. Sólo falta que me abraces. Muy fuerte. Mucho rato.

-Ya sé. Se ha muerto el gato. Ha salido ardiendo la casa. No encuentras tus gafas.

-Amor-ese soy yo-...

Ahora dejaré pasar un par de segundos y diré: “¿Qué?”

-¿Qué?

-Estoy embarazada.