22 de septiembre de 2018

Selenio



Todo pasó tan rápido... Y ahora ya son las nueve de la noche: “Recógeme a las nueve”. Y esto es la esquina de la calle Bla bla bla: “En la esquina de la calle Bla bla bla”. Y esa que viene por ahí es ella. Que esta mañana cuando fui a correos a mandar una carta certificada no era nadie. Pero ahora es ella. Aunque no sé muy bien qué significa eso. El caso es que sea lo que sea, me tiemblan las piernas. Un poquito:

-Hola. ¿Qué tal?

Pues me tiemblan las piernas y es por tu culpa. Porque estás muy guapa vestida de eso que te has puesto y caminando, parecías un puto jaguar. Aquí, hundiéndome como una piedra en esos ojos bonitos que has traído. Y como no sé qué decir voy a decir cualquier tontería. Seguro:

-No me acuerdo de tu nombre.

-No te lo dije.

-Bueno, has sido todo el día la chica de los globos. A mí me gusta.

-Me encanta ese jersey. En realidad a todo el mundo le encanta. Por eso me lo pongo. Pero me llamo Ana. ¿Y tú?

-XZ143

Ha sonreído. Estaba deseando que hiciera eso. Me he estado acordando de esa sonrisa todo el día.

-Pero te puedo llamar Z. ¿A que sí?

-O Alberto. Aunque Z mola un huevo.

Lo que pasó fue que ella, que esta mañana no era nadie, esta mañana estaba detrás del mostrador de la oficina de correos. Yo dije, buenos días, querría un sobre para esto y mandarlo por correo certificado y ella dijo, claro, ¿a qué dirección? Y yo le dije que un momento, que saco el teléfono y te enseño una captura de pantalla y ella dijo, ¿a ver? Y se quedó muy quieta. Muy callada. Y después sonrió. Así. ¿A que es chulo? Y me dijo que vale. Que pasara a recogerla esta noche a las nueve en la esquina de la calle Bla bla bla. Esta esquina. Lo que pasó pasó también porque la noche anterior yo había estado paseando un rato antes de subir a casa y en el camino vi un letrero pegado a una parada del bus que decía “Te invito a cenar esta noche”. No sé qué de una cadena de nuevos restaurantes. Yo quería el número de teléfono, pero en la foto sólo salía esa frase en letras muy gordas.

-¿Nos vamos? Si has terminado ya de hablar solo.

-¿Dónde quieres ir?

-A todos sitios.

Lo ha vuelto a hacer. Cada vez que sonríe se me atraganta algo en la boca del estómago. Algo que se mueve. Como un puto bicho, o algo.






20 de septiembre de 2018

kriptón



...que pusiera la mano en ninguna barandilla o en los agarramanos de bronce del metro porque se me iba a pegar algo. Y yo miraba su cara de persona horrible y pensaba para mis adentros que tal vez allí hubiera puesto la mano Winston Churchill. O algún señor de Las Bahamas o una costurera de la fábrica de lino. Y que mi mano se impregnaba de microbios ajenos y otras cosas pequeñiquitísimas que ya iban a formar parte de mí para siempre. Trocitos bonitos de otros. Y cerraba los ojos y por un momento no existía otra cosa que el microcósmos y yo y el violín de un moscovita llorando al final del túnel la vida en Rose. Y al abrirlos, persona horrible seguía ahí. Mirándome como a un idiota mientras subíamos por las escaleras mecánicas: “Que no toques, que a saber quién habrá puesto ahí la mano”. Si persona horrible no existiera yo la buscaría en todos los pasamanos y en todos los bordes de los cuadros y en todos los pomos de las puertas y en todos los cristales de los vasos. Pero ahora mismo no la aguanto. Es cuando silbo. Siempre la misma canción. Hasta que persona horrible me da con el bolso en las costillas y me atraganto. Detrás de nosotros una anciana me mira con ojos de ternera. Le sonrío. Intento decirle algo con las cejas tipo, no pasa nada, debería usted verla cuando se enfada. Hasta que no ve sangre no para. Aunque la culpa no sea mía. Como no hay nadie más al lado, me saca las tripas con un palo y se queda tan ancha. Y no le digas nada, que la has cagado. Porque entonces se convierte en algo personal. Y yo no sé rezar, señora, que si no rezaría. Porque hace así, como el motor de un coche, ¿sabe? rummmmmm rummmmm, así, y se lleva por delante lo que pille. ¿Pero a que es guapa? Pues cada vez que le sale una arruga tengo que esconderme debajo de la cama. Lo lleva mal. Y eso que yo le digo que las arrugas son medallas. Que siempre la voy a querer. Y aquí sigo, mire usted, vivo de milagro.





19 de septiembre de 2018

Indio



No quiero conocerme. Ni quién soy o qué rumbo tomar. No quiero
mirar atrás con los ojos de un perro.
Ni maletas. No quiero maletas. Ni siquiera una foto.

Me sentaré alrededor de las hogueras de ahora en adelante
a contarle a la gente de qué
está hecho un corazón. Mirad, diré, esta mujer era mi madre.
Y este
mi amigo invisible. Y esta, la chica aquella de aquel instituto que tanto me gustaba.
Se montó en mi moto. Me agarró muy fuerte. Cerró los ojos y emprendimos
un vuelo en picado a la alameda de mi barrio:

“-Eres la primera muchacha que se sube a mi moto.

-¿Y puedo ser la única?”.

No quiero saber si me gusta el helado de fresa más que el de vainilla.
Sorpréndeme, yo. Si me gusta la carne de hombre o de mujer. Este color o el otro. Improvísame, yo, como un tema de jazz a las seis de la mañana.

Si seré capaz o
capaz
me dará una puñalada por la espalda, no quiero, puertas
ni ventanas
ni dedos
señalando
el horizonte.

Ámame, yo, o escúpeme a la cara.







17 de septiembre de 2018

Paladio



Si fuera a morir en cinco minutos
-si fuera-, no haría otra cosa que
seguir con lo que estaba: comerme una pera; por ejemplo
o hacerme una paja.

No saldría corriendo a ajustar mis cuentas con la vida y desde luego
no subiría un 8.000
ni dejaría una nota pegada al frigorífico para nadie.

Porque ya vivo como quiero.
Ya hago siempre lo que quiero.
Ya no me importa nada. Excepto yo. Por supuesto.

El bien y el mal del hombre cambian de chaqueta cada cierto tiempo.
A Rubens le gustaban gordas, por ejemplo, y un vaquero podía
llenarte de plomo si robabas un caballo.
De hecho dudo de que haya algo de verdad en todo esto
que llamamos sociedad.
Los donuts están buenos, eso, si que es verdad.

Seré crucificado.
Apedreado, traicionado, y enterrado en vida, me dije,
el día que abrí los ojos, tanto, que vomité sobre un señor
que esperaba a mi lado en el semáforo.

Pero aquí estoy. Y aquí a mi lado está la vida. Y fumamos. Y esto
es precisamente lo que voy a hacer
los próximos cinco minutos.

Y decir en voz alta palabras bonitas, claro
como hipocampo o nebulosa o tú.






15 de septiembre de 2018

Cerio



He tenido una vida magnífica:
he visto un saltamontes; he viajado en avión-entre las nubes-; he comido wasabi.

Las nubes...

Y los abrazos. Los abrazos bonitos como un atardecer
a orillas del rio Ganges. Por ejemplo. Yo qué sé.

Una vida mecida por el viento
tan caprichoso
e
hijo de puta.

He olido una flor y he besado un caballo en la frente.

He visto parir a una mujer.

Se me ha roto entre las manos la palabra “contigo”.

He llorado. Y el mar me ha salvado. Tantas veces.

El mar. La palabra más grande que conozco.

He tenido zapatos y una bici. Caramelos. Revistas porno.

He sido astronauta y capitán de una fragata portuguesa.
Y hasta sheriff del pueblo. Tenía una placa.
Y el chocolate. La segunda palabra más grande que conozco.

Paula siempre me ha gustado.
¿No es evidente?
Y las ciruelas. Tan rojas y brillantes.

Será en paz. Lo sé. Ese era mi sueño.
Y un día, cuando pases el dedo por el borde de los muebles...