8 de noviembre de 2019

¡Cáspitas!



Levantarse y ver el Sol. ¿No es un milagro? Aunque no tengas ningún dios.
Sentir como calienta tu piel a veinticuatro grados
mientras haces las cuentas
para llegar a fin de mes; mientras te duele una muela; mientras llueve.
El Sol sigue aún allí, tras todas esas nubes, imagina
-si puedes-, que un día el Sol no sale.
Que se mueren de frío en los vasitos los cepillos de dientes.
Que se pudre la ropa colgada tras la puerta.
Que los besos se aburren en el congelador.
Los domingos sin arroz.
Los geranios en huelga.
Imagina, cuando acabes de quejarte del precio de la ropa
-si ni siquiera me queda-
que todo de repente sólo es gris-si no me gusta este color-, gris y yermo.
Como esas veces que te quedas con las ganas
de decirle a quien tú sabes que la amas.
Uno está
muy ocupado en
cosas importantes
y caras.
Uno tiene que triunfar.
Uno es
único
y perfecto:
“El Sol sólo es un
brillo allá en lo alto. Siempre está ahí. Tampoco es para tanto.”






5 de noviembre de 2019

Sinpaná



Soy un caso difícil, ya lo sé. Ya sé que no aprendí a vivir hasta los ciento treinta años. ¿Pero no soy un ser humano? Aunque tú te empeñaras en decir que era un borrico. Con orejas de borrico y morros de borrico y huevos de borrico. Quiero decir que la culpa no fue tuya. O no del todo. Supongo que al final, todos somos, seres humanos. Y claro que te quise. Te quise como supe: te quise tarde o pronto; te quise incluso y siempre y hasta te quise entera, con todas esas, manías tuyas de poner tijeras abiertas detrás de las puertas o invadir cada noche, sin hacer enemigos, mi lado de la cama.
Y me enseñaste muchas cosas, tú, que has tenido tantos nombres porque nunca me rendí, a pesar de que a veces, saltaba por la ventana o agitaba un pañuelo en algún puerto mientras los barcos se alejaban. Y yo aprendí. Que los pájaros no son de nadie; que no hace falta una tormenta para albergar la calma; que la luz de una vela siempre dice la verdad...
Tú, la mujer de los cien senos y mariposas en el coso donde yo libaba, tú, que fuiste tanta, me enseñaste el camino que llevaba a casa. O cómo secar las toallas con amor soplando muy bajito. O que los espaguetis tienen que pegarse al azulejo. Entonces ya están. Y también tú, con cualquier nombre, me convertiste en lo que soy: un hombre libre. Sin tú. Eran caminos diferentes, eso es todo, y al final, el mío me trajo a su abrazo. A sus manos amables y tiernas de dedos que lo mismo se enredan en mi pelo que lo mismo me señalan culpable, de desacato, de hacerlo todo del revés, de que qué voy a hacer contigo, que te como la cara, canalla, guapo por dentro, triste mío, ven, que te perdono, y me quito las bragas en son de paz y tú me haces eso ¿vale? que tanto me gusta. Ven. Ven y muérdeme
Ya estoy mayor para estas cosas; pero me late muy deprisa el corazón cuanto más cerca. O morir congelados en un largo abrazo en mitad de la cocina mientras hierven las lentejas. Toda esa mierda que te sale por la boca cuando hablas y vas y dices eres el faro que me alumbra, mi norte y mi bandera y mi Titanic.
Porque es mi amor gordo. La única tú que se enfadó conmigo porque yo no era yo. Y tienes que ser tú-me dijo-porque tú, sólo sabes ser tú. Y me empujó al abismo, la muy hija de puta, de yo te quiero así, tan tonto.
Y entonces supe que todo lo que había aprendido, de tanto tú, servía para algo. Exactamente para hacerla feliz.



3 de noviembre de 2019

360º



Si yo fuera dios me pegaría un tiro en la boca.
A pesar de las flores, de París, del Niágara
-aquí va una x , justo donde dice que me corten la cabeza-.

Claro, claro que puedo perdonarlo
-como a aquel chico comido de viruelas
que me dio una paliza en el patio del recreo.
Porque era más grande que yo.
Más fuerte que yo.
Más todo que yo-,
pero no quiero.

Se llamaba Pedro y hasta fue director de un banco
mientras yo me follaba a su mujer.

Sin rencores.

Después conocí a Claudia y sus ojos verde Matrix.
Fui tan feliz que casi reventé. Me puse gordo. Sacaba la basura...
Brotaron las semillas.

Hasta que todo se acabó
en un stop de la nacional 630.
Como si todo hubiera sido
una broma.

A veces soy una gota de lluvia
y otras
un verdadero hijo de puta y
me pregunto
dónde estás
mientras el mundo se deshace como un terrón de azúcar en el té.
Y te odio. Te odio. Te odio. Con toda el alma que me diste.

A veces, otras veces, me quedo dormido en el sofá
y sueño que me pasas la mano por el pelo
y me prometes
que Ana está en el cielo.
Que tiene sus juguetes.
Que me merienda bien.





29 de octubre de 2019

Sitios



Rosi es una mosca.
Donde el sujeto es Rosi en este bonito enunciado
-obsérvese la carga retórica del núcleo del complemento circustancial-
y ahora, un pleonasmo:te echo tanto de menos. Joder. Joder. Joder.

Rosi es la pata de la silla.
El cubo de basura.
Las manchas de tabaco en los dientes.
Las tripas del pescado; el pedal de embrague; las cremalleras de la ropa.
Las frases sin un sólo verbo.
Rosi ahora lo es todo. Pero también es nada.

Cuando el agua nos llegó a los tobillos
Rosi me metió el dedo en un ojo
y sacó de allí un sombrilla y un faro, a lo lejos
y arena, mucha arena
y un pájaro.

Cuando el agua nos llegó a los ombligos Rosi me dio el último beso.
Me lo dijo: este es el último beso.
Y no la creí.
Pensé que Rosi tenía dentro un almacén
lleno de besos
que fabricaba en horario nocturno junto al muelle
porque de día trabajaba en una copistería.

Cuando el agua me llegó al cuello Rosi y su maleta
eran como esas hormigas que se ven desde lo alto del
Empire State Building.
Nadie me pasa ya la sal.
Rosi es nadie. Una hormiga. Un punto y final
debajo de un paraguas.

Los martes estoy triste de siete a siete y media de la tarde.
El resto del tiempo soy feliz.
Mis hijos van a la universidad y hay un topo en el jardín
al que persigo desde octubre
porque se come los geranios.
Pero los martes, todos los martes a las siete pienso en Rosi.
En su pelo naranja y sus mil constelaciones y en su
pastel de nuez y fresas
y en su
manera de abrocharse los cordones.






24 de octubre de 2019

Y que caiga de canto



...y te corté la lengua con el filo de una hoja de alhelí
para que no fueras diciendo por ahí...cosas.
Y te saqué los ojos y los puse en la nevera donde
no vieran otra cosa que tetrabricks de leche y yogures de pera y tarros de mermelada.
Para que no miraras de esa forma nunca a nadie más que a mí.
Y te arranqué con un martillo, trozo a trozo
los sueños y los arrojé lejos de ti, donde no pudieras alcanzarlos.
Para que no olvidaras dónde está tu sitio.
Y por si acaso te partí las piernas.
Y por si acaso te rompí los dientes.
Y por si acaso,
escuchabas a lo lejos la sirena de un barco, te compré el alma por más de lo que vales.
Y ahora eres mía.
Como el mando de la tele.
Como todos los interruptores de la casa.
Ahora te llamas Nada. Sólo lates. Lates y te callas. Y lloras sin ojos
y gritas sin boca y ardes en las llamas
de escucharme llegar, acercarme, y coger lo que es mío.

¿Y sabes por qué?
Porque te quiero.