26 de diciembre de 2010

La hoz




La Tirana había sido un barco tan bonito,
que hasta muerto le caían de las velas,
flores de cerezo.

Volvió de la ultratumba el jueves a las cuatro y veinticinco de la tarde:
como siempre.

Tenía un alambique de ostras y turbantes de coral en botavara.
El foque roto, truncado, muerto.
La mayor raída por las olas del infierno y en en el puente,
la mitad del timón llorando esquirlas.

No la trajo a Ella.

Durante diez minutos tuvo flote.
Varaba en el poniente.
Se mecía.

Luego se hundió como los jueves, como todos.
Haciendo burbujitas,
de champán,
en el centro del océano.

Busca Tirana,
Tirana bonita de velas de cerezo.

22 de diciembre de 2010

Devil


La Tere era una vaca, pelirroja y con la voz de un cabrero.
Andaba como un mono.
Fea de cojones.
Desagradable.
Daban ganas de darle una patada en la boca.

Yo perdona pero, la belleza interior
me la paso por los huevos.

O sea: que no te quiero.
Te ultilizo.
Como a la Tere en los lavabos del colegio.

21 de diciembre de 2010

1041


Tenía un radiocasete marca su puta madre, donde escuchaba a Jean Michel Jarre y otras chorradas, mientras me hacía unos porros muy gordos, de una grifa muy buena que me pasaba el moro del piso de abajo. A veces, también subía lentejas.
Se sentaba en el sofá y me ponía la cabeza como un trompo, hablándome de todas las putas a las que se había tirado y todos los barcos en los que había naufragado y todas las veces que había intentado volver a Marruecos a ver a su madre, que era viuda, y a su hermana, que era muy hermosa.

A veces encontraba a Alan- un estudiante colombiano que vivía en Nueva York y estaba haciendo un máster en España-, sentado en el sofá viendo basket, porque en su habitación no tenía tele, y porque el basket le encantaba. Tal vez, aquél sofá fuera un sofá mágico, donde a la gente le entraban ganas de sentarse sin saber por qué. O porque era mío. Como mi puerta. Siempre abierta.
Alan era muy guapo y sabía bailar cumbia.

Tina era una gran sonrisa. Una sonrisa descalza que entraba y se me tiraba encima como un pequeño mono Tailandés, aunque en realidad, era filipina.
Me contaba que había visto un tipo caminar, tan bien, tan despacio y con esas botas de piel de lagarto pisando suavemente el asfalto, que parecía un arcángel, con una chaqueta de cuero que en la espalda, llevaba la bandera de la revolución francesa y una espada con la punta manchada de sangre. O me contaba los dientes, con sus uñas de gata siamesa, aunque en realidad, seguía siendo filipina.

Subíamos, los días de sol a la terraza a comer sandías y subirnos al techo del ático a tumbarnos sobre el musgo, y mirar el cielo.
Todos, y algunos que venían de otros mundos, como Artero, que era abogado, o Gloria, que era la más zorra de todas las rubias que he conocido, y vivía de calentar pollas y luego pirarse con la pasta.
O tirábamos un mantel de plástico sobre el colchón de la cama y hacíamos una ensalada gigantesca y dos tortillas de patatas y comíamos sobre ella, y nos limpiábamos las manos y la boca con papel del váter, y abríamos botellas de vino que entraban por la puerta en brazos de los que iban llegando.

12 de diciembre de 2010

Cierra los ojos y abre la boca


Pues sí,
quiero mandar tu look arquitectónico a la mierda un rato
y comprarte unas bragas baratas de algodón,
de esas que al lavarlas,
se le van al carajo las flores en el centrifugado.

Y follarte en el cine.
Y no acordarme nunca de qué película hemos visto.
Y reírnos del mundo.

Te me haces viejita.
Tranquila en mi pecho como una mecedora.
Por cierto:
Te he perdonado para siempre.
Para no estar, ¿entiendes?, todo el día con la cara,
de una palmera de huevo.

Y digo yo,
que ahora que eres,
una princesa,
¿por qué no te tumbas desnuda en la cama y llamamos a un Sushi?

8 de diciembre de 2010

Tengo un núcleo tormentoso metido en el culo


Pues claro que también me apetece ponerme delante del presidente Steelman y decirle, mamón, para esto, tú puedes hacerlo. Pero para qué. Si para esta guerra otros vendrán a ponerla de nuevo en marcha. Le meterán un tiro en el cerebro a ese hijoputa y nombrarán otro presidente, otro comité, otras mentiras, que lo mantengan todo en orden.
También claro, podría, ponerme una sotana, e irme a chuparla al fin del mundo, en pos de una tribu que no haya sido corroída por occidente. Y coger la malaria. Y llorar de impotencia cuando cientos de niños se me mueran en los brazos, porque occidente, tiene mala memoria. Y luego rezar. Rezar para que la fe, no me abandone.

Prefiero pensar en Nicollette.

Nicollette en vaqueros andando descalza por la casa.
Nicollette llegando como un barco a mi abrazo.
Nicollette de puntillas.
Nicollette metiéndose mi mano por debajo de las bragas.

Me cago en Steelman.
Me cago en mí.
En occidente.

En todo me cago.

Menos en Nicollette.

Malditas columnas de humo...

7 de diciembre de 2010

Que alguien encienda la luz


Soy muchos.
Los necesito a todos.
A cada uno de ellos,
para mantener esto en orden.
Esto que soy.

Al que te va a meter dos hostias.
Al que coge del suelo una flor.
Al que me clava puñales en la espalda,
y al que defiende su terreno, como un león.
Al que no me cae bien.
Al que se ríe.
Al que llora.
Al que se equivoca.
Al que vuelve a equivocarse.

Soy todos y me falto, aún, seguro, porque a veces,
me quedo sin ninguno.



Feliz Navidad

6 de diciembre de 2010

Peluches


Todo el mundo habla de lo bonitas que son las nubes. Pero nadie se para a mirarlas. Ver cómo cambian de forma, se unen, se dispersan, o cambian de color y llueven. Y si se para, primero mira a los dos lados, a ver si hay alguien, aunque no haya nadie, mira, por si se encuentran a si mismo, ahí, mirando cómo mira las nubes. Como si no pudiera perdonarse algo tan hermoso. Mirar las nubes y olvidarse de que el mundo es una mierda. Ver caballos y nueces y águilas reales en las nubes. Y bajar de las nubes y seguir por la acera sonriendo. Como si el mundo de repente, en vez de una mierda, fuera un lugar por el que aún merece la pena comerse un helado de vainilla. Dar una limosna sin poner cara de asco. Perdonar a alguien. Sentarse encima de la lavadora a fumarse un cigarro, y balancear los pies y acordarse uno de que un día tiene que morirse, si haber hecho los deberes. Y decir: una mierda. Y dar un saltito y poner los pies en el suelo de la cocina y comerse una pera y que todo el zumo
te caiga barbilla abajo. Y luego salir a la calle a perseguir tus sueños. ¿Verdad Klein?

5 de diciembre de 2010

Sprexo


Saltaos la parte teórica de la vida.
Es divertido, cagarse en la letra pequeña.

4 de diciembre de 2010

Mira lo que hago con estas manitas


Me trajeron el sofá y una mesa. El sofá es un sofá cama. La mesa es una mesa.
Parecía tarzán, durmiendo estos días en el suelo. Anoche dormí en alto. A salvo de los escombros y las palas y los alicates y los sacos de cemento. El sofá tiene hasta dos almohaditas-brazos, y no la toalla enrollada en la que estaba recostando la cabeza. Esa puta farola de la ventana es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Se enciende y se apaga cada quince minutos. No se ve un carajo, porque hasta el martes no dan luz en la casa. Pero tengo una farola para mí sólo. Una que se enciende y se apaga cada quince minutos. Así que, cada quince minutos, no me quedan más cojones que enamorarme.
De ti. Todas las veces de ti. Cada quince minutos de ti.

Me he comprado unos zapatos nuevos. Nuevos. Claro. Qué redundancia. Y me duelen. Como tú. Pero me gustan. Como tú. Y me los he puesto. Tengo un callo de puta madre. No me los quiero quitar. Quiero que dejen de dolerme, y se acoplen perfectamente a mi pie hasta que al andar me parezca que estoy levitando. Quiero domarlos. Como a Furia: el caballo negro. Porque son muy bonitos. Los zapatos más bonitos que he tenido en mi vida.
Como tú.
Ese hijoputa de albañil no ha venido hoy a trabajar. Las paredes están igual. Una mierda. En el techo de la cocina, hay gente viviendo. Caras. Y letras raras. No sé. Parecen. Sí, la cocina parece el inframundo.
Hay naranjos en mi calle. Huelen. A naranjo.
Escucho la radio. Cosas. Si la apago se me acaba la vida. O me pongo a hablar sólo contigo. Y luego soplo, a ver si cruza el mar y te enteras.
Me pica la espalda. Cada letra me pica. Pero no me he puesto nada, sólo agua, agua por tu nombre, limpia y fresquita. Pica mucho. Tal vez debí tatuarme algo más corto, enamorarme de, Ana, por ejemplo; Sofía; Rosa...
Tengo que irme. Tomaré café antes del trabajo. Domaré estos zapatos. Lo sé. Y nunca más me dolerás.

2 de diciembre de 2010

La balada de la piedra preciosa


Que eres una puerta y te cierro y te abro y que,
brotas del desierto, amarilla y suave y que,
aprieto mi cara contra tu culo frío y que,
siento palpitar tu corazón bajo tu pecho y que
me pongo nervioso como un niño de quererte.

Si me mandas a tomar por el culo,
volveré.

Era un inciso.

Puede que estemos locos y me encanta
ver cómo crecemos por debajo del asfalto.

Derriba
la última
frontera.

Y entonces comeremos piruletas.
Iremos al cine.
Habrá palomitas. Cocacolas grandes, enormes con pajita.
Tiraremos al suelo los colchones.
Te compraré un helado de vainilla.
Te daré comida de mi boca.
Te llamaré puta, y amor, y loca y sinvergüenza.
Nos dormiremos escuchando la radio.
Y cuando despiertes,
seré yo quien te diga Buenos días princesa,
y me enrede de nuevo en tus trenzas,
como un rayo de abril en las ventanas.

1 de diciembre de 2010

O sea


-No creo que tenga usted la agilidad mental suficiente como para expresarse con cierta claridad durante la conversación, después de inhalar...

-Dilo coño: esta mierda. Es que eres gilipollas de tu culo tío. Si no te caigo bien me lo dices joder, no te quedes mirando con esa cara de asco, so mamón. Y luego, nos tomamos una cervezas. Después de las hostias. Porque a ti lo que te hace falta son dos hostias en la puta boca, que veas tu propia sangre y sepas a qué sabe, que no te enteras. Desabróchate la corbata, despeinate un poco, que parece que te han metido un palo por el culo. ¿Bueno qué?

-Sí, como quiera, sigamos: le decía, que, desde mi punto de vista...

-¿Lo ves? Es que estás amamonado. ¿Para qué coño pones una coma después del qué?

-Yo a usted no le dispongo ni le tramito su vocabulario, y creame, es de un pésimo gusto, y que conste que no lo digo por menospreciar el lenguaje que utiliza, con todas esas, palabras malsonantes y en la práctica carentes de cualquier valor lingüístico, si no por la necedad con que se aferra en ser desagradable.

-Sí coño, perdona, tienes razón. ¿Pero folla o no?

-Lo que hacemos requeriría de un término más basto. En cambio, disculpe si no me extiendo más; pero dudo, bastante, que pudiera discernir la verdadera naturaleza de lo que experimentamos el uno del otro cuando estamos juntos.

-¿Cómo de juntos? ¿Follando?

-¿Podría demostrar un poco más de respeto por alguien a quien ni siquiera conoce? Es una mujer extraordinaria, sinceramente, un diamante, un magnífico y brillante sol que ilumina todo a su paso, inteligente, y de unos modales exquisitos. La excita que le lea en voz alta, creo.

-O sea, que se pone encima. Pues a mí también me encanta que mi tronca se me ponga encima tío, parece una puta diosa, no te imaginas, con el pelo tan negro cayéndole por los hombros, tan negro, y con la boca abierta como un pájaro chico y los ojos cerrados y las tetas apuntando a donde el viento. Y yo toma que toma Ketama y ella tira que tira de la rama, ya sabes, como locos, y cuando me dice que le diga cosas guarras, como asesinos, lo que te digo, coño mira: de anoche(mordisco gordo). Una pasada. Por poco me parte la polla.

29 de noviembre de 2010

Ñus


Bramo -y te asfixias como el pez y las macetas los días de verano-
tu nombre y me derramas
en estas manos grandes,
tus manos de jilguero.

Bramo -y tililas como un haz de luz de vela-
tu nombre y te derrumbas y en mi pecho con los filos de navajas,
de tus pestañas,
me trazas ven y voy.

Hinco en el suelo las pezuñas.
Te elevo.

26 de noviembre de 2010

Escatológicamente tuyo


“Dale otra vez al centrifugado”
El tercer centrifugado en media hora.
La idea fue mía: “Te voy a comer el coño encima de la lavadora”.
Luego le amarré las muñecas a la cabecera de hierro forjado de la cama y le puse la corbata cubriéndole los ojos. Tenía los labios mojados, las piernas abiertas y jadeaba como una perra.
Le metí la polla en la boca hasta los huevos.
Después le metí el dedo en el culo hasta que perdí de vista el anillo.
Y cuando estaba a punto de romperse y suplicar que me la follara, la agarré del culo y la atravesé de una tacada. Le dolió. Salió ardiendo. Casi se muere.
Se corrió cuatro veces, y de postre, me la chupo con las pestañas y le puse las tetas al baño maría.


23 de noviembre de 2010

Y al principio, Dios creó sus ojos


Y fuimos a la feria. De la mano.
Hablamos poco. Seguramente aquel día habíamos alcanzado el nivel siete y no hacía falta. No recuerdo si hacía rato habíamos estado tres horas metidos en la bañera. Seguramente. Sus tetas flotando, tan brillantes, parecían Nautilus. Mi polla emergiendo de las aguas: “Toma”. El chino, llamando al timbre. Me encantan los rollitos de primavera.

Hay gente que se muere y nunca ha visto el mar.
Ella iba a morirse sin que nadie la llevara a una feria, con sus luces de colores y sus farolillos y el ruido de las tómbolas, los puestos de salchichas, el algodón de azúcar, las canciones ñoñas y un tren de la bruja y los niños pasando por delante tuya una y otra vez montados en caballos blancos, o un Ferrari, o Dumbo.

Mirarlo todo como cuando nunca has visto nada. Meternos dentro de las cosas y del suelo y de nosotros y el uno en el otro y dejar que el viento nos cruzara la cara y dejarnos elevar por encima de todo lo que habíamos aprendido hasta ahora, de todo lo que nos habían enseñado, y dar, una nueva importancia a sólo las cosas de este mundo en las que realmente creíamos. Eso hicimos. De la mano.

Vimos los títeres, los chiquillos levantando las cabezas como grullas en las filas de atrás. Me abrazó. Suspiré.
Habíamos cruzado ríos juntos. Bajado a volcanes. Subido a pisos quince para luego tirarnos. Pero nunca habíamos estado en una feria, buscando a Nemo. Había que derribar tres latas. Con un corcho. Tres disparos, un dólar.
Me encantó jugarme la vida, allí, yo tan valiente, disparándole a las latas para que ella se sintiera como la chica de la película de la falda plisada y las coletas.

Mi tren partía al día siguiente.

Me encantó mirarla cuanto quise, mientras se tomaba una cocacola con los pies colgando de un taburete, pensando en sus cosas, sus cosas de mujer, sus cosas de ella, de sólo ella, y haciendo como la que nunca había roto un plato, tan linda, en sus cosas, mientras yo me dejaba engañar por sus ojos de caballo y me mordía la lengua para no decirle todo lo que había visto en la bola de cristal de la gitana.

Busqué una estrella fugaz en el espacio. No se lo dije. Tampoco pasó ninguna.
Después busqué sus labios, y me encontré a mí.

22 de noviembre de 2010

Sentarse en la cabeza, de un alfiler


¡Plop!
Lata de albóndigas.
Cuchara sopera.
¡Clonk clonk clonk clonk clonk!
Fondo de lata de albóndigas.

Cuando te ríes,
se me olvida que eres una hija de puta.

¡Prfffffff!
Pedo.
¡Kiuchssssssssssssssss!
Cigarro.

¿Sabes cariño?: cuando miro las nubes pienso en ti.
Antes sólo miraba las nubes.
Las nubes son tan importantes para mí...
Sin nubes estaría atrapado en este cuerpo, para siempre.

Tap tap tap tap tap tap.
¡Glop!
Última gotita.
¡Fuochsssssssssssssfuochsssssssfuochsssssssssssssss!
Cisterna del váter.
Tap tap tap tap tap tap.

El primer día que te vi la tierra temblaba a tu paso.
Los árboles y las vías de los trenes y los techos de las casas temblaban a tu paso
y el mundo visto desde lejos, daba botes a tu paso, en el espacio.
Todavía, después de tanto tiempo, hay ondas concéntricas flotando en los charcos.

¡Clin clon clin clin clon!
Lluvia en el cristal.
¡Ñiccccccccccccccccc ñic y ñic!
Muelles del colchón.

Y de repente te giras y dices: Te quiero.
Tan bajito.
Tan tibio tu aliento que me acuerdo de porqué,
siempre te perdono.

21 de noviembre de 2010

Al dente


Yo no le hablo a mi vibrador.
¿Tengo cara de idiota?
Todo es perfecto así. Sin ti.

Me he quemado con la plancha el tatuaje de la teta.
Ahora tu nombre es una cicatriz.
No me dolió.

Es todo lo que puedo contestar a tu pregunta.
No he tenido tiempo de echarte de menos.
Ser mujer es, en fin, no lo entenderías.

No.
El martes tampoco puedo.
Inténtalo en otra vida.

Cuando cuelgues,
nadie va a darse un tiro en la boca.
Nunca tuviste tantos huevos.

¿Sigues ahí?
Supongo que sigues ahí.
¿Son saladas, verdad?

19 de noviembre de 2010

Crónicas de un tipo cualquiera: Aterrizaje forzozo.


Mi llegada a Berlín fue desastrosa, triste, y fría. Fría del carajo. De repente, le decía adiós con la mano a un camionero turco que acababa de dejarme cerca de la estación, mientras con la otra mano, sostenía un bocadillo de salami que el mismo camionero me había regalado para que comiera al menos, aquella noche. Estaba hecho una mierda y no tenía ni un duro. Las últimas monedas, me las había gastado el día anterior en el norte de Francia, emborrachando al turco, en agradecimiento a que se hubiera ofrecido a llevarme hasta donde pudiera, en su viaje desde el sur de Portugal. Y pudo hasta un banco en el andén de aquella madrugada cubierta de niebla, donde los faros de los coches, paracían fantasmas.
Me quedé allí, parado, en mitad de ningún sitio bajo las putas estrellas, mientras el turco seguía su camino hasta la zona industrial, donde llegaría con seis hora de retraso para descargar treinta toneladas de naranjas, por culpa de un temporal cerca de Andorra.

No tenía ni puta idea de dónde iba a dormir, y la verdad, me importaba dos cojones, estaba demasiado ocupado en asegurarme de haber llegado lo suficientemente lejos, como para que cuando reventara en una cantidad asquerosa de pedazos, todo el mundo se hubiera olvidado de mi nombre.

18 de noviembre de 2010

Y la vida ya no


Hablamos. No sé de qué. No quiero saberlo.
Ella tiene dentro brasas encendidas, y por fuera, parece incandescente:
“Quiero comprar el muelle. Y hacerme platera. O montar un burdel, no sé, con chicas guapas y un par de maromos protegiendo la puerta”.
Y digo yo: “Pues yo voy a morirme con los huevos afeitados”, y dice ella, que se dice genitales, y me miro y yo de eso, no tengo, yo tengo huevos. Afeitados. Por ella. Porque yo por mí no hago casi nada, le digo, y me dice ella, que por mí, se lleva afeitando mucho tiempo y nunca ha dicho nada y yo, le digo que es verdad, que me perdone, que soy un egoísta.

“¿Me amarías si me cayera encima un bidón de ácido?”
“¿Me estás pidiendo una promesa?”, contesto.
Me miro en los bolsillos y no llevo promesas. Pero te amaría, le digo y ella, me pregunta lo de todos los días: ¿Y hoy, por qué me amas?, y le digo, que por las manchas de pizza en su pijama, y lo bien que le sienta estar así, soñando, y despeinada.

16 de noviembre de 2010

Mira debajo de la alfombra


Te vivo a tientas.
Te huelo a besos.
Té verde a trozos.
Te hielo dentro.

Venite al cielo de mi boca y volcame la savia tuya como un río y por dentro
comeme vivo
tragame entero
chupame el hueso y escupilo a una baldosa.

O no.

Pero existo y existes.
Como esas estrellas que han muerto hace millones
y millones
y millones de años.

No eres la chica de mis sueños ¿sabes?
La chica de mis sueños nunca se pondría esos zapatos.
Ni una sirena. Definitivamente.
Ni siquiera te huele el coño a flores, pero ¿sabes?:
creo que daría mi vida por ti.
Tendría que pensarlo.
Supongo que nadie me ha besado como tú.

¿De qué estaba hablando?...ah sí: de ti, de mí...
Entonces no éramos soldados
de esta guerra de amor, si no socios de un negocio a media noche al que llamábamos
“Nosotros”.

Y dejar que la luz nos abrace.

15 de noviembre de 2010

Jugando con las cosas de comer


Pensé que iba a perdonarme siempre. Pero no lo hizo.
Me llamo Mónica y no soy feliz.

Siempre duró hasta el ocho de septiembre de hace cinco años a las siete y media de la tarde. Exactamente.
No recuerdo haber visto a nadie en mi vida tan triste como Othis haciendo la maleta.
No recuerdo a nadie tan cobarde como yo, quieta, sentada a los pies de la cama, sin hacer nada por detenerle.
Las cosas no funcionan así, Mónica. Recuerdo que pensé.
Pero yo era Mónica, la misma que siempre se salía con la suya, la egocéntrica y espiral Mónica; Mónica en tacones; Mónica quiero quiero quiero, Mónica pasando por encima; Mónica callada una semana; Mónica fría; Mónica esquivando, sin duda, los besos más bonitos que iba a darle nadie.

Pasó el tiempo. Sin Othis. Y pasaron las nubes y los trenes, los cumpleaños, los camiones de basura y las canciones en la radio, pasó el café y la mermelada, pasó un viaje a Francia, otro a Noruega, pasó una copa, y luego una botella, paso un hotel en Túnez, la luna, las estrellas, pasaron las brigadas de moscas de un verano en la playa, de una cama en Belén, otra en Bilbao, pasaron un notario y un físico polaco con la polla de un mulo, pasó Birdy, Mateo, el señor cuervo, un tipo oscuro al que había conocido en Alemania y del que nunca supe nada excepto, que le encantaba que lo pusieran a cuatro patas y lo dejaran amarrado a una silla mientras me quitaba la ropa lentamente y él sacaba la lengua y jadeaba y ladraba como un animal hasta que se te abalanzaba encima y te arrancaba la piel a tiras.
Pasó que un día, sin Othis, la vida se había convertido en una mierda.
Que ningún hombre era capaz de soportarme. Tan espiral. Tan Mónica.
Que los besos, se acabaron, y empezaron las lenguas y la carne mojada, solamente, sin el más mínimo atisbo de dulzura, ni paciencia, ni una sola molécula de amor.
Que nadie me abrazó.
Que empecé a morirme.
Que dolía.
Que Mónica dolía.
Sin Othis.
Que tenía los ojos tan azules, que daban ganas de bañarse.

12 de noviembre de 2010

Tercio


Me he cortado las uñas de los pies.
Me he afeitado los huevos.
Usé un desodorante caro.
La colonia que a ella le gusta,
y además,
hoy tengo una sonrisa que te cagas.

Porque la amo.
Y cuando sus dedos como patas de jilgueros me acaricien,
quiero estar suave,
precioso,
y que nada,
interrumpa este silencio que dejamos que nos pase,
sólo a nosotros.

Y dejarnos morir en el intento.
Y amarnos cada poro sin seguir un calendario,
ni atarnos a otra cosa que no sea ,
ahora.
Nuestro siempre.
Al fin y al cabo,
lo único importante de la vida,
está ocurriendo en este instante.

2 de noviembre de 2010

Comuniqueichon


“Sí claro claro” es lo que se dice
cuando no te importa una mierda.
“Yo también”,
cuando es mentira.

La miré por debajo y desde luego no decía Made in Taiwan.
Supuse que era única.
Y un carajo.
Era indescifrable.

Me explico: cuando dijo “carótida izquierda a yugular ñam ñam.
...........................................Jaque mate”,
quiso decir que a partir de la esquina que dobló
yo ya no vivo. Me arrastro.

Por ejemplo.

Y si todo se acaba, ¿por qué tirititraun
.................................me duele todavía arría
.................................pitá-pitá-pitá,
.................................tanto el silencio?





............................... .Este silencio.

¿Por qué,
todo se p
..............................ar
..........t
....e?
Se d
.......e
.........r
...........r
............u
.............m
................b
..................a.

Eco de menos tu voz en la tiniebla+tiniebla+tiniebla.

31 de octubre de 2010

The Groove


Hoy en los charcos de la pista de basket
había hojitas
flotando boca arriba medio muertas, quise,
de repente, abrazar otra vez a mi padre,
estrechar su cabeza,
contra mi pecho,
y aligerarle peso al equipaje
de sus ojos que se iban.

Había un perro meando en un árbol.
Sólo tenía tres patas y su dueño,
lo llamaba Bitter, que llueve, coño, mea ya.
Y había yo, sentado en un banco, hoy, de madera de haya,
y un cigarro mojado cayendo de mis labios
al suelo de alquitrán.

Y de repente me he acordado de las tetas de Alicia.
De los doce años.
De las tormentas de verano debajo de un chaleco los dos juntos
corriendo a los portales.
De su aparato dental.
De cómo su madre, en la merienda, nos untaba
en el pan el tulipán.

Ha sido bonito. Había agua,
Aunque hubiera sido más bonito estando seco.
Menos, no solo, incompleto, se apreciaba,
observando brevemente,
a un tipo haciendo el gilipollas debajo de la lluvia
sin paraguas.

Y de repente, tú,
y que si un cubo por encima de ácido,
era el olvido, y yo, había,
mientras tanto de repente,
robádote un beso de la cara.

Había viento
y de repente,
le pregunté si sabía por qué las cajeras,
de Mercadona,
se pintaban los labios de Red Swing.

29 de octubre de 2010

Very very bad


Lo tiré dentro mientras ella miraba mis botas de piel de lagarto con punteras de plata con sus ojos de miel de niña con coletas. Hizo plop y desapareció hacia el fondo de la taza.
“¿Qué haces?”.
No contesté. Obviamente, mi cerebro, tan temprano y sin afeitar, redujo a una simple mirada lo que en realidad quería decir, nada, no hago nada, que te vas a venir conmigo ahora- no puedo, no puedo, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada-, y te voy a follar como anoche, a cuatro patas, y otro día, te metes a monja.
Que es lo que me estaba contando.
Eres un animal, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta. Una mala bestia. Me duelen el coño y las rodillas. Y no me gusta que me escupan a la cara, decían sus ojos color miel de niña con coletas y falda plisada y en la boca, una piruleta, y en las bragas, lava de volcán.

"Paga y nos vamos"- le corté el paso.

Tenía ojeras. Yo unas ganas terribles de más de aquella cosa que tenía entre las piernas, tan dulce, tan suave, tan nuevo como un juguete el día de reyes.
A monja. Con diecinueve años a monja. Y una mierda, le dije, y cogimos un taxi en la esquina, mientras a su reloj se le llenaban los pulmones de café torrefacto, y a ella, los muslos de un caldo como babas, de caracol.

Grillos


Y hablarte del cielo y sus estrellas y engañarte
señalando planetas que me invento que se llaman
no sé como;
pero suenan bonitos y tú sigues con los ojos las estelas
que dejo en el humo del cigarro,
cuando te muestro una constelación,
mientras mi brazo resbala por tu hombro
y te acerco unos centímetros a mí para hablarte al oído de...,
una galaxia tan lejana, que ni la ves, que entornas los ojos como ascuas,
y me preguntas que por dónde y yo te digo: aquí,
en esta boca mía y tú,
que mía no,
y me muerdes y las velas,
bailan zig zags y una marea,
de luces y de sombras nos recuerdan
lo frágil
que es el amor sin un volumen,
un sabor que ponerle, una cadencia,
un rostro.
Calor.
Y me besas.
Y con tu beso, me hago media vida.

28 de octubre de 2010

Bordado en raso


Si tienes alma,
la buscaré en otra ocasión, ahora,
batállame la polla hasta que rompa a arder
y cállame la lava en que me hundo por tus carnes,
de potra y déjame que amase tu culo como al pan,
mío de cada día.

Más anoches, quiero, contigo flor,
la rosa de mármol de una diosa Diamada,
Efesa y de cabellos trenzados sobre el hombro.

Y yo tierra y tú agua y convertirnos en fango.

Un bastón seguramente, que arrastre por la acera,
un pájaro que cante, pastillas para el calcio,
cartas,
que me mandé cuando era joven,
pero ahora,
salta sobre mí como una fiera,
y cómeme los huesos y todo el mecanismo
que tu hambre disponga a su paso.

Dime cosas guarras con la punta de los dedos,
ponte a ocho patas,
y yo te sembraré de flores blancas la garganta.
Luego iremos a cenar a una hoja de nenúfar,
y me hablarás de Asia, y los campos de refugiados
y tu proyecto Isthar,
convencida de que el mundo sólo pasa un mal trago.
Estás preciosa, te diré.
Tomarás un avión.
Tal vez, no vuelva a verte.

25 de octubre de 2010

Bienvenidos a Crossroad


“Si adivinas lo que tengo en esta mano,
te amaré para siempre”.

¿Qué cabe dentro de una mano pequeña?
Un Mar no, desde luego.
Aunque nunca se sabe.
Con ella no.
¿Y si es un Mar?
¿Una goleta?
¿Ítaca?
Coño, qué estoy diciendo.

A lo sumo, cabe un dedal,
un billete de metro;
una ciruela, una horquilla del pelo;
las llaves del garaje;
arena, un tapón de Coca-cola;
cerillas,
un...
¿y si es un Mar?
¿Un helicóptero?
¿Un rinoceronte?

“Y además, te la chupo”

Piensa tío, piensa...

Lalarí lalará


-¿Y tú qué hiciste?

-Me quité las bragas.

-Sin saber ni su nombre, hala, así, con dos cojones. Sí señor: esa es mi Sonia.

-Te digo que cuando lo veas, lo vas a flipar.

-O sea....no, o sea no. Que estás gilipollas vamos. Que conoces a un tío subiendo el ascensor, y cuando llegas al octavo llevas las bragas por el suelo. Y lo demás ni me lo cuentes. Y has quedado con él a las cinco. Guay. Eres una crack. Yo a tu lado soy una mierda vamos. A mí Manolo se me pone en pelotas en un ascensor y le meto una hostia que alucinas.

-A las cinco y media.

-Lo de que no me lo cuentes era broma. Me lo cuentas.

-No me creerías. Pa qué. Tienes que verlo.

-Y una mierda.

-Vale. Yo te lo cuento. Pero no te lo vas a creer.
Resulta que venía yo del súper y …-diez minutos más tarde-...¿no vas a decir nada?

-¿Em?

-Haces mala cara.

-¿Y en serio te hizo eso?

-Con el dedo gordo.

-Cuéntamelo otra vez.

-Resulta que venía yo del súper y...

24 de octubre de 2010

Al norte, más al norte


Proceso mental de un tipo cualquiera:
“Si le digo, que una mujer,
quedaría de lujo”.

“¿Qué ves cuando me miras?”

Lo ha preguntado porque,
la estaba mirando.
Es obvio;
pero tenía que decirlo.

Inclinación genética al onanismo durante el tal proceso:
“Pero coño,
me gustaría tanto decirle la verdad”

La verdad es que,
a él le gusta ella porque ella es preciosa,
una de esas chicas con algo en la mirada
y un culo de muerte.
Si fuera fea,
la iba a querer su puta madre.

Vista panorámica del individuo:
“Está muy bien eso de, hablar y,
conectar y,
a quién
coño
quiero engañar...
Me van el cuero y las uñas afiladas”.

Redoble de tambores-tipo abre la boca y bla bla bla-:
“Sabes,
veo...”

Y entonces ella le ha besado.
Le ha desatado de toda esa mierda que les une:
“Fóllame”.
De toda esa quimera del amor sin condiciones.
Del mástil donde se fusila a los cobardes:
“Tu y yo, mi vida, somos pájaros”.

22 de octubre de 2010

Mother liquid love


-¿Está muerta?

-No sé. Tócala.

-Tócala tú. ¿Cuántos litros de sangre tiene una mamá?

-No sé. Cuarenta creo. Un montón. Voy por acuarelas.

-¿Para qué?

-La voy a pintar. Le voy a pintar mariposas en la cara. Y los labios con rojo y los ojos con verde y las uñas con rosa y...azul no tengo. Siempre me gastas el azul. Cuando mamá se despierte se lo voy a decir. Que siempre me gastas el azul.

-A lo mejor no se despierta.

-¿Y qué vamos a comer? Yo tengo hambre.

-Podemos llamar a papá.

-¿Qué es un papá?

-¿No te acuerdas?

-No sé. ¿Sabe hacer tartas? ¿Y contar cuentos? Mamá sabe.

-No se mueve. La aguja grande está en la diez y la pequeña en las nueve y no se mueve, y cuando la aguja grande está en las diez y la pequeña en las nueve siempre está poniendo la mesa. Y luego comemos. Y más luego nos pone el pijama y tenemos que lavarnos los dientes.

-¿Si hoy no comemos también tenemos que lavarnos los dientes?


21 de octubre de 2010

No te quedes sola


Nuria tenía un desnivel en el cerebro, y una pelota de pin-pong en cada ojo.
Durante un tiempo Alfredo pudo conservar la casa como estaba- cada mueble en su sitio, cada plato entero, cada camisa sin un agujero de cigarro-, al principio, hasta que a Nuria el brote que le había crecido en la cabeza empezara a comérsela por dentro.
Durante un tiempo, hasta tuvo colgado su diploma de geóloga de un clavo en la pared, y sentados enfrente, él intentaba traerla de vuelta a este mundo contándole las veces en las que habían estado en las tripas de la tierra juntos, buscando respuestas en las piedras, del porqué de las cosas de este mundo y los volcanes y las grandes ensenadas y las grietas del ártico, y en las entrañas, habían escuchado latir el corazón del planeta.
Luego, desde el día en el que Nuria se le paró delante con un montón de heces envueltas en su diploma de geóloga y le dijo “Somos esto. No lo estropees”, la casa, poco a poco, se volvió del revés.
Empezó a oler a tubos abiertos de pastillas y a meado caliente y a comida en el suelo, y a Nuria, tenía que encontrarla sentada en el alfeizar de la ventana. Entonces se acercaba por detrás y suavemente, la agarraba por el vientre y en silencio con los ojos la llamaba amada mía, y ella, escupiéndole a la cara, le contestaba que si tanto la quería, la tirara hacía arriba como una paloma, y la viera alejarse entre las nubes, blanca, como un copo de nieve.
Se orinaba en el suelo, en cualquier parte, tras las puertas, en los cajones, debajo de la cama. Alfredo se había acostumbrado a dormir en un sofá de orejas grandes, porque con ella, se despertaba envuelto en arañazos y con marcas de cigarro en las costillas. Pero dormía cerca, porque a Nuria, los sueños la azotaban y del nervio, se mordía dormida las uñas hasta el hueso, y sangraba las sábanas y tosía blasfemias de saliva negra casi y, de atenazarse, el fémur le crujía y daba miedo verla así, de madrugada, partida en dos como la quilla de un naufragio, rota, opaca, desubicada.
Cuando los rayos se le iban, Alfredo la arropaba, y le sembraba la frente de besos tan pequeños, como cabezas de alfileres.
“¿Aún sigues aquí?”, solía decir Nuria, desde la más absoluta oscuridad.

20 de octubre de 2010

Los ojos azules de Marina


Lo primero que Marina hacía al despertarse era apostar al rojo de sus labios: “Voy a romper la pana”, le decía a su espejo ovalado, de mano, rosa.
“Soy única, lo sé”. Luego sonreía, y el mundo se iluminaba.
Marina tenía diecinueve años, y obesidad mórbida.
Cuando llegó a los ciento treinta y nueve kilos dejó de creer en el amor.
Cuando sus ciento treinta y nueve kilos pasaron a la historia y hubo que reforzar la cama con vigas y el váter con un pie de hormigón y ensanchar la puerta de su habitación veinte centímetros, lo único en lo que realmente creía Marina, era en que a cada segundo de su vida le seguía otro.
Tenía llagas, abiertas como puertas al infierno en las axilas, detrás de las rodillas y en el cuello, o lo que fuera aquello que le unía al cuerpo la cabeza. Tenía los tobillos tan hinchados, que en vez de calcetines, cuando el frío, usaba tiras de papel burbujitas, porque con la estufa, ya habían salido ardiendo los flecos de la colcha, tres veces.
“¿Es esto la vida?”, se preguntó en voz baja, una vez. Y a las cinco semanas de estar dándole vueltas y más vueltas, dijo que sí, se durmió, y al día siguiente llamó a la peluquera para que le hiciera trencitas de esas de colores en el pelo.
Se puso un piercing en la lengua. Un tatuaje en una teta que ponía “Barlovento”, y nadie sabe para qué, se compró un libro en alemán, y metió una rosa dentro.

18 de octubre de 2010

La hostia que me di contra el bordillo


Las paredes de aquel sitio estaban impregnadas de la verdadera condición del alma humana, fuera la que fuera, y lo habían visto todo. Supongo que a aquél lugar siempre lo había apadrinado la penumbra; nunca vi la luz del sol, como si la umbría que caía a chorros desde el techo sobre nosotros, le hubiera crecido desde dentro.
Vi gente allí llorar de risa, fuera de este mundo casi, riendo y mordiendo setas que una japonesa había traído desde Nao-Sen-Gint, una noche, no la recuerdo, riendo como si el mundo fuera acabarse y hubiera que celebrarlo. Libres. Así se veían a través del cristal de las copas y los brindis, unos a otros. Todo era humo, también, y lógicamente, se fumaba cualquier cosa, aunque siempre era bueno, y nunca nadie había estado tan cerca de sí mismo ni de nadie, que entre aquel olor a hierba, sudor y jazz.
Fuera, en la calle, justo en la puerta de al lado, tres putas abrían el negocio sentadas en tres sillas de enea sobre las once de la noche, y cuando los últimos cerrábamos La Petit, aún seguían allí, como tres esfinges, esperando la salida de un sol, que a nosotros, recién paridos a la calle, nos aterraba, como todo lo desconocido.

Vi gente secuestrada en los lavabos por el puto amor. Gente comiéndose la boca con hambres que eran muy muy antiguas. Devorándose. Hombres con hombres y mujeres con mujeres y algunos solos consigo, dejándose caer a precipicios que jamás habrían podido suceder si no entre aquellos azulejos y cisternas y urinarios.

Había, un tipo que, se quedaba dormido a menudo en un rincón del local, y que había decidido, bautizar el resto de su vida con el nombre de una novia, que, era obvio, no era más, desde no parecía hacer demasiado, que una tremenda borrachera de licor 43 tras otra, y unos porros tan enormes que había que ayudarlo a saber quién era a los cinco minutos de encenderlos. Nunca oí su voz. No creo que tuviera nada que decir excepto: mierda.

...contemplando aquel tamborileo de pies, como absorto, imantado: manadas y manadas de pies, al compás que marcaba un saxofonista senegalés alto como un ciprés y con una magníficas manos que parecían hechas de un mineral brillante y duro, y que se movían como murciélagos a lo largo del metal hasta que de allí le brotaban los bemoles y las corcheas como insectos pequeños y fructíferos, y se le metían a uno por debajo de las uñas hasta dentro y hasta el fondo. Y te lamía, y te hacía sentir alguien, por algunos momentos.

15 de octubre de 2010

Pa haberse matao


Esrou escribiernfo con los odoas veffasdpds.

Y ahora estoy escribiendo con los ojos abiertos.

No hace falta que busques, la siete diferencias,
joder.

Con los ojos cerrados, te veo; pero ¿eres tú?
o eres alfoi ue imagiubino.
Da igual.
Te veo.

Con los ojos abiertos,
Matias Prat está diciendo que han muerto,
veintinueve personas en Iraq.

Qué importa, si todo esto que veo ya no existe,
ya sabes,
una casita blanca, ropa en el suelo,
tus, zapatos
donde abiertos, sólo veo un hormiguero.

Abiertos, los espejos, son borrachos que escupen la verdad;
la ciudad, una furcia que prefiere que le den por detrás
a que la besen; los charcos,
agua sucia reflejando las luces de los taxis;
y el callejón donde rompimos lo que fuimos,
-sí claro, en mil pedazos, cuántos si no -
un ataúd mal alumbrado donde
van a morir las ratas, de esta puta ciudad.

Cerrados la cosecha,
de abrazos tú y yo sobre las sábanas, praderas,
de nuestra piel cortada como hierba y la ventana,
respirando jazmines, cerrados una dalia,
creciéndote en las manos para mí.

Abiertos la certeza,
de que a mis salmos y oraciones y blasfemias y mis súplicas,
sólo contestan los felinos,
y la vecina del ático:
“Olvídala, a ver si se puede dormir en este barrio, coño, ya”.

13 de octubre de 2010

El efecto Faraday


Miraba la delgada línea divisoria-el pelo al viento-,
entre la atmósfera,
y toda ese agua.

Montó una barricada a sus espaldas,
de arena, conchas marinas y al pretérito,
sentada con los pies colgando del embarcadero,
lo puso a macerar a fuego lento:
“Devuélveme los trozos que me faltan”.

Alguien de azul, balanceándose,
en los acordes de la espuma y de las
gotas microscópicas, la sal, los rizos que del mar,
rompen al precipicio de la orilla.
Azul y con la piel dispuesta y rota, a la intemperie.
De quien quiera que fuese que quisiera,
desanclarla,
subirla y bajarla de las olas,
y si era temible, como él,
inventarla otra vez de madrugada,
más azul que nunca y más calmada,
más plácida, feliz y sosegada,
más sin miedo a los hombres, los perros, los insectos,
más entre los brazos de otro alguien que sin ella, como él,
fuera alguien,
alguien como un viento que del pelo la ondeara.

Llegó el ocaso, la tiniebla y el frío
-“¿Quién me pondrá un jersey de lana ahora como él?”-,
la atmósfera, se unió con la marea,
y en un largo e idílico abanico de colores,
le dio un beso de muerte y desamparo y oscuro como un faro,
sin luces ni cristales ni conciencia de que una vez fue faro.
Llegaron las luciérnagas casiopes, la Osa, las esfinges,
de Acuarius y Orión,
y tras la calma: la tormenta.
Los rayos centrífugos del tiempo que pasaba y el eco,
del eco del eco,
llamándola a la puerta de sus ganas:
“Todas las grietas de mis labios, son culpa tuya”

Y caminó bajo el ruido del motor de los aviones que pasaban,
y los coches.
Y llegó a casa.
Y se encerró en el interior de una tetera,
a escuchar como el poniente le traía,
desde lejos su voz de mercader:
“Si me robas un beso,
con la lengua,
te hago un laberinto en ca-da vér-te-bra,
la inicial de tu nombre con saliva
en esa branquia tuya tú, en esa orquídea,
un beso,
y descubro el telón que te recubre,
hasta que de los huesos, tu zumo caiga al suelo,
y todo esto se inunde”.

11 de octubre de 2010

Ya te digo...


Miro las putas nubes.
Me pregunto por qué coño tengo que sentir algo mirando las putas nubes.
Tengo frío.
No he comido nada en todo el día,
y seguramente llueva
mientras regreso del trabajo a casa en bicicleta
por un carril de mierda plagado de,
matojos,
y coches,
mal aparcados o,
peatones
que invaden mi camino.

Pero me gustan las nubes.
Me sale de los huevos,
no tengo,
otro motivo.

Hay un tío
parado en la rotonda.
Quieto, el cabrón,
en mitad de la noche.
Mirando al suelo como si
lo hubiera perdido absolutamente todo.

Un kilómetro delante,
una niña arrastra un microondas,
del cable,
por el paso de cebra
hasta la otra orilla de la calle.

Y luego las he visto.
Cogidas de la mano.
Riendo.
No tendrán ni los quince,
y ya son heroínas que se besan,
mientras esperan el semáforo.
Una es pequeña como un pétalo.
La otra, lleva unas botas altas de Milano,
muy altas y,
un reloj enorme en la muñeca izquierda.

Ha sido hermoso.

Llueve.
Lo sabía.

8 de octubre de 2010

Y una barba de tres días


Rocío es maricón, así, con dos cojones. Lleva el pelo recogido atrás en una cola de caballo, tan tirante, que le borra las arrugas de la frente, y sólo se lo suelta, para imitar a la Jurado en el segundo pase del S'palas, una sala de fiestas de un polígono industrial donde lo mismo para un camionero, el presidente de la comunidad del barrio Los Mercheles, o el cura de la ermita de Arosana, con monaguillo incluido colgándole del brazo.
Rocío también cose. Para la calle. Fundas de almohadas; cojines; bajos de faldas, pantalones y ropa camilla; cortinas, y un largo etc de te cobro lo que vale, ni más, ni menos.
Si a Rocío le hablas de la Virgen del Carmen, se ilumina como una lamparita, si le hablas mal, la voz le cambia y desde el fondo de una cueva te lo advierte: “Si tienes huevos, dilo otra vez”.
Tiene la casa que da gloria, de cuadros y estampitas y postales, de la del Carmen y de otras, de San Benitos, de Fray escobas...

“¡Ay!”, la escucho suspirar mientras cuelga en el balcón de un clavo, una jaula con pájaro amarillo.

Rocío tiene tetas. “Ven, mira, toca”, me dijo un día. Y le puse una teta, sin querer, debajo del sobaco: “Son calcetines, que las de silicona, me las están haciendo todavía”.
Lo que pasa es que a Rocío le dan miedo los quirófanos. Tiene una raja desde el tórax al ombligo, de al menos tres centímetros de ancho. De cuando casi que se muere. Y otra en la cabeza, de una botella, de cuando casi que la matan.
Que la calle es muy perra. De eso. Porque antes Rocío, cuando era más joven, hacía la calle de nueve de la noche a seis de la mañana.
A Rocío le gustan los morenos. Y si llevan corbata, la lengua se la pasa Rocío por los labios y los ojos le hacen chirivitas y la escuchas decir, del todo ida, que vaya mamazo que le daba, que un hombre así, qué golfo, ay virgencita, quiero yo para mí, que me lleve a la playa y me abra la puerta del coche y me invite a comer gambas sentada en la mejor mesa de un restaurante con carta de bordes dorados y manteles de cuadritos verdes y blancos, qué guapo, qué perfil, qué polla que tiene que tener, con esas manos, mira qué manos, que parecen, llaves inglesas de máquinas de barco.

A Rocío, cuando llora, el rimel le llega a los tacones.
La gente, qué mala es, va diciendo algunas veces calle abajo.
Y cuando ríe, le brilla el diente de oro que le regaló un señor francés que hasta quería casarse con ella, y todo: “No me imagino yo, de señora de nadie, con esta cara”. Y lo mandó a tomar por culo, porque, si le hubiera dicho la ilusión que le hacía dormir en una cama con sábanas de raso y junto a un hombre que olía a limpio y se afeitaba con espuma de sales perfumadas, le hubiera hecho más daño, seguramente.

“¡Ay!, la escucho suspirar subiendo la escalera, descalza, con los tacones en la mano.

7 de octubre de 2010

Cal viva


Cuando era pequeño, todo, me parecía muy grande.
El día que estaba sentado con mi hermana en el bordillo de la acera, por ejemplo, frente al portal de la casa de vecinos, y pasaron los caballos que iban a la feria. Qué hermosos animales, qué bestias mitológicas de largas y esbeltas cabelleras y lomos tan brillantes como un charco de vino, qué sonido el de los cascos, sobre el asfalto, qué ojos, tan redondos como bolas de billar.
Y de los cables de la luz, colgando, los paracaidistas de plástico que compraba en el quiosco de Doña Merche, con el dinero que la abuela nos daba de un bolsillo de su delantal. Los tiraba tal alto hacia arriba, que terminaban enredándose en lo que a mí, me parecía la frontera entre este mundo, y el cielo.
Un día, le vi la polla a mi padre, porque a veces llovía, y como había que salir al patio para ir al único baño de la vecindad, mi padre meaba en un cubo que luego dejaba detrás de la puerta. Me pareció enorme, como un tronco, del que salía un chorro que hacía mucho ruido de tejados sobre el zinc de aquel cacharro que olía a cerveza y amoniaco.
Hasta el amor me parecía grande.
Manolita y Sebastián se hablaban a las seis de la tarde de todos los domingos por una ventana con reja pintada de verde carruaje. Se cogían la mano, se daban besitos, y cuando se encendían las farolas de la calle Pastora, a Manolita, se la tragaba la penumbra de una bombilla moribunda en la salita, y Sebastián, se abrochaba el cuello de la pelliza, y se iba calle abajo a coger el autobús a su pueblo, que estaba a siete horas de viaje.

La tapia del colegio de las niñas; las moscas a la hora de la siesta; las manos de mi profe de mates, cruzándome la cara; el cajón del altillo, donde mi padre guardaba fotos guarras y almanaques, con mujeres desnudas y revistas de Alemania...todo era grande.
La luna era grande y me seguía a todas partes. El Mar era un planeta desbocado, con orillas cuajadas de sombrillas y señoras con pamelas y niños con pelotas y castillos de arena, un planeta dos horas cerrado para hacer la digestión, de una tortilla de patatas también grande, como la rueda de un camión.

Tenía dos pistolas y una placa de sheriff, un sombrero de fieltro y una cartuchera hasta las trancas, de balas, que rebotaban en el culo de mis primos y se perdían debajo del sofá. Tenía un tío materno con bigote y el pelo cortado a lo yeyé, como los Beatles, y que tenía un Austin-Morris color rojo, con un radiocasette de ocho pistas. Tenía un libro gordo, que un vendedor de enciclopedias, había olvidado venir a recoger porque en mi casa, sólo se leían las facturas y las cartas que mi tía Dolores, que vivía en Barcelona y trabajaba enlatando aceitunas, mandaba por navidad. Un libro con dibujos de secuoyas, dinosaurios y tigres de dientes de sable, con fotos de Mercurio y las Ganímedes, y un montón de letras, muy bonitas. Tenía una bolsa repleta de canicas, que llevaba colgando, del cinturón; tenía unos zapatos con las suelas, tan gordas, que si pisaba un charco, flotaba como un barco.

6 de octubre de 2010

Estirpes


En el barrio, si no te hacías respetar, a lo veinte, estabas muerto.
Los del Sapo lo sabían, y habían decidido vivir mucho, mucho tiempo.
Solían salir de las esquinas, siendo aún niños, y preguntarte, que si pellizco, o pinchazo.
Eso quería decir, que podías elegir entre que te sacaran un trozo de carne con unos alicates, o te clavaran en el muslo doce centímetros de destornillador de punta plana.
Casi todo el mundo elegía lo primero, porque si te daban en el hueso con toda aquella herrumbre, te quedabas cojo para toda la vida, y dicen, que al Paquito, le desinflaron un huevo porque estaba muy oscuro y a los del Sapo se les fue el santo al cielo.
A los quince, los del Sapo, te cosían a balazos en medio de la calle.

Los del Sapo tenían una hermana: la Lucía.
La Lucía era una estrella que brillaba día y noche entre toda aquella mierda.
Era bonita como ella sola, y nunca te miraba a los ojos.

“Mi hermana dice que le gustas para novio”, me dijo el Sapo, el Antonio, el más Sapo de todos, y yo, le dije que si no la conocía, que yo era esto, que era lo otro, y que la Lucía, que era una mujer de las de antes, seguro que se merecía, otra cosa, más grande, que era una Sapo, coño, no cualquier cosa, Antonio, le dije, por tu padre, y Antonio, por su padre, me juró que si no me espabilaba, le llevaba mis huevos a su hermana, en una bolsa.
A los seis meses la Lucía y yo, estábamos casados. Fue un noviazgo tan corto, porque a la madre de la niña, que era una culebra, le dio por cogerme ojeriza y ponerme velas negras a ver si me moría. Y la Lucía, una noche en el hueco de la escalera, a oscuras casi y con las bragas en los tobillos, me dijo que o la dejaba preñada o su madre me echaba un día de estos veneno en la comida.

4 de octubre de 2010

Acústica de un río subterráneo


Si coges tu vida por los huevos,
y los aprietas,
se le saltan las lágrimas.

Soy víscera.
Aunque miro al cielo. A veces.
Al cielo no le importo nada.
El hombre es un insulto para el hombre.
Ni siquiera cerca, podría respirar.
No hay oxigeno.
Moriría de frío.
Soy víscera. Nada importante.
Pero sueño.

Y he decidido que dios no es más que una invención,
del miedo de los hombres a ser tan sólo víscera.
Y que la soledad, si se te pega a la piel como la lluvia,
es la más fiel de todas tus amantes.
Que es humano mentir. Y necesario.
Que existen los espejos.
Y la posibilidad, de hacer algo,
no siempre.

La vida tiene tetas.
Nunca lo hubiera imaginado.

Sueño que,
moriré en una cama con sábanas de lino,
sábanas blancas y planchadas,
rodeado de, seres humanos
que pasaron un minuto por mi vida, acaso.
Que me traen bombones.
Rellenos.
De un licor exquisito que se me pegue al paladar.
Sueño que,
por la ventana,
el cielo me sonríe al menos, una vez,
y me pregunta, si hoy me duele, menos
toda esta tubería en la que me he convertido.
Huelo a cobre.
Tengo llagas.
Los médicos, hablan en voz baja.

No quiero morir en esta cama.

Torsión de una brizna de heno


Aca60 d3 tra9arm3 un 9usan0.
3s7a6a d3n7ro d3 un m310c070n.
S010 3s carn3.

(A:Si aún no ha entendido nada, cómase un gusano.
B: Puede que no haya nada que entender.
C: Le importa una mierda.)

Hablemos entonces del amor.
De bonitas historias ilustradas,
con hermosos dibujitos a color:
“-Me haces daño, para...”

Nadie para.
Para qué.
El amor te arrastra.

Busco con la lengua restos de comida entre sus dientes.

3 de octubre de 2010

Precisamente estaba observando esa posibilidad


Mi madre nunca me abraza.
Nunca abraza a nadie.
No parece una madre.
No tengo que esperar que muera,
para echarla de menos.

¿No tienes a veces la sensación de que
serías capaz de sacarle a alguien los ojos,
por conseguir lo que quieres?

Yo quiero un jardín que mire al Mar y un árbol que dé sombra,
y quiero,
sentarme en zapatillas a tomarme un café en la cocina y,
ver por la ventana como el mundo gira y gira sin mí.

No tendría un gato.
No necesito un gato.

Mi madre hace cosas, sí.
Por ella.
Lamento, no ser perfecta.
Pero no soy mi madre.

Me encanta este silencio...
Yo y mis sueños.
Supongo que es justo que quiera ser feliz.
A pesar de,
en fin,
no voy a enumerar zonas en conflicto.
Todo el mundo sabe cómo es por dentro.

Ni teléfono.
Tampoco lo necesito.

Sí.
Claro que estoy viva.
Eso del espejo, tan bonito,
soy yo,
la única persona del mundo,
a la que nunca le mentiría.

1 de octubre de 2010

Y que hagan con nosotros, una bandera


Si una hebra de tu pelo se me enreda en la polla,
me hago un lacito y si, tropiezo con tus dientes
mientras te saco la lengua de su sitio,
te muerdo y te muerdo y te muerdo
y si, te duele y callas, yo también,
y te llevo a embestidas al filo de la cama,
y en ese abismo, te lo digo:
“Canta, puta, canta”.
Y entonces algo se te escapa de la boca,
y atado a un hilo,
se pasea como un globo por la casa,
dejando un eco de nosotros,
colgando de las lámparas.

Tú y yo, mi vida, en medio de este cáncer de planeta.
Tú y yo aún no civilizados. Ajenos a los, spots de Agahta
Ruiz de la Prada o la Wolsvagen,
huidos de la Iglesia y los Senados y los,
grandes almacenes,
tú y yo follando como cerdos como locos como héroes,
mientras un hormiguero de personas toma el bus,
todos los días a una vida, que no quiere.

Cuando el mundo reviente,
ya estaremos lejos.

29 de septiembre de 2010

La lumbre


Fóllame a la boca que me bordas.
Lámeme al oído que me amas.
Préndeme de turbias intenciones,
se un eco,
que me lamine la cordura en finísimas estampas,
con los bordes dorados.

Soy tan tuya que me vivo en tu recuerdo,
y de él, me desayuno mañanas con pamela
y olor a tierra destetada,
por todos estos pájaros que rondan mi cabeza,
y de él ceno,
y donde fuera que fuese que exista sólo un hálito,
uno solo,
de todo lo que fuimos,
de eso me alimento.

Mi amante plateado,
mi ridículo cachorro de hombrecito...y otras,
mi héroe, mi titán,
mi loco bucanero.

Sin ti, no soy la misma, que yo, soy otra, y puede,
ocurrirme la vida, pero,
si no me ocurro yo,
la vida, si me pasa,
es por encima.

¿Dónde estás?
¿Hace frío?

Y dicen que la vida continúa;
pero no cómo;
ni por qué, nadie más va a traerme ciruelas en la boca.
Ni a tañirme una campana en el ombligo.
Ni a ponerme a cuatro patas ni a,
deleitarse,
hundirse en mi como una daga
y abrirme las puertas del infierno,
y que una flama azul nos devorara,
la costra y los insectos.
Hasta que sólo quedáramos nosotros,
pastando fuego,
el uno,
del otro.

A veces, ¿sabes?, mi corcel,
me nublo tanto,
que tiento la suerte de cruzar los semáforos,
con los ojos cerrados,
supongo,
que estadísticamente,
la probabilidad de ser feliz,
o atropellada por el bus cuarenta y siete,
es la misma.
A veces me pregunto si, como sin ti yo ya soy otra,
ya no me quiero.

Conocí a un chico, creo que Carlos,
no lo sé.
Me besó.
Yo a él no.

¿Qué me haces que de noche, me despierto, me desamparo y fumo,
y si no fumo,
me desamparo,
me tuerzo?
Daría lo que fuera por atar,
nos,
a un centímetro cúbico de antes,
de cuando olías a venirte a vivirme entre las tetas,
y en las manos te crecían champiñones,
y en la lengua una culebra con los ojos
pintados de azucena,
que me decía ven, que si me vienes,
te doy esto.
Y te iba.
Y te llegaba.
Y yo era el agua.
Y tú la llama de una vela en la bahía.

Oink oink.
Eso me hacías.
Cuack cuack.
Eso te daba.

Me acuesto en un glacial con almohada,
y me derrumbo a cientos de kilómetros de todo.
No se me apagan las ganas de soñar,
que estás detrás de las cortinas.

A la flor de mi solapa

27 de septiembre de 2010

U


Creo que la vida es un compendio. Creo.
A cierta edad, es lo que queda.
Coño, le doy con el dedito al cazo de la sopa,
y el cazo de la sopa, se balancea en el aire.
El aire.
Pasa una mosca, la miro, de reojo.
El aire.
¿Me gustan las trompetas?
Sí. Me gustan.

Creo también que la muerte,
no es más que parte de la vida,
y que el dolor, va de regalo. Así es la vida,
una mala puta.

Porque hay putas buenas.
Como hay gatos y personas y carritos de la compra.

Pienso en hojas secas.
Las estrujo con la mano.

Subo al bus.
Las grúas han tomado la ciudad.
Parecen, enormes pájaros comiendo del suelo.

Hojas secas, y pienso, tranquilo,
hagas lo que hagas, sé un río.
Miro a mi alrededor, y veo, un rastafari
y veo, símbolos extraños en las espaldas de las sillas
y el bus, se mueve como un barco y
realmente,
todo está en su sitio.

23 de septiembre de 2010

La vida centímetro a centímetro


-Te prometo que voy a cambiar Matilde.

-Estás llegando a casa otra vez borracho un día sí y dos también Ricardo. Y la vida no es así.

-Te lo juro por mi padre Matilde.

-Tú no te hablabas con tu padre.

-Pero le quería, coño, era mi padre.

-¿Como me quieres a mí?

-Matilde, mira, yo sé que todo esto que nos pasa es una mierda, joder, que si el trabajo, que si los niños...yo...

-Que te pasa a ti, porque a mí lo único que me pasa eres tú. Los niños y yo podemos vivir sin algunas cosas. Durante un tiempo. Porque podemos levantarnos. Por eso.
Pero sin ti, podemos estar siempre si queremos. Te dije que esta vez sería la última.

-Sí...tienes...tienes razón, no lo estoy haciendo muy bien, yo, yo qué sé, mírame joder, voy hecho una mierda. Me habré caído cuatro veces por el camino.

-¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Que tengo razón?
Detrás de esa puerta está tu hija. Ve y díselo a ella. Que tengo razón. Que no te merecemos tanto la pena como para que hagas algo por nosotros. Díselo: “Hija, prefiero ser un trozo de mierda que dar la cara por vosotros”. Y a Marco, lo mismo; pero a Marco no lo mires a los ojos, porque de allí no sales, y no quiero sacarte a pedazos ni que los vecinos me vean bajarte por la escalera con esa camisa.
Ven aquí.
Te voy a meter debajo de la ducha. Y después te vas acostar. Estoy muy cansada y mañana tenemos que hacer muchas cosas.

-¿Cosas, qué cosas Matilde?

-Te voy a enseñar a ser un hombre.

Partículas de nos en suspensión


Como llevan a puerto los faros de la mano
a los barcos condenados al olvido,
así me enhebra ella al noray de su cabello como el trigo,
y con susurros, con filamentos de palabras
que cruzan como espadas,
el aire:
“Quítame las bragas con los dientes...”,
como dagas:
“..hazme cosas...cosas malas...”,
como flechas:
“...y no preguntes nada”.

Alguna vez fuimos minerales.
Vivimos en la tierra y dentro de la tierra y con la tierra.
A veces, abrimos la ventana y miramos el cielo juntos,
y en silencio.
A veces, ni siquiera el silencio sabe que estamos ahí.

20 de septiembre de 2010

La humedad de los manglares


El cielo de la boca, me sabe a piña.
Los párpados por dentro son naranjas.
Escucho, los rebaños de agua,
bajando de las nubes, gota a gota.

La llamaba Obsidiana por las sombras,
que había en sus ojos con nidos de serpientes.
Por el hábito feroz con que me ataba
la boca con saliva,
la llamaba a la guerra conmigo,
a una batalla en los dinteles de las puertas,
de besos,
a dejarse la piel entre las flores,
de un nórdico de plumas de oca.

Me hablaba de Petronio lo mismo que de Cuba,
citaba,
textualmente a los Corintios,
seguramente,
se refería a L'amontaine,
o Brükker,
si usaba símbolos tan étnicos,
y sus manos se agitaban en el aire.
Era lista.
Inteligente.
Creo que única en su especie,
y tenía,
las tetas más grandes que he visto en mi vida.

...patinábamos,
sobre cubitos de hielo, y otras,
nos tirábamos vajillas enteras a la cara.
Era estar vivo.
Era luego la sabia decisión de condenarnos,
a tocarnos por debajo de la ropa y a dejar,
los platos sin fregar en el lavabo.
Aún no ardía París.
Había amapolas, flotando en el estanque y en la casa,
olía a teja.
Puede que fuéramos felices.

Más tarde, otrora, pufffff,
ya era nunca, good bye, hasta la vista, que te den,
y las maletas,
llamando al ascensor,
el silencio tras la puerta,
un zumbido en los oídos,
los pies juntos, la nariz,
mojada y los charcos en el suelo y el tributo,
que había que pagarle a la ventura,
por hablar en voz alta mientras duermes, de princesas.

“No soy un clavo”
Cerró, y cuatro pisos más abajo,
desapareció en una pradera de paraguas.
Nunca la quise.
Tampoco se lo dije.

8 de septiembre de 2010

Insectos


Me he quedado encerrado
en el ascensor con Paula.
Quiero follarme a Paula.
Automáticamente.

Un día le pregunté a un tipo,
“¿y en qué trabajas?”, y me dice:
“Entierro muertos”.
No los vas a enterrar vivos, razoné.

Pues eso.
Que Paula es que está buenísima,
y no se puede pensar en otra cosa.
Paula es muy divertida. Está en la sexta planta.
Tiene un despacho.
Dos hijos.
un máster, colgado en la pared.

“Espero que venga pronto la electricidad”
Dice.
“Yo no”, elucubro.
Yo lo que quiero es que te quites las bragas Paula.
Que te me subas encima y me hagas cosas guarras.
Y correrme en tu boca,
y que te lo tragues, discurro,
y te limpies con el dorso de la mano y te arregles el pelo,
y se te quede cara de gusto y salgas de aquí,
guapísima, con los labios hinchados, reflexiono,
y los pezones como dardos.

“Tiuuuuuuuussss”
A la mierda los planes.
La luz.
Otra vez será.
La quinta. Me bajo aquí.

Oye Paula, le digo,
a ver
si algún día, tomamos café.

6 de septiembre de 2010

Psique de una pinza de la ropa color fuccia


Coges lápiz y papel, preparas un té,
y crees que vas a contarle al mundo algo importante,
cuando en realidad,
estás más sólo que una mierda.

Miras las hojas de los árboles caer caer y crees,
que todo es perfecto, así,
a cámara lenta,
hasta el culo de porros,
y chicles de menta.

Fuera en el mundo,
el Euribor, hace estragos.
No cabe un alfiler en la planta de oncología.
Un día, Terminator, será presidente.
Esto se va al carajo.
Sin ti poeta.
Deberías levantarte de esa silla,
y venir a brindar por lo que queda.

4 de septiembre de 2010

Imaginarium


Que el esfínter se laxa,
se abre como un estuario,
y un abanico
de flores le sale por la boca,
mientras presagia en la nuca que detrás del aliento,
viene un circo de arañas con las manos,
y un río de lava por la espalda,
y la electricidad.

Tras,
me bienviene a sus senos oportunos,
a cambio de que un hilo de mi voz,
parezca en plena noche la cola de un cometa,
titulándola fuente de mi Esmirna,
capitel jónico,
flama, pequeña omnívora.

1 de septiembre de 2010

Cool man


Los tipos como yo no deberían existir Puffy
-ni siquiera sé por qué le he puesto Puffy al puto perro-.
Mírame, voy pidiendo tabaco por la calle,
y me importa una mierda si un niño tropieza,
y se da con el suelo en la boca,
la verdad,
es que en lo único que me fijo,
es en el culo de la madre.

Me echo de menos, no creas.
Antes de que la vida me pasara como un tren por encima,
pintaba piedras y hacía casitas para pájaros;
iba al cine,
me duchaba. Más a menudo.

Aquí Puffy, quieto.
Esta esquina es buena.
Nadie deja caer al suelo
menos de cincuenta centavos.

30 de agosto de 2010

Que no, coño, que eso no es mío


-Que te pires.

-Podrías ser más educado.

-Prefiero ser rápido: ya estás tardando.

A la mierda.

Era el amor. Con la calor que hace.
Lo hemos discutido y bueno, en fin, se pone muy pesado, y me toca las pelotas y me pierdo. Y nada más he abierto la puerta lo he mandado al carajo.
El amor lleva siempre una carpeta de Pucca hasta la puta bola de papeles. Y va y me saca el almanaque de febrero. Vaya pelirroja. Y yo ni caso.
Y entonces me pregunta lo de siempre, que yo qué quiero, que así, no hay quien trabaje.
Es bajito el amor. Uno cincuenta. Dan ganas de darle una hostia y ponerlo a dar vueltas como un trompo.
Ganas dan.
Es que me duele la boca de decirle, que yo no quiero nada,que eso no es mío, joder, si yo estaba viendo House en el salón.
“Es que yo tengo que venir, oiga”, me dice.
Bajito y pesa por lo menos trescientas toneladas. No hay quien lo mueva de la puerta hasta que no me deja en el pasillo el paquetito.
Y yo voy y le firmo el albarán. A ver. Es que siempre pasa lo mismo. No sé. Lo lían a uno. Y luego para desliarte te tienes que morir seis veces. Pero eso no te lo descuentan. Ni te dan vales regalo ni nada. Ni un bolígrafo de publicidad.
Conmigo que no cuenten.

Eso sí, lo envuelven todo de puta madre. Mira, mira qué lacito.

Lo abro y se llama Amanda:
“Me llamo Amanda y voy a quererte más que a nadie”.
Por lo menos no es rubia. No me fío de las rubias.

En cuanto veo al amor por la ventana, meterse en un taxi, le quito las pilas a Amanda y la dejo en un rincón del ropero, como a las otras.
Una vez me dejé una con las pilas puestas.
Estuve seis meses escuchando susurros en mitad de la noche:“Qué guapo estás cuando te enfadadas”. Y cuando abrí la puerta del ropero, me dijo: “Tengo hambre”.

Estos del amor, en cuanto se dan cuenta de que voy solo por la calle, me mandan al bajito con otro paquete.
No sé cómo se enteran. Lo mismo me sigue a todas partes. Yo qué sé. Yo a lo mío.

Ya no hacen las cosas como antes, con esos ojos sin fondo, que de mirarlos te creías que te habías perdido en un laberinto con bancos de piedra y setos con forma de pirámides, de tréboles, con fuentes que hacían con la boca la música del agua, y chicharras escondidas en los chopos, silbando tu voz entre las ramas.

28 de agosto de 2010

El suave balanceo de los columpios


Me llevaba en la barra de una bici que tenía la goma de las ruedas blancas, por la carretera que iba a la fábrica de ladrillos, un camino que olía a eucaliptos desde que daban las seis y media de la tarde y el sol empezaba a ponerse.
Fumábamos, unos pitillos finísimos de una maría que le había pasado un estudiante iraní de Biología molecular, al que le gustaban la rumba y que vivía en el piso de al lado con la novia, que era cristiana y tenía el pelo rizado.
Desde allí podían verse brillar los cristales de todas las ventanas de Louissiana, tililando como ánforas hundidas en el agua, y en sus ojos, ya por entonces, cosas flotando.

“Te falta un átomo-le dije-y soy yo”. Le abracé. Le abracé primero suave y después muy muy fuerte como si fuera la última vez que le abrazaba, y quise, decirle no te vayas, aunque él no hubiera siquiera mencionado el tema, y en realidad, aquel día, sólo estuviéramos allí para darnos un beso y escuchar a los grillos y mirar las estrellas hasta que hiciera frío, como siempre, y me subiera a la barra de la bici luego y me llevara a casa, y antes de macharse, nos tomáramos una pepsi en las escaleras, viendo pasar gatos y furgonetas de reparto de comida a domicilio, hasta que tenía que decir, “Ya voy papá”, y las luces de aquel escenario se apagaban.
Estaba guapísimo vestido de soldado.
Quería ser poeta. Como Whitman.

Me gustaba aquel chico y sus manos de hierro y su boca y hoy le vi pasar, y meterse en una tienda de libros, y me he parado en el escaparate, y sí, eran los mismos ojos con cigüeñas y faros, las mismas manos, firmando en la solapa de “Raquel”, con una pluma que yo le regalé: “Con cariño para...”

Me llamaba mil cosas, todas bonitas.
Me llamaba gaviota y palmera del desierto, me llamaba sirena, y cosas que hasta creo, que sólo existían en los libros de texto, o no se habían inventado todavía. Me llamaba amor mío, como si de verdad, el tiempo fuera a detenerse, y aquella guerra en el Pacífico fuera de cartón.
Me llamaba mil cosas, mil cosas diferentes, pero Raquel, nunca.

27 de agosto de 2010

Esquina con Arjona, a la altura del burger


-Y cruzando el semáforo, se lo ha llevado por delante. Un chaval era. Llevaba un maletín, pues, del porrazo, se ha abierto en dos a seis metros del suelo y ha soltado de dentro tantos folios, que todavía, de vez en cuando, cae uno del cielo.

Sobre los charcos, se mecen las palabras como hojas, manchando el agua, de tinta azul:
“Estaba allí, abierta de piernas, con la niña abriéndole el coño con los hombros como un quarterback. Tenía los ojos muy abiertos y me decía, corre, que nos vea juntos. Y le cogí la cabeza entre las manos y le dije, ya falta poco y ella dijo, y una mierda.
La niña resbaló como una anguila, e inmediatamente, fue alzada como un Fénix en el aire, y en el aire, boca abajo, cantó el acto tercero de Tristán, e Isolda.”

En los alfeizares de las casas, en equilibrio, como palomas las palabras:
“La casa ardió toda completa, con ellas dentro, y yo no
Y yo no.
Y yo no.”

Pegado a los cristales, un papel es, otra ventana:
“Me he perdido”.

Enredado entre las ramas de un nogal, un bolígrafo azul se desangra sobre el césped.
Hay un zapato rodando calle abajo, camino de alguna alcantarilla. Alguien ha puesto el otro, encima de un cubo de basura, y en el asfalto, huele a serrín.

Mientras espera el autobús, a una señora le cae encima la página nueve de una de esas noches tan, tan largas, que nunca se acaban:
“A veces voy tan distraído, que se me olvida respirar en los semáforos”.

Llueve. Pero no tiene la más mínima importancia.

26 de agosto de 2010

Paralelos y rectos como rayos de sol


...de todos estos años,
me iluminas aún, de todavía, incandescente
por dentro como una candelita a pie de playa.
Como el casco de un minero,
como un faro de bici como,
la luz de los mecheros
en un concierto de los Rollings,
como la bici roja el día de reyes,
como a un yonki unas Nike nuevas,
una lagartija el neón de la farmacia,
como a un cajero de la Caixa:
fosforescente como un cromo de Phoskitos,
en la más absoluta oscuridad.

¿Si no tú,
quién,
que ni con un lanzallamas me encendiera,
acaso,
pasará el mismo tren?
¿En el mismo segundo?
¿Con los labios pintados de rojo?

Así a lo lejos, parecías,
bordada a mano con orquídeas en el cielo,
de la noche de un cine de verano.

Y vivir en pretérito,
y aprenderme tus manos.

Cuando esta vida acabe
quiero otra,
otra contigo,
donde no tenga que apagar la luz para quererte,
cerrar los ojos ni decir,
“Casi-puedo-olerte”
tras toda esta niebla,
más allá del puente.

24 de agosto de 2010

Rara avis


Meterme de ti un trozo en la boca,
tallarlo con la lengua como un tótem,
y un maremoto me inundara la garganta.
Sí,
querida, en tu forma corpórea,
me hubiera encantado
que tuvieras, una enorme polla
y quién sabe,
si lo mismo,
que me gustaba tanto lo que hacías con el dedo,
tal vez me habría gustado,
también algo más sólido, salvaje,
y como todo contigo, sólo nuestro.

Recuerdo la revolución de los claveles
que hicimos aquel año.
Y enfrente el mundo armado hasta los dientes
de razones para no ser feliz,
si no otra cosa,
fuera lo que fuera.

Ganamos.
No había otro modo de morir.
Olía a libertad por dentro de los huesos,
y estábamos tan locos que estar vivos,
era fácil,
y no ese escaparate con carteles
de todo rebajado,
que anunciaban en la tele.

Portada de septiembre: “Dos individuos cruzan el amor
-nos titularon-, y les crece un país en los talones”.
Volamos tan alto que vimos el mundo,
como era: redondo,
y cada vez más pequeño.

Ahora que somos esferas en el cielo,
¿quién va a ponerle fronteras al paisaje?
¿Qué Dalí pintará,
que nos han salido branquias?

23 de agosto de 2010

Manera de vivir nº 7


Hago surf sobre el Sultans of swing
-un tren, camino hacia Yakarta-,
justamente ahora sobre el puente,
y pienso
en Hypatia.

Al pasar, los dragones de Komodo,
me sacan la lengua, y de pie,
se tocan los testículos,
celebrando mi llegada
-con timbales y ocarinas y un trombón-,
a la planta nuclear.

Suave, así voy a recordarla,
nenúfar,
blanquísimo en el agua,
espero que,
la máquina de café al menos funcione.

Hay un bar en el pueblo,
Smityy, con dos ies, griegas,
lleno de chicas bonitas,
y baratas.
Los sábados, una banda irlandesa,
hace unplugged,
y el dueño regala arañas fritas,
con cada cerveza.

Siempre ese, letrero verde de No smoke.
Me gusta el verde, el verde es bueno,
en este trabajo.
Relojes verdes, manecillas y válvulas,
botones verdes...
Como era contigo, verde, Hypatia, y a salvo.

En cambio fuera siempre llueve,
en esta época del año.

22 de agosto de 2010

No soy simétrico


Me clavaría un tenedor en las pelotas por Penny.
Hoy he visto un gnomo en la lavandería.
Debajo de la lavadora.
Se me cayó una moneda.
Tenía ropa que lavar.

Baltimore. Once de la mañana del cincuenta y siete:
“Penny Lane, te quiero tanto...”.
Helsinki. En este momento:
“Ray tenía los labios gruesos y brillantes,
te lo he contado.
Le gustaba hacer crucigramas”.

Mi padre me llevó al teatro chino,
a ver un coño, el día de mi doceavo cumpleaños.
Eran guapas; pero me recordaban a mamá.
Aunque a mamá nunca la vi bailar.

Me alisté en la marina.
Un tallo, tierno de soja. Ese era yo, y Francia,
lo sabía.
La busqué en cada puerto.
Hice, bastantes crucigramas.

Helsinki. En éste mismo instante:
“No como a ti, mi vida;
es sólo que hoy,
hace mucho tiempo”.
Baltimore, en el cincuenta y siete:
“Mi madre no deja de decirme,
que nunca saldrás de la fábrica...”.

21 de agosto de 2010

Manera de vivir nº 17212


Tal vez duerma esta noche,
o tal vez no.
El médico me ha recetado unas pastillas,
azules,
y me he tomado el bote entero,
con una coca-cola, y algo de queso.

Después, me he levantado
a mear y de paso,
a ver si quedaba chocolate en la nevera.
Y la he visto otra vez, desdibujada,
sobre la mesa,
doblada como un cáncamo,
y el cuchillo grande clavado en la cabeza.

Mi dulce Ashlie, mi vencejo...

Nuestra palabra clave esa noche era vainilla.
“Dilo”, le dije una, una y otra vez.
Se había puesto unos tacones,
de quince centímetros
y tenía los labios,
pintados del color de las paredes.

Mi dulce Ashlie, mi vencejo...

Qué frío no tendrás tan al fondo del muelle,
sólo con esos altísimos zapatos
bajo el agua,
negra de la Bahía de Cochinos.

Mana de mí como sin rumbo


Quiero eso contigo y en la banda sonora
de uno de Pavese,
tirarme en tobogán hasta tu ombligo,
y caer y caer y caer,
a lo amniótico,
a lo profundo,
al agua tuya.

Quiero eso contigo y esta luna,
de cartulina blanca pegada a la pared con cinta aislante,
y estas cortinas con moscas follando como locas,
y un mes a la semana,
de darnos un beso en la boca del metro,
y en un grano de arroz,
cruzar flotando las alcantarillas,
más allá de Brooklyn.

Alquilaré un avión que te peine las canas,
cuando eso contigo sea aquello,
y por las noches,
te leeré a Gabriel,
y otros arcángeles.

Mientras podríamos,
meter al microondas una pizza,
y sentarnos fuera a ver pasar el camión de la basura.
Estás preciosa así, de madrugada,
esperando a que una estrella te devuelva la mirada.

19 de agosto de 2010

Boy on the street 45


Me gusta caminar,
y que Pollini,
me toque un nocturno al oído, de Chopin.

Hay otros mundos.

Un cristal clavado a la suela del zapato;
el graffiti que dice que dios, es amor.
Miro arriba, y veo,
las antenas parabólicas,
y unas bragas enormes
colgando de las cuerdas de la ropa.

El sol se está poniendo y no tengo sueños.
Podría dudarlo.
Pero no lo hago.

Yolanda no era una guitarra, era mi amiga,
yo le abrazaba las caderas,
y ella sonaba a limpio,
y entre los dos,
llenábamos el sombrero de monedas.

Buenos tiempos.

Katy la zurda se bajó una vez del coche
y me mandó a tomar por culo.
Encendí un cigarrillo y por el retrovisor,
vi como su hermoso trasero se alejaba para siempre.

Sí, la llevaría de nuevo a cenar a una plataforma petrolífera.
Justo en este instante, pensaba en ello.
Aún llevo en los bolsillos,
entradas para un baile
sobre la mesa del salón.

Ese tipo, Knopfler,
me encanta, si hace viento.
Y hace viento y dentro,
se me ha metido la metralla
del Brother in Arms.
Bonita canción,
para estar hecho una mierda.



To flower in my flap

18 de agosto de 2010

Cortar y pegar en una carpeta que diga te quiero


Que me daba la sal de la lengua y la mía la trababa a un yunque,
y de un lazo lo ataba al diluvio que éramos desnudos,
el uno frente al otro.
Sin mentiras ni ropa ni pellejos, si no luz,
y los labios mordidos como perros.

Que me olía a limones su piel a limones y su cara sencilla,
era un campo de fresas, su boca, ciruela , su voz,
la campana de un barco, al fondo de la noche.

Hiere,
me,
con, decía, “tus hierros y pezuñas”.
Y la hería de muerte,
y me gemía la vida,
y así de pronto, eléctrica, se hacía trueno y yo,
reguero:
“Escupe mi vida”... y sobre el lecho, una flor blanca,
difuminándose en las sábanas.

Todo recto


Soy un a cáscara,
de nuez,
vacía,
con una vela blanca flotando en el bidet.
Un caballito de tiovivo,
girando sin sentido común,
una hojita de árbol sin árbol,
una mano que explora,
el viento entre los dedos.

Se me ha olvidado caminar sin ti.
Se me ha olvidado para qué,
sirve la boca.

Vendrá otra Era.
Mientras llega,
me abrazo a los cojines del sofá,
y a oscuras,
me dejo llorar lo que me dueles.

¿Acaso el mar no es mar?
¿La piedra piedra?

Y claro que la vida nunca es justa.
Pero yo sí,
por cada lágrima,
me debo un paso más hacia delante,
por cada plato de comida que dejo enfriar sobre la mesa,
por cada pelo de la barba que me sale,
me debo la vida en otra parte.

Jarrita de agua fría


“No soy racista; pero...”
Ah...
Vaya.

No sé,
seré idiota;pero yo me bajo aquí, oiga.

O es que: “Me viene grande, perdona”.
Sí.
Pero perdónate tú,
que yo ando averiguando, la vida.

“¿Dónde estás cuando te necesito?”
Perdonándose.
Mira a tu alrededor, y llora.
Y luego haz tus deberes.

Tapadme la cara y os juro,
que volveré de mi tumba a por vosotros.
Y ahora,
disparad,
quiero besar el suelo de esta tierra,
quiero regarla con claveles.

Vendrán otros y os dirán,
qué sois.
Y aunque nunca os quedéis sin munición,
tampoco la razón dejará de parir,
verdades como puños.

17 de agosto de 2010

Y clavarte al centro de la tierra como un tótem



Me dejó en el espejo cómo amarla, pegado en el espejo, con un chicle, en una nota, con carmín, que decía, por escrito, más de otra vez lo mismo como siempre, más de sus ojos pidiéndome consuelo para el alma, si es que aún tenía, más de sus manos suplicando mis caricias y no otras, si no mías, más de su boca suspirando a la sombra del manzano una plegaria a las violetas, los lirios, el jazmín, más, que una nota, un testamento:
-Quiero ir contigo a misa cogida de la mano, si existe dios, tenemos que hacer cuentas.
-Quiero un beso en la ducha bajo el agua caliente.
-Quiero cenar bajo la luna, y que los grillos, canten y tú, me cuentes las estrellas mientras yo, te quito de la boca el cigarro.
-Quiero ponerle si es niña de nombre, María. No digas nada...no has visto su sonrisa, todavía.
-Quiero alargar la mano entre las sábanas, y estés tan cerca que sólo mueva un dedo.
-Quiero el Danubio. Aún no sé para qué. Quiero una noche Celta con música ambulante, quiero macetas de tomates, y que te manches de tierra conmigo las manos.
-Quiero que mires a la gente a los ojos y les digas, que yo soy tu única familia, que por mí, cruzarías el mar y matarías, y que sin mí, te morirías.
-Quiero que firmes aquí abajo que me amas, y saques del horno el pescado, mientras yo, descorcho un vino en el jardín.

Silverado



Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto, y yo, que hacía ya ocho años, un día por la tarde había decidido que aún podía hacer cosas magníficas, lo tomé entre las manos y lo llevé a casa, cerca del pecho.
Recuerdo que aquél día por la tarde con acento, me bebí la última copa, brindando por el resto de mi vida, este latido que me mueve la camisa.

En cuanto a lo de hacer cosas magnificas, no supe lo que era hasta que dejé de pensar en mí. Fue por casualidad, otra tarde cualquiera de otro día, del mismo día, en que dentro de Michelle lloviera tanto que los mares se acabaran, el mismo, que me dijo mirándome a la cara, a la puta cara, que el niño no era mío, y que por eso, lloraba como un mezzosoprano, porque su padre era italiano de la Italia y el niño, cuando quería algo, en vez de pedirlo lo cantaba.
Y yo canto fatal, le dije, es verdad.
Luego me acerqué a ella y le dije también que la quería, y que el niño, aunque fuera cantante de opereta, se parecía ella, con esos ojos de alquitrán y esa sonrisa de ciruela, y después le pregunté: “¿Y le quieres?”, y ella me dijo: “Es italiano”, y yo, me fui a tomar café mientras ella hacía la maleta, y se iba por la ventana a la Toscana.
“Porque te amo”, le dije antes de cerrar la puerta, y porque, la camisa, me hacía olas, y en la barriga, se me había metido una feria, con norias y luces de colores, y niñas que jugaban a la comba y un teatro de títeres y un circo con mujeres barbudas y una bruja con escoba y en el cielo, guirnaldas de estrellas y una luna redonda como un globo, que Michelle, llevaba de la mano.
Me gustó.
Y descubrí que la vida, era otra cosa.

Se había enredado en la maleza y tenía el pico roto.
Era un pájaro pequeño, de ojos grandes y curiosos, y pronto, aprendió a creerse que la vida, aún era posible.
Comió migas de pan y de galletas hasta que, de entre mis manos, un miércoles temprano se puso a dar saltitos y llegó a la cocina. El jueves al salón, y otro día, lo encontré debajo de la cama, durmiendo en un zapato.
A la hora de comer, piaba, y las alitas, que para entonces ya se le habían llenado de nuevo de plumas, se movían y lo alzaban del suelo, unos pocos centímetros, unos pocos segundos.

Aunque sabes que un día llegará hasta la lámpara, y otro por fin cruzará la ventana y se perderá entre las nubes sin mirar atrás, le miras y en la cara, te surca una lágrima gorda, tonta y caliente, desde el rabillo del ojo hasta los labios, dejando tras de sí, cómo un caracol, un senderito de tristeza con ocaso y hojitas cayendo de los árboles.

La peor parte es la que viene, antes de abrir las manos, cuando le estás diciendo, que el mundo es malo, y que nadie va a quererle tanto como yo, y que el halcón existe, y las flechas y los rifles y los cables de las líneas telefónicas. Y abres la ventana.
Le daño un ala de un pellizco, y sus ojos enormes y atmosféricos, se llenan de agua y su garganta, de miedo y con el pico, se queja y me lastima el corazón, pero yo sigo, apretando hasta que sepa, antes de abrir las manos que allá fuera, nadie parará hasta que no se le rompan las alas.

Y abres las manos, y ves, por la ventana, como la vida era otra cosa, que esto que vemos, a simple vista.

10 de agosto de 2010

“No...sólo de ida”


Acabo de montarme en el tren de las once menos cuarto.
Pulso Play, y suena esa canción. Sweet, Sweet Home. Me ha salvado la vida tantas veces...
Esto se mueve.
El mundo pasa ante mis ojos a doscientos treinta y siete kilómetros por hora. Cuando se quede quieto, ya estaré tierra adentro, buscando con los ojos en el andén, bajo un sombrero borsalino, el resto de mi vida si dios quiere.
Hablé con dios un rato, esta mañana:
“No vengo a pedirte nada dios-le dije-, deja que esta vez, sea yo quien haga las cosas que me tocan”
Luego le dije, “¿Tienes fuego?”.
Pero no tenía.
Pienso en como he acabado en el asiento número cinco del vagón número nueve, en todo, lo que me ha traído hasta aquí, este momento, extraño.
Una vaca. Un río. Una fábrica de cemento. En el asiento de al lado una señora me pregunta que dónde voy, y me ofrece un caramelo.
No digo nada.
Sonrío.

Salió de una esquina, ¿no? Y aquello de sus ojos era un mar, y luego está lo del confeti, y lo de que, al timón, se hiciera capitana de mi vida de repente, y ese paseo en bicicleta, y su risa llenando sus pulmones y el tiempo detenido en los relojes, sólo para nosotros. Vida extra. Bonus track.
Y este tren y no otro.
Y las ganas que tengo de abrazarla.

Espero que me esté esperando con un cartelito de esos, como en los aeropuertos, que diga: “Quiéreme siempre. O no me quieras nunca. Qué bien, te has afeitado. Haz que el resto de mis días sean colores, y de mis noches, agua, y yo, te enseñaré a hacer huevos fritos y filetes de pollo a la plancha. Bájate de ese tren y suelta la maleta y bésame como nunca antes nadie me ha besado y no me sueltes de la mano, nunca más”
Aunque basta que diga: “Bienvenido”.
Espero que se halla hecho trenzas en el pelo.

9 de agosto de 2010

Dolor número trece, calle A ,estante de arriba


Para los patos sólo son migas de pan,
para mí otra tarde solo.
Como párpados se cierran,
las persianas de las tiendas,
los niños, se inflan,
y desaparecen cielo arriba como globos,
la hierba, se mece,
mientras la luz de las farolas amanece
y con la luz,
mi sombra viene,
a sentarse conmigo en este banco.

Rebusco en la sopa,
con la cuchara, aes y eses e ies o emes,
y en el borde del plato, con la cuchara,
escribo el onceavo mandamiento:
“Moriré solo, como una gota de lluvia contra el suelo”

La pared agrietada, las sábanas frías,
el mismo olor a, esta piel sin caricias,
a cenizas,
a los ojos abiertos,
a la voz de la radio,
a los grillos y el patio y el naranjo,
donde una mirla blanca me nana hasta que asomo
dentro mío.

Siempre sueño lo mismo,
la misma curva,
las mismas ganas,
de haber tenido alas y sacarla de allí
de entre las llamas.

Despertarse y buscar,
un signo de vida en las cortinas,
pasar por delante del espejo sin mirarse,
untar la mantequilla,
y sentarse a mirar las hormigas.

Llegar vivo a la tarde y con periódico,
al mismo banco donde espero a mi sombra,
mientras los patos se terminan la merienda,
que traigo en los bolsillos.