23 de marzo de 2017

The Swing



Ruibarbo o prurito u ukelele, máximo, uretra, pío, di.
Palabras. Nadie va a llevarse de aquí nada.
Ni la máquina del Transiberiano ni el puente de San Francisco ni
el hueso de una uva.
Los besos, como pompas de jabón, estallarán en mil pedazos.
Los besos fueron. La sombra de aquel árbol, los girasoles.
:-)
;-(
Gestos.

En cambio, con sólo mover un dedo, algo de ti quedará aquí para siempre.


22 de marzo de 2017

El vals de las tres rosas


La raigambre que fuimos el uno y el otro
de algo
el puzzle que
la forma en que tu cosa
y mi cosa y
los pájaros de mi cabeza comían de tu mano y tú
tan toda.

¿Dónde ardes?
¿Qué te tiene?

Si tú me sabes.
Si yo te puede.
Si nos.

Seguramente.


20 de marzo de 2017

Meter los dedos en un enchufe y mascar el palito de los polos de limón


Últimamente no dejo de encontrarme cosas. Cosas que trae la marea. La culpa es mía, porque me puse en jarras como me ha enseñado Buzz Lightyear delante del puto Universo y le dije, me aburro, dame caña.
Soy un soñador, joder, necesito emociones y patadas en los huevos.
Viniendo del trabajo el otro día precisamente, me encontré tirado en el suelo un señor. Había metido una hostia en la bici contra el cristal de la parada de autobús hacía un minuto y la sangre de la nariz aún estaba fresca y las gafas aún estaban rotas y aún le dolían- “Creo que me he caído”-, todos los huesos. Vaya borrachera. De Óscar. Una papa de puta madre. ¡Vaya hostia, amigo!, le digo, porque para qué le iba a preguntar si está bien. Llevaba una guitarra a la espalda. No se había roto. Le di la patilla de las gafas, pero como no veía una mierda, le dije, oye, te meto en el bolsillo de la camisa la patilla, tienes, un cristal roto también y, qué tal si nos levantamos¿vale? ¿puedes?
A la primera no desde luego. Pero termino por sentarlo en un banco y le pregunto que si quiere un cigarro, a lo que me contesta que no, que él tiene tabaco y una hija en Badalona, a la que no ve desde hace 15 años. Me siento a su lado y espero. No sé exactamente qué. A los veinte minutos le digo que me voy, que se espere aún un rato antes de levantarse. Que adiós amigo, y mucha suerte, y el hombre se me queda mirando y dice gracias y yo le pregunto que por qué y el me contesta, que porque no tiene a nadie más.

A los dos o tres días me doy de bruces con la Mascarpona al doblar una esquina. Yo moría de y de y de-aunque nunca lo supo- por la Mascarpona, de ponerme de piedra lo duro y de la sangre blu blu y de todas mis pobres hormonas bailando esa canción que la Thurman se marca en Pulp Ficctión con el John Travolta. Pero nunca se lo dije. No había visto nunca unos ojos tan raros, como, separados y verdes por la tarde y lo blanco enorme y de mañana azules. Imaginé trescientas veintitrés versiones de sus tetas, si tendrían timbre de botón o cráter de luna lunera o lo rosado sería hidromiel o lo globo o lo tibio debajo de su piel sería sangre o queroseno para lámparas, si en la boca, no tendría algo para mí, a qué, sabrían sus axilas, cómo tenía yo que, sobrevivir al susto de encontrarla cada día en la escalera y aguantarme las ganas de meterle la lengua en la oreja y quitarle las bragas de un solo bocado y cortarla en trocitos a ella toda toda con, una sierra mecánica importada exclusivamente desde el Canadá y, comermela. Ñam ñam.

“-¿Tú?

Sí, yo. El mismo tío que nunca te dijo que sería capaz de tragarse una botella hecha añicos y cagar un Swarosvki para ti.

Hablamos del tiempo. Del trabajo. De que ahora vivía en allí. Y cuando su culo pluscuamperfecto se perdió en la distancia como un barco pesquero, hice un agujero en el suelo y me tiré de cabeza a ver si aparecía de repente en un poblado Inuit.

También me he encontrado a mí mismo. Un poco más, y esta mañana llamando a mi puerta, la puta primavera.


17 de marzo de 2017

Alfa y omega van de la mano a merendar al parque


...que aún me sorprendan tantas cosas:
las almohadas con pájaros por dentro;
los conejos-nube; las siete de la tarde...
Los timbres de las bicis, la primera de todas las gotas de esta lluvia;
los caimanes. Tienen un montón de dientes.
Los travestis de detrás de la tapia del polideportivo.
La hija del cura. Todo el mundo lo sabe.
La primavera-aquello, ¿te acuerdas?-, aquello de nardo.
Me sorprende la voz de los caballos, la amabilidad
de las máquinas de tabaco, el río
como una serpiente de la sangre debajo de la piel.
La fe con que acude a la luz el polvo de los muebles.
Los espejos de los ascensores.

Hasta yo me sorprendo cantando sin saber, o el ser humano a veces:
“-Perdona... ¿te conozco?”.
Tres puntos suspensivos en el corazón sin orificio de salida.


16 de marzo de 2017

Cada uno de nosotros, es un puto milagro



Los ojos son bonitos donde están: en esa cara tuya por ejemplo, no
rodando por un plato. Tan hondos y bravos los ojos de tu cara. Cuánto misterio.
Si yo fuera un árbol-recapacito-, un árbol grande y alto
¿daría suficiente sombra? ¿y frutos? ¿daría frutos?
No debe ser fácil ser un árbol.
Ni una e minúscula.
No debe ser fácil ser el viento. Pasar siempre de largo.

No sabemos morir, insisto.
Como si algo fuero nuestro. No mío al menos: sólo soy el papel de regalo.

Y además hoy he escuchado esa canción, ya sabes.
No termina bien. La chica hace la maleta.
Pero me gusta el solo de guitarra y la he escuchado tres mil quinientas veces.
Ayer en cambio me robaron la cartera. Con tu foto dentro.

Mañana es tan, raro todo a veces.

Si hay algo que merezca la pena, es ahora.
O tal vez todavía.
O por lo menos, más, más lo que sea contigo.