10 de febrero de 2010

Decoración de interiores

Han muerto diez viejos en Ottawa, Canadá, un duro invierno, muy largo-porque eran viejos, como la ropa, si hubieran sido, nuestros mayores, el abuelito, la tata, no hubieran estado en un sitio de esos, para viejos, que ya no quiere nadie-.
¿Qué debo hacer? ¿Llorar? Paso. A mí tampoco me importaban un carajo esos viejos.
Y si me preguntan digo: pobrecitos. Y ya está. Que es lo que se dice.

Ni el hambre del mundo. Yo como. Y bien. Todos los días.
Ni la guerra, cualquiera, que se maten, uno pone cara de oh qué cosas pasan en el mundo, hay que ver; pero cuando apagas la tele, la verdad es que te acuestas pensando en cómo te gustaría que entrara Ricky Martin por la puerta, y te clavara a la pared con la polla, o en mi caso, la cajera del mercadona, que entrara, sí, que entrara, que se iba a enterar, que me da un morbo que flipas, con su bisutería barata en las muñecas y su cruz de Caravaca de oro del que cagó el moro cayéndole por el canal de esas cacho de tetas que tiene que parecen melones de agua.

Porque soy un cerdo.

Si una chica me mira y es guapa, la oteo desde la suela del zapato al adorno del moño y me relamo los labios con la lengua. Si es fea, que la mire su puta madre.
Si la chica guapa, además, sonríe, automáticamente quiero follármela.
Y si no, que no me mire, y mucho menos me sonría “ sólo pretendía ser amable”, y luego me diga que sólo quería ser amable, no te jode.

… que hablaban apoyados en la barra del bar de la libertad, qué bonito, de hacer lo que a uno le diera la gana todo el tiempo, ja ja ja, expresarse y fluir, y yo me callo siempre y no digo nada, que es como se calla uno, y encima nunca pago, que pague el que ha dicho fluir, y cuando llego a la esquina y me paro en el semáforo, hay una señora con un niño en un carrito, y no para de decirle a la amiga que qué niño más guapo tiene dios mío de mi vida qué guapo el más guapo del mundo ay ay ay mi niño que me lo voy a comer.
Y el niño es más feo que Picio, feo de cojones, que ni parece un niño ni na, y entonces, le digo, señora, qué feo es el niño, coño, y la tía, se me queda mirando sin saber qué decir, cara como de querer preguntar “¿Perdone?”, de querer, porque no lo hace, porque soy un cerdo y me ha entendido perfectamente, cara de estar a punto de echarse a llorar porque sabe, que el niño es más feo que su puta madre, y que se tiene que aguantar.

Me encanta ser un cerdo. No tienes que preocuparte de mear dentro, ni de qué voy a comer hoy-que lo haga ella, que para eso está-, y menos de ir al trabajo, que vaya otro, que yo ya he trabajado bastante, y además estoy cobrando una pensión por invalidez-las piernas, que me fallan-, que es mentira, que yo con las piernas me hago la ruta Jacobea en media hora, y ni me duelen ni hostias. Por mi puta cara.