22 de enero de 2020

Trozo nº 53



Una vez tiré un reloj por la ventana. Era un Festina que pesaba como un muslo de pollo, con muchos numeritos y esferitas y su puta madre. Me encantaba. Se lo había comprado por dos mil pesetas a un mangante del barrio. Rompió el cristal y cayó tres pisos más abajo mientras yo me cagaba en no me acuerdo qué, daba igual, el caso era cagarme en algo. A veces subía la vecina a ver si. Y otras veces subía la vecina con dos policías a ver si. Que el reloj era mío. Decía yo. Que el cristal de la ventana era mío. Decía. Y no les decía que el mundo era mío porque no iban a entenderlo, y lo mismo se liaba.
Otra vez tiré el radiocassette del coche por la ventana del coche. Y una silla por la ventana de un piso alquilado. Hasta yo me tiré por la ventana. Me rompí dos dedos. No estaba muy alto. Y un día tiré a Maricarmen. Se le rompió el corazón, claro. Sí, yo era el hijoputa que tiraba cosas por la ventana. Porque el mundo era mío. Y me daba igual si abajo había aparcado un coche a plazos o un carrito de bebé.





19 de enero de 2020

Pregúntame otra vez si soy feliz


Yo dejo el grifo abierto cuando me lavo los dientes.
Badu tiene que andar siete kilómetros para ir a por agua
a un pozo a siete kilómetros.
Yo tengo una televisión con treinta y cinco canales.
Ninguno me gusta.
Badu conoce todas las estrellas del cielo. Si faltara alguna, lo sabría.
Yo dejo comida en el plato. Badu a veces come, y otras no.
Limpio mis gafas con una servilleta de papel y leo en el periódico
que en Alemania han empezado a fabricar
zapatos que andan solos.
Implantes dentales que se limpian solos.
Camas que se hacen solas.
Persianas que se bajan solas.

Algún día Badu heredará la tierra de sus padres. Todas las rocas, el arbusto y los buitres
haciendo círculos perfectos.
Yo compraré una aspiradora
-por supuesto que no me hace falta-
y palos de golf nuevos.






16 de enero de 2020

¿Cuándo dices que se acaba el mundo?


Podía haberlo hecho mejor, pensaba a veces. Y peor, también, también pensaba a veces. Pero lo hice así. Y eso ya no iba a cambiar. Si quiero, pensaba, puedo torturarme. Pero también puedo dejar de intentar ser perfecto, pensaba. Ser sólo una persona normal con un coche normal o una bicicleta y una chica o un chico normal que me quisiera porque a veces, me hubiera gustado hacerlo mejor; pero salió así, porque no soy perfecto. A veces pensaba que me encantaría tener tres brazos. La de cosas que podría hacer con tres brazos, pensaba. Y después pensaba que seguramente si tuviera tres brazos, querría cuatro. Mi padre crió seis hijos sanos con un solo brazo. Tampoco era perfecto. Pero era mi padre. Vendía cupones. Le llamaban el manquito. Con cariño. Yo, tenía dos carreras y un máster y un apartamento con las paredes pintadas de color albaricoque y un montón de luces de esas que se encienden y se apagan con sólo dar una palmada, y todavía lloraba por las noches, a veces, abrazado a la almohada. Y ni siquiera sabía por qué. Entonces extendía la mano y me quería encontrar otra mano y que todo, estuviera bien. Que la mano me dijera, tranquilo, todo va a ir bien. Y aunque fuera mentira, me volviera a dormir. Y creo que por eso la vida merece la pena. Por cosas así. Y por las nubes. Y el helado de pistacho. Y busqué esa mano. Y la encontré. Con más cosas pegadas a la mano: dos ojos, dos orejas, pelo en la cabeza, tobillos, gafas del cerca, yo qué sé. Si una mano, que no tiene boca, que sólo son dedos, puede decirte que te ama de esa forma, ¿cómo no voy a levantarme al día siguiente a darlo todo? A reírme; a hacer el tonto; a equivocarme; a hacer lentejas... A veces, todas, creo que te quiero. Pluscuamperfecto, ya verás, como si fueras mis huesos.







12 de enero de 2020

Martes



...y del murmullo de los lípidos; a pesar del pertrecho, lo cúbico y lo omoplático
ocurrió como un tren por un túnel carpiano y se precipitó
como si hubiera saltado de un Boeing 737
sobre un escalón del parque Güell.
Los gritos de Lala: “ ¿Lo vais a matar, lo vais a matar!”,
la mirada de aquella jovencita, la de natación sincronizada
-los graffitis: “Soy la hostia de guapo”...- y tan pequeño
que no cabía duda.

Yo estaba allí. Lo vi. Con estos ojos.




8 de enero de 2020

La forja



Hablamos tumbados ya en la cama de que el amor romántico es una mierda, que es mejor así, como hacemos nosotros, yo le arreglo un grifo del lavabo y ella deja que le robe dinero del bolso para comprar tabaco. Le digo que ser un príncipe azul tiene que ser un coñazo. Todo el tiempo de azul. Qué aburrido. Y ella me dice que nadie se muere por nadie. Que lo que hay que hacer es vivir. Sacar un billete al quinto coño y ver el mundo. Y comer galletas. Las que quieras. Total, yo ya estoy gorda. ¿Y has visto tú una gorda en un balcón tirando las trenzas para que suba un Romeo? Pues eso. Y yo no me imagino sin comer galletas, la verdad, me dice. Hablamos de que ir al cine solo por ejemplo es, bueno, la gente te mira, tú estás allí en la cola y, te miran raro. Así que por eso se inventaron a la chica de la falda plisada y la cola de caballo en el pelo y ese gran lazo azul. Para que un amor romántico sea la hostia le tienes que decir a Cindy, por ejemplo, que es la más bonita del mundo, que caga flores, y que aunque te marees hasta en la bañera, cruzarías un océano por ella. Y ella tiene que ponerse de puntillas cuando te bese la primera vez. Y ya está. Seguro que hoy cenas perdices. Hablamos de lo bien que se está así calentito, bajo un nórdico del Ikea, hablando tonterías a estas horas. Si alguna vez me llamas Cindy, te meto con la tapa de la exprés, me dice. Yo le puse un nombre de verdura. Hace tiempo. Y ella usa un diminutivo para cuando me quiere, y mi nombre completo y el primer apellido para cuando no me quiere. Cuando me quiere hace cosas por mí que nunca haría nadie. Dice que me las merezco. Y cuando me llama por el nombre y apellido no para hasta que no tengo las tripas colgando por fuera entre las manos como un cesto de ropa sucia, o un pez que se resbala. A mí me gusta así. A ella, no lo sé, tendría que preguntarle:

“-Cari...

-Quéeeeeeee...”

Eso es que le encanta.