22 de abril de 2018

Cocodrilo y Margarita



..dime cosas guarras le suplico y entonces, me dice que la factura de la luz de este mes son casi trecientos por lo menos y yo le pido, más, y me cuenta que la profe de Carlitos la ha vuelto a llamar al directorio, porque Carlitos, le ha clavado los dientes en el hombro a un niño otra vez. Y que era más grande que él. Por lo menos seis o siete milímetros. Y me pongo como loco y se la meto hasta yo no sé dónde y mi ella, con todas las tetas desparramadas sobre la porcelana del lavabo, da un do de pecho y se carga el espejo, a la mierda la suerte, los botes de pomada y los cepillos de dientes, a poner otra vez azulejos, llamar al fontanero, y a ese albañil con cara de torero que vino la última vez a tapar las grietas del techo y mira que, se lo he dicho mil veces: no te pongas las bragas de Mazinguer Z, no dejes que caiga por la espalda tu melena de brea, no así, de esa manera Pocahontas, no me hables, no me mires siquiera, no dejes que me acerque, y mi ella, suicida toda por lo que al parecer parece va y me dice que le ponga cremita en la espalda, no sé qué de que no llega, va y me dice, pero sólo cremita, va y me dice, que te conozco. Y lo juro, al principio, empecé por la espalda, y entonces mi ella de los labios pintados del color del ñam ñam ñam se ha encendido por dentro como una lamparita del siglo XIX, porque eso no es la espalda, va y me dice, pero ya que estás. Y se pone a pedir cosas bonitas. Al oído, y yo, le hablo de una flor que sólo crece en los Urales y que sólo los hombre más valientes han cortado, porque esa flor tan rara, allí donde la vez con su falda plisada y sus zapatos blancos, te escupe a la cara el día de tu muerte, la hora y quién irá a tu entierro, le hablo del Sol de Shangrila y los nenúfares y de gente que con quinientos años aún conserva su amor en una lata con pájaros espinos dibujados en la tapa. Y mi ella se retuerce como una serpiente del gusto y mi cosa se pone muy gorda y Manolita, llama a la puerta del baño, que tiene pis, y claro, nos hacemos los muertos como perros, los sordos como tapias, y Manolita dice sé que estáis ahí. Y tengo hambre. Y ya sois muy mayores para cosas de críos. Y se va escaleras abajo en busca de otra taza de váter y un trozo de la pizza de anoche. Cosas bonitas va y me dice, y a la que voy y le meto la lengua en el cerebro y pronuncio la palabra Andrómeda ya se ha vuelto loca, ya pueden colgarse las toallas mojadas en sus pezones de timbre de ascensor, ya se le cae como si fuera mantequilla la ropa interior muslos abajo, ya engancha con el dedo pequeño del pie la etiqueta de aquella cosita y hace una canasta de tres en el cesto de la ropa y hace así, y ahí está, su culo mapamundi, mi pequeño planeta, el sitio donde quiero abrir una cadena de MacDonals, construir un aeropuerto. Toma. Dame. Todo. Claro. Y cuando creo que se me va a morir entre los brazos, con los ojos en blanco como platos-blancos-, cuando estoy a punto de llamar al Doctor House, cuando ya no queda en pie ni una figurita del salón y el gato está escondido debajo de la mesa, va y me dice, aquí, aquí, aquí, y se pone su capa de mujer licuadora y me saca del alma con la boca todo lo que encuentra a su paso y me llama oleoducto, fuente de vida, miel mía, y se lo traga y, con una servilleta que saca de algún sitio y que dice Bar La Alondra, se limpia el quicio de los labios y me deja allí cadáver, en el suelo como una colilla, mirando una fila de hormigas que sale de debajo del bidet.



20 de abril de 2018

Ya decía yo...



Así que la vida está hecha de esto...
Del día que pasé la lengua por el suelo
de aviones e Himalayas, de turba, de consuelo, del culo de la Paca.
De todas las moscas del verano
de mi madre y el queso y los bautizos
de cosas redondas, ovaladas, parabólicas
de isósceles, pentágonos, camadas
de ñues y laureles de César. De humo. De canallas.
De un día veintisiete y de otro nublado.
De un as de corazones en mitad del asfalto.
De violines y tablas de náufrago y de fresas y mangos
de sartén.
De bisturís y de anclas de barco.
De túes y de yoes y naranjas y útiles del campo y de toallas y
toneles de vino.
De pis en las farolas, de granizo y de limo y
a veces
de estrellas fugaces, de un eco, de una llama
-¿recuerdas aquel faro?-
En mitad del espacio.
De perros y de nietos y onzas de chocolate y abedules
de una sombra infinita.
De ya no te quieros. De perdonamés.
De culos de botella y de tazas del té.
De trenes que se pierden, de cartas que se ganan
de paraguas abiertos y de puertas cerradas.
De cal y de arena y en la orilla castillos que las olas se tragan.
De abrazos y de entierros y de bares y gatos.
De ahoras.
De me voy a poner a cocer papas.
De quítate las bragas.
De voy a por tabaco o de esto ¿cómo se llama? Putadas.
De se ha muerto mi padre, de estás más delgada, de sís; pero nos.
De ositos de peluche. De sábanas blancas.
De limones y efectos mariposas y pelos de pincel.
Del buuuu de las ballenas y del croac de los sapos y del cri de los grillos y de glops y de chis y de huys y de oe
oe
oe.
Y tal vez de mañana tal vez.
Nadie lo sabe.
Por eso es tan... emocionante.





18 de abril de 2018

El tiempo pequeño



-No quiero morir sin comerme una polla.

-¿Eso te hace sentir mejor? Tienes quince años Adeline. Que vayas a morir no te da derecho a hablar así. ¿O es que los demás ya no existimos para ti? ¿Estás...en otro plano? ¿Sí? Y además, que sabes tú de...

-He visto vídeos. En Internet. ¿Tú le comes la polla a papá?

-¿Sabes qué? Me voy dentro a preparar la cena. Se supone que estábamos aquí las dos, ya sabes, tú, yo, la caída de la tarde...y no pienso llorar. Estoy harta de llorar.

-Mamá...

-¿Qué?

-Crees que en otra vida ¿podría ser un caracol?




16 de abril de 2018

El día que le dije que...



Sí, bueno, tenía, unos labios por los que me hubiera deslizado en snowboard;
pero una boca tan bonita sólo para decir tantas tonterías
me parecía un desperdicio y
-por eso-
tomé un bus a la Antártida.

Sí, bueno, toda esa carne
tan tibia
tan suave
como una mantita de sofá.
Pero por aquí no ni por allí tampoco ni así, menos, con lo cual
todo se reducía siempre al mismo agujero
siempre en el centro justo de la cama
siempre pensando en los vecinos
y luego estaba eso
de las toallitas húmedas sobre la mesita de noche. Mirándome
todo el rato.

Sí, bueno, uno podía perderse en el verde de sus ojos, era
como estar de vacaciones en Asturias
o el Congo; pero
lo triste era que no había un lugar donde volver.
Te quedabas allí, mirando el mar, dibujando con la punta de un palo
en la arena
otros nombres.

Sí, bueno, su pelo en marejada, sus misiles logísticos debajo del sostén
sus quiero comprar el Corte Inglés
sus me voy a poner el pijama
-pero nunca se quitaba los tacones-
sí, bueno
el sabor a mermelada de naranja de los dedos de sus pies.





14 de abril de 2018

¿Tienes un boli?



Un día me encontré a Salomé-el día anterior me había besado- debajo de las gradas de la pista de hielo comiéndole la polla a un chico con acné y la camisa abierta y los ojos en blanco y la columna vertebral arqueada como un gato. Había quedado con ella a las siete. No vino, claro. Nunca más la he vuelto a ver. Cristina tenía las manos más grandes que yo y una vez me cogió en brazos delante de todo el instituto. Fueron dos semanas de paseos por el parque y el sol en la espalda. Tenía los ojos azules. Me besó. En el siguiente curso se quedó embarazada del profe de química. Nunca más la vi. Tampoco. Nuria me dijo que a ella le encantaba follarse las cosas bonitas y que como se iba a morir de leucemia en seis meses no hacía caso de diablos ni angelitos encima del hombro y que, me iba a comer vivo, allí, en aquel ascensor. Tenía dos hijos y un marido que sacaba la basura, y la verdad, es que era bastante simpática. Me gustaba su pelo. Porque era rojo. Nunca más he vuelto a ver un rojo así de despeinado.

Claro que me besó.

Estoy hecho de besos. Por todas partes. En todos los rincones.