16 de diciembre de 2018

Polonio




Me sentaba delante de aquella mesa que en realidad no era una mesa sino un tablón de madera parte de un ropero viejo pero que parecía una mesa y ordenaba como si fuera a hacerle una puesta a punto a mi corazón el tarro de los lápices de colores que en realidad no era un tarro sino una lata de tomate triturado; la goma de borrar que estaba muy rica y sabía a nata; alineaba el bloc de dibujo perpendicular a no me acuerdo qué; ponía a Police en una mierda de radiocasette marca yo qué sé pero en chino y me ponía a dibujar Unicornios o naves espaciales o tormentas con barquito y a lo lejos faro mientras le daba una calada de vez en cuando a una hierba que me pasaba el moro del piso de abajo. Yo y todos aquellos garabatos. Hoy he buscado de nuevo en internet “trastorno de...” Y estoy tan lejos. Tan lejos que no quiero volver.






14 de diciembre de 2018

Silicio



¿Sirve de algo que me digas que me vas a querer siempre?
No. te sirve a ti, que ya no estás. Que sólo eres una nota pegada al frigorífico.

Tampoco sirve ir a los mismos sitios. Ya no estamos allí.

Fue bonito amor, no te preocupes.

Ni guardar cosas. Sólo ocupan sitio.
Por eso hay que vaciar el corazón.
Para que quepa todo lo que está por venir.

Para vivir, hay que estar herido.
Cuando alguien me pregunta por esta cicatriz, siempre respondo lo mismo:
“Es mía”
me la hice con la espina de...

Una sirena.







13 de diciembre de 2018

Americio



Hoy he salvado una vida. Creo.

Resulta que normalmente todos los días al salir del trabajo voy un rato a casa siempre por el mismo camino hasta que siempre por el mismo camino regreso al turno de tarde. Pero hoy no. Hoy tenía que salvar una vida. Creo. Y tras una serie de sucesos extraordinarios: como que no me ha dado tiempo de ir a casa porque me estaban dando por el culo en el trabajo; como que en cuanto pude lo dejé todo como estaba a chuparla un rato y salí a caminar; como que vagué sin rumbo cagándome en mi puta calavera por calles en las que nunca antes había estado; como que me eché mano al bolsillo y no tenía tabaco y buscando un estanco, pasó.

El puto viejo iba montarse en el taxi cargado hasta las trancas y haciendo malabares con dos cajas de gambas de por lo menos tres kilos cada una. Y sin ver un carajo. Ni la puerta del taxi, vaya. Y yo que pasaba por allí voy y le digo, pero hombre abuelo que se va a usted a matar, si no puede ni andar, ¿dónde coño va con dos cajas de gambas? Y le abro la puerta y lo cojo del brazo y lo ayudo a entrar al taxi mientras me cuenta que qué pena llegar a esa edad. Y al siguiente segundo, el puto viejo se me vuelca encima como un árbol talado, como un saco de papas, con las dos cajas de gambas que no las soltaba ni muerto, todo el viejo al suelo con tanto tino que me arrastra al asfalto con él y con sus huesos de viejo y sus putos seis kilos de gambas me cae de canto y me hace polvo la rodilla. Justo se quedó con la nuca a tres centímetros del filo del bordillo de adoquines de la acera. No me moví, dejé que me siguiera triturando la rodilla hasta que a nuestro alrededor se arremolinó un montón de gente que no conocía de una mierda y alguien me lo quitó de encima y, antes de que me diera cuenta, ya estaba montado en el taxi camino de donde quiera que fuera con sus gambas.
Quiero imaginar que llegado a su destino con su cabeza medio ida de puto viejo le contaría a alguien que de pronto justo antes de que se desnucara contra el bordillo apareció un ángel. Que aunque no recordara mi cara, lo seguiría contando hasta el día que arrugara el labio para siempre, que pudo ser hoy. Quiero pensar que con quien sea que fuese disfrutó pelando gambas y haciendo esas cosas que hacen los viejos mientras pueden, todavía. Pero lo cierto es que no me dio ni las gracias. No importa. Hoy, he salvado una vida creo, y después he vuelto al trabajo a terminar el día.





11 de diciembre de 2018

Talio


¿El a qué?
Mi hoja de servicios tiene más manchas que el sudario de Cristo.
Más que la camisa de Torrente.
Más manchas, que hoja.

Así que nunca más voy a querer a nadie.
Ya está. Lo he dicho. A la mierda los refranes.

A no ser que yo le diga, no, no bailo.
Y me saque a bailar.
-que no bailo, joder-.
Y se me pegue al cuerpo hasta que oh, dios mío
-¿qué coño es esto?-,
me atraviese el pecho con sus...así: ras ras, de dos puñaladas
-¿qué parte no entiendes de no quiero bailar?-.
Que se le escuche el corazón haciendo
pum
pum
pum. Catachiquitiquitiquipumpumpum.
Sí, bueno, si tuviera, no sé, ojitos de te voy a comer y una cuchara en la mano.
O una recortada.
O un tanque.
O un submarino nuclear.

Aunque sólo pum-pum también me vale.







10 de diciembre de 2018

Rutenio



Señalé con un movimiento de barbilla la foto sobre el mueble de caoba del recibidor y le pregunté a X quién era aquel tío con corbata y bigote: “El que paga todo esto”, me dijo mirándome raro desde arriba hasta abajo y, con una entonación singular, que era un señor.
Habíamos ido a cenar aquella noche a casa de Mimí. Mimí no era de aquí. Había llegado como tantos otros en busca de una oportunidad cualquiera y vivía con su hermano en la casa que pagaba el señor de la foto. A cambio de algo, supongo, como todas las cosas de este mundo. Mimí era muy bonita. Así que yo no soy un señor, pensé, vaya vaya, mientras X terminaba de ponerse el abrigo, y me alegré de que estuviera nevando.
A los pocos meses Mimí y yo coincidimos en la misma sección de la fábrica y me contó que había conocido a un mozo de almacén del puerto, un chico guapo y amable que había llegado a la ciudad hacía poco desde otro punto del planeta más bonito pero menos agraciado. Y que estaban saliendo. Y que era muy feliz. Y que estaba embarazada. No hablamos para nada del señor. Seguro que seguiría sobre el mueble del recibidor. Le di un beso en la mejilla a Mimí y continué mi camino por el pasillo cuatro hasta la máquina expendedora de café.
Tampoco hablamos de X.