5 de febrero de 2010

Ex-esto y ex-lo otro

Nos sentamos y le dije, que era alcohólico, que lo era, antes, aunque no hacía mucho, y que me había casado seis o siete veces -por decir algo-, a mi manera, con una gitana del barrio Campayo, con una alemana, con Sophie, mon cherí Sophie Lebrón, con, yo qué sé, desastroso, y le dije en qué me había convertido, le enseñé los tatuajes de serpientes enredadas en la estrella de David, la punta del lápiz clavada en mi espalda, la piedra de hachís de mi bolsillo, mi nómina de mierda, las llaves del candado de una bici, y le dije que si había quedado con ella aquella tarde, era para decirle todo eso, sólo eso, y que después, podía levantarse y podía irse, de hecho le dije que estaba deseando que se fuera, que se levantara y se fuera, ya, ahora, antes de que me preguntara que si tenía hijos y que dónde estaban, antes de que yo le contestara, podía irse, en vez de estar allí, perdiendo el tiempo, conmigo, sólo porque había visto algo dentro de mis ojos.

Podía.
Pero no quiso.

Mientras yo le hablaba miraba al suelo, con las piernas cruzadas y las manos encima de la mesa, demasiado cercas de las mías, para ser las manos de alguien que acababa de conocer a la luz de una farola.
No decía nada, pero de nada, miraba al suelo y ya está. A su puta bola.
Y le dije, he terminado.
Me dolía la boca de contarle mi puerca vida.

“¿Es que no vas a decir nada?”

No dijo una mierda.
Pero yo la entendí.
Nadie me ha besado nunca como ella.