26 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Código de barras



Primero se ha quitado la goma del pelo. Luego ha hecho así, y ha meneado la melena hacia ambos lados inclusivos como el león de la Metro. Y ha apagado la lámpara. Y su silueta a la luz de los planetas. Y sus labios brillantes y entornados y más dentro un gusanito rosado, una lombriz de amor, de sabor torrefacto, mezcla de te odio y te amo al cincuenta por ciento. O todo elevado al cuadrado, al cubo, a los altares, al Mouline Rouge, joder, a la derecha justo del mismísimo Zeus en el Olimpo, es, perfecta y no le falta de nada de nada, ni una curva, ni un teorema ni arrecifes donde cualquier ser humano quisiera estrellarse. Tiene bahía y puerto y hasta un parque, con dalias negras flotando en un estanque.

Una lágrima, muy gorda, se le ha caído al suelo y ha hecho plop sobre el parquet. Y después se ha erizado, como una-puta-pantera, y ha hecho presa en mi cuello con todos los dientes. Grito. Aprieta. Y me ata una mano al cabecero de la cama con las bragas. No puedo pensar. Toda la sangre que tengo, está en el mismo sitio.

Con Eva siempre llueve. Siempre sobre mojado. O se escuchan los grillos. O huele a pan de avena o algo pasa, que sin uno querer, te dan ganas de sacarte el corazón y de enseñárselo y de tirarlo luego a suelo y, pisotearlo, y, escupir sobre sus restos y decir, esto, esto Eva es lo que valgo. (Dilo). Sin ti, claro.

Patético.

Pero te dan ganas.

Al rato. No sé. Al rato...Eva está haciendo zumo de naranjas. Es la puta diosa de las batidoras, con esa rodilla doblada a lo Anne Hathaway. Me doy asco. Aunque supongo que pueda, ser el síndrome de Estocolmo, con lo cual la culpa ya no sería mía y...

-¿Quieres azúcar en tu zumo?

-Con dos preguntas, por favor. Una: ¿De qué coño va todo esto?¿Proyecto Acuarius? ¿Natalia Varasitrinova? ¿Por qué tiene apellido de medicamento? Si, ya sé, son varias; pero...Y segunda: ¿Dónde está mi tabaco? Seguro que queda algún cigarrillo, lo tenía en...

Quedan tres. Eva me ofrece uno encendido. Está bonita con el pelo así, recién feliz. En realidad la casa es una sola y enorme habitación con ventanales y todo está con todo y la cama está en medio y, allí está la cocina y eso es, la ropa, por ahí, y aquello, creo, un libro de Rabindranath Tagore.

-Hace ocho años, el telescopio Castell de Hawaii recibió una señal del espacio.

-¿Hay mas Vodka?

-Era un mensaje.

-¿Y qué decía? ¿Feliz Navidad?

-Querías respuestas ¿no?

-¿Por qué quieres joderme la vida? Eso no son respuestas, sólo hace que me sienta como un estúpido. ¿Tengo cara de estúpido? Sí, claro, no te esfuerces.

-¿Quieres azúcar o no?

-Quiero no haberte conocido en mi vida.

Y entonces se ha iluminado así como por dentro como una de esos farolillos chinos y ha dicho: “¿Podrías jurar eso sobre una biblia?”.

-Y por la tumba de mi madre.

-Tu madre está viva. La viste el martes pasado. Comisteis arroz. Con pollo. Había melón de postre, después te tomaste un café con leche y saliste al balcón a fumarte un cigarro. Había nanocámaras en toda tu ropa.



25 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Todas las respuestas menos una




-¿Dónde estamos?

La boca me sabe a Vodka.

-No tenía anestesia. Y tenía que sacarte esa bala. Mira cómo brilla. ¿No es preciosa? Estamos en un piso franco. No hay agua caliente; pero las vistas son estupendas y nadie va a entrar por esa puerta con una recortada haciendo agujeros como pelotas de pin pong en la pared. Estaremos aquí algún tiempo. Hasta que llegue el momento.

-¿El momento?

-Lo llaman “El reinicio”. Dentro de unos meses.

-¿Podrías empezar por el principio? O mejor, podrías no empezar. Pedir un taxi. Llevarme a casa. Me acostaré a dormir y seguro que cuando despierte tú ya no estarás, ni esos tíos que quieren matarnos, ni tendré que saltar de helicópteros ni nadie me meterá nunca más un tiro en la pierna. Porque ¿sabes? No puedes ser otra cosa que una pesadilla.

-Ya no tienes casa. Ni trabajo. Aunque eso no importa. Dentro de poco nadie tendrá casa. Ni trabajo. Y no puedo dejar que te vayas.

-¿Pero a ti que te pasa? ¿Y tu infancia? ¿Es que nunca tuviste juguetes? ¿Qué te he hecho?

-Me hago pis.

-Si no me das todas las respuestas que necesito yo...

-Tengo ganas de hacerte el amor. ¿Tú no?

No ha cerrado la puerta del baño y desde aquí la veo sentada en la taza del váter mirando la pared con la cabeza apoyada en la palma de las manos. ¿Por qué la miro y es como escuchar esa canción cuando vas en el coche y de pronto le das más volumen a ver si revienta un altavoz y de pronto un solo de guitarra y sientes, de pronto, que podrías llegar al fin del mundo?

-¿Estoy secuestrado?

-No.

-Pero no puedo irme.

-Tampoco.

-¿Te falta mucho? Esto es raro.

-No me sale si no dejas de hablarme.

Al poco escucho la cisterna y Eva se sienta a mi lado. Yo a lo mío: “ ¿Puedo bajar a por tabaco?”.
Y me mira, tan tan, que parece verdad. No sé qué. Esto. Lo que sea. Y sus ojos bonitos a punto de estallar.

-Las cámaras 9 y 11 dejaron de funcionar. Yo misma me ofrecí a repararlas. Las últimas tres noches he estado entrando en tu casa. Quería verte más de cerca. Saber a qué olías. Escucharte respirar. Roncas. Poquito. Como un bebé acatarrado. En realidad localicé la avería la primera noche; pero me inventé que tenía que revisar el circuito completo y volví al día siguiente.

-Sabes, casi que mejor no quiero saber nada más. Me estoy mareando...

-Llevo ocho meses observándote.

-¿Y qué más? ¿Ahora me vas a decir quién mató a Kennedy?

-Eres parte del protocolo Acuarius. No sé quién le pone los nombres a estas cosas, el caso es que tú y 27 personas más fueron elegidas en diversos países y entre millones de personas.

-¿Para qué? Ya tengo bastante con que me llenen el buzón de catálogos de muebles que nunca voy a comprar.

-Sólo quedas tú. Y Natalia Varisitrinova.

-¿Y los demás? ¿Eliminados? ¿Se han ido a casa con un juego de mesa debajo del brazo?

-Muertos.

-Claro, cómo no se me había ocurrido. ¿Y esa Natalia y yo, qué hemos ganado? No me lo digas: una semana de hotel en Jamaica.

Es la primera vez que la veo enfadada. Se ha levantado y se ha puesto a mirar por la ventana. Me duele la pierna joder. Eva lleva una pistola metida en la ingle y un jersey color humo que le queda genial con esos jeans. Pero sigue descalza.

-¿Sabes? Al principio sólo eras un tipo al que tenía que cuidar. Te he seguido al trabajo, a la panadería, a ese parque al que vas a sentarte y mirar nubes y a la lavandería. Te he visto llorar viendo “Tienes un E-mail”. Te he visto ver dibujos animados. Comerte un sandwich a las tres de la mañana...
Al principio, sólo eras el individuo 15 de entre 28.

Creo que se le ha metido algo en el ojo.

24 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: Densidad 0



Cuenta, tío, a lo mejor te has equivocado. A ver: una de cuando me pasaba las noches de tejado en tejado y una vez resbalé; pero caí de pie. Otra el día que lo celebré con un bote de pastillas y una botella de Jack Daniels. Vaya viajecito. Y ¿cómo se llamaba? Ah sí: demonio. Joder, era italiana y me partió una botella de espumoso en la cabeza. Aquí. ¿A que parece una cremallera?
Y la otra que...y...mierda, las he gastado todas.

Me encantaría volver a comerme un huevo frito. Con patatas. Y mayonesa. Y pan, claro. Me encantaría bailar contigo en cualquier bar que ya esté cerrando una canción de los cincuenta. Sentir la arena de la playa entre los dedos de los pies; leer carteles por la calle- “Auto-repuestos Pérez”, “Modas Melissa”-; enamorame seis segundos de la chica del anuncio en el cristal de la parada de autobús; leer en las noticias que un bebé ha nacido en un taxi; escuchar la sirena de las ambulancias mientras leo bajo la luz de una mierda de bombilla otra vez la palma de mi mano; Escribirle a la negra, saber si todavía está de puta y, meter en el sobre tantos besos. La negra siempre dijo que algo grande me estaba esperando. Que lo llevaba escrito en la frente.

Cuatro, tres, dos...uno.

-¡Plof!

¿Sólo plof?

Imposible.

Ni siquiera creo en dios.

Un camión de peluches. Un puto camión de peluches. No. ¿Sí? ¿En serio?

Gracias gracias gracias Bob Esponja, gracias Yogui, gracias gracias Betty Boop.

-¡Plof!

-¿Plof?

-Tengo buena puntería.

-¿Eva?

El dolor de la pierna me nubla la vista. Vuelvo a mirar la herida. Veo el hueso. Me desmayo. Otra vez. Yo soy así.

Cinco horas más tarde me recobro y llevo puesto un vendaje y Eva tiene los dedos metidos en mi pelo.

¿Lo has hecho tú-pienso-? ¿Qué más cosas sabes hacer-pienso-? ¿Desarmar una bomba nuclear? ¿Trepar por las paredes con unas, especies de ventosas termodinámicas o algo así?

-Te enfadas demasiado.

Quiero hablar; pero cuando hablo me duele todo el cuerpo. Quiero hablar y decir todas las palabrotas que me sé sin comas ni puntos seguidos. Maldecirla hasta que la lengua se me caiga a trozos.
Le pregunto con los ojos así y el ceño más torcido que tengo que quiénes eran esos tíos, que cómo se llamaban, ¿hijoputas?, ¿Organización supersecreta para joderme la vida? La miro y sonríe. Y me da otro de esos asquerosos besos pequeñitos que lo curan todo. Tranquilo, yo cuidaré de ti, dice. Jar jar jar. Risa. Neurótica. Rictus. Congoja.

-Sé cosas-dice-. Cosas que podrían cambiar el mundo-dice-.

Vale. Ya estoy más tranquilo.

-Seguro que has leído a Stephen Hawking .

Pues no. ¿Te sirve Whitman?

-Al principio...todo el Universo estaba dentro de algo tan pequeño que no podía ni verse a simple vista. Más pequeño que un grano de arroz. Que una cabeza de alfiler. Que una pestaña. Los átomos estaban tan apretados, que podría decirse que eran una sola cosa y que todos eran lo mismo. Tus átomos y los míos se conocen. Desde siempre.

¡Oh capitán mi capitán!

Creo que voy a vomitar. Ahora dirá que no es de este planeta. O que viene del futuro. O sonará una trompeta y una luz divina caerá sobre ella iluminándola como a un ángel.

Interesante.

23 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Cuándo caduca la esperanza?




Hay tantas formas de morir como días en el calendario. Sesenta en cada minuto. 86.400 maneras de irse de este mundo. Cada día. Más las que ni se me ocurren. Y sólo una de vivir. Aunque hay matices; pero en realidad sólo tienes que seguir respirando.

437 metros para llegar al suelo. ¿Qué ruido haré? ¿¡Crumch!? ¿¡Plof!? ¿¡Cataplum!?
Interesante.

Te puedes atragantar con el hueso de una aceituna. Puede caerte un piano encima. Blanco. De cola. Puede morderte una serpiente cascabel, o puede derrumbarse el edificio mientras te lavas los dientes. O, te pueden empujar desde un helicóptero. Porque está en llamas. Porque le han disparado con un bazooka. Los mismos tíos que me han disparado en la pierna. ¿ Y yo qué sé? Yo sólo me estaba enamorando. Y de repente llamaron a la puerta y Eva dijo ¡Oh oh! Y yo dije ¡Oh oh, ¿qué?! Y ella dijo: “Vístete, rápido”. Y yo dije, ¿y el cigarro? ¿Y la luz de la luna entrando por esa ventana? ¿Y eso de: “Joder, eres preciosa”? ¿Por qué tengo que salir por la ventana? Esto es un quinto piso ¿sabes? Y además, será el cartero, el vecino a ver si tengo sal, yo qué sé. Y en ese momento sonaron dos disparos y alguien tiró la puerta abajo. Bajamos por las tuberías. Había dos tíos esperando. Uno de ellos sacó una escopeta muy grande y se puso a dar tiros sin dar las buenas tardes ni nada, como si me conociera de toda la vida. Eva me cogió de la mano y empezamos a correr mientras me decía que no mirara atrás. Que confiara en ella. Que iba a sacarme de allí. Y entonces me paré en seco y le pregunté que qué coño había hecho para que un puto escuadrón de tíos con esa artillería la quisiera cortar en trocitos. Y justo cuando iba a contestarme, sentí ese dolor en la pierna. Joder, era enorme, y se podía ver el hueso. Me desmayé. Y cuando volví a abrir los ojos estaba en un helicóptero. Y otra vez justo cuando iba a contarme algo algo hizo boommm y se llevó por delante medio aparato y, bueno, recuerdo a Eva diciendo ¡Salta, salta! Y me recuerdo a mí diciendo, y una mierda, si no hay paracaídas, si eso de ahí abajo es el suelo. Y entonces me empujó.

Siempre había pensado que la muerte, no me preocupaba demasiado. Está bien así. Convierte la vida en algo único. Pero sí que me hubiera gustado morir de otra manera. Tener algo más de tiempo para dar las gracias, para besar a la gente que quiero por última vez, para asegurarme de que hice lo que pude. Y puestos a pedir, me hubiera encantado hacerlo rodeado de todos. Tocar sus manos. Mirarlos a los ojos. Sonreír...
Pero no así, desde luego, como un huevo frito estrellado contra el pavimento.

267 metros para el final.

Cierro los ojos. Aún tengo un segundo.
Recuerdo a mi padre poniendo en su sitio los regalos de reyes mientras dormíamos. Supuestamente. El más grande, era una bicicleta. Seguro. Recuerdo las primeras revistas picantes en casa de mi tía. Aquellas tetas. Eran tan grandes que podía soñar una semana con ellas. Recuerdo el olor del pan y de la ropa planchada. Lo rico que está la sandía. Recuerdo a mi madre poniéndome esparadrapo en las rodillas. A Sultán esperándome, y su rabo moviéndose de aquí para allá y sus ojos buenos y grandes. Recuerdo cosas, de las que ya no me acordaba y otras de las que no quería acordarme.
Recuerdo que hoy tenía cita en el dentista. Que nunca voy a devolver a la biblioteca ese ejemplar de Ulises. Que tenía que haberle dado a Eva con el ladrillo en la cabeza.

122 metros.

Me he dejado la luz del baño encendida.

67 metros.

Quiero pensar que alguien me echará de menos...

32 metros.

Tendría que haber cambiado el mensaje del contestador. No sé, algo que dijera, “En este momento no estoy en casa; estoy ahí fuera, nadando contracorriente”.

21 metros.

Joder Eva, me cago en tu puta madre.

14 metros.
11 metros.
7 metros.

Metro y medio.

Cinco centímetros.

Casi como un beso.

22 de septiembre de 2016

Proyecto EVA: ¿Oh oh?




-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Eso es lo único que se puede decir mientras uno se precipita a 160 kilómetros por hora hacia el cemento en caída libre desde un helicóptero. Sin paracaídas.
La h es muda.
Voy a morir. Mierda. Joder. Y todo porque soy un romántico. Yo debería estar ahora viendo mi serie favorita. No cayendo en picado.

“-¿Has pilotado alguna vez uno de estos?”. Primera pregunta estúpida.
“-¿Por qué tengo una bala metida en la pierna?”. Segunda pregunta estúpida.
“-¿Y quién coño era esa gente?”. Tercera y última pregunta estúpida. A los cinco segundos, Eva elevaba en el aire aquel cacharro y había tanto ruido que tuve que leerle los labios cuando dijo: “Te lo explicaré por el camino. Ponte esto.”, y me dio unos auriculares enormes con un microfonito por donde lo primero que le dije fue: “Me estoy desangrando”.

Anoche, Eva, después de redecorarme la casa con un montón de fórmulas matemáticas hasta dejarla como en esa película donde matan gente y decidir que a lo mejor casi seguro que tal vez me quería, después de quedárseme mirando como si fuera a comerme, de acorralarme poco a poco contra la pared, después de que casi me hiciera pis encima cuanto más cerca estaba y menos centímetros quedaban de su boca a la mía, con un dedito, hizo así con el tirante del vestido y todo el verde botella se desparramó por el suelo y Eva, me ofreció a la vista los limones del pecho, la playa de su vientre, el delta, lo imposible.
Y me besó en la mejilla. La izquierda. Y luego en la derecha. Y luego en la nariz. Y en un párpado. Y así me llenó de besos pequeñitos toda la cara como quien va a acostar a un niño, con muacs muacs que decían-tranquilo-, con besos como flores que se abrían-no voy a hacerte daño-, besos de colores como el confeti, a la temperatura ideal como la leche de los biberones, besos más bonitos que la luna y pintados a mano. Y cuando quise darme cuenta, su hambre me había devorado.
Primero se comió los dedos de mis pies uno por uno. Me hubiera gustado tener más. Después me arrancó la camisa así: ¡Racccccccccccc!. Me encantaba esa camisa. Quise decir algo en legítima defensa; pero no pude, porque tenía una lengua dentro de mi boca además de la mía, jugando a ver qué hay ahí dentro, buscándome el alma. O los intestinos, no sabría decir. Y ese sabor a ola de su boca, a mediodía, a higo, a caracol. Y todo mi organismo conformándose en algo nuevo y asombroso terminado en punta, en roca, en ya no puedo más, déjame entrar. Sus muslos y el mar rojo. Mis manos donde sea, como si fuera un traje hecho a medida. Allá donde quisiera, dijo, mis manos. Averiguándola. Haciéndola tan cierta. Olisqueando como un perro, camino de lo recóndito, cada cráter minúsculo de una piel sin control de aduanas ni fronteras. Licuándome casi. Casi evaporándome. Loco. Perdido a veces en su axila y otras tirándome en su ombligo haciendo el ángel. Dejándome hacer, cosas, que ni siquiera sabía que podían hacerse. Y entonces, más adentro, más hondo, más profundo. Y entonces, lo tibio. La carne con la carne abrazada como hiedras. Los dientes clavados a algún sitio. El nudo. Y aquella música de uñas arañando la pared.

Al rato de resucitar de entre los muertos, nos, alguien llamó a la puerta con los nudillos, tres veces, y Eva dijo: ¡Oh oh!