11 de febrero de 2010

Joder, cuánto te quiero

Tampoco me gustan los hombres mal hablados. No veo la necesidad. ¿Y luego para qué? Para ponerse tímidos a la hora de llamarme cosas guarras en la cama: “es que me da no se qué- es que contigo no me sale- es que creo que te quiero”.
Pues no me quieras, que me conoces de tres días. Y dime guarra, que me pone.

Y si es un melindroso, pues tampoco, que para eso ya tengo a mi gato, no sé, esos que se te quedan mirando cuando estás dormida, abres los ojos y están ahí, sentados en el suelo, mirándote. Y además no les puedes decir nada, y yo tengo malos días, qué quieres que te diga, a lo mejor me apetece pagarla contigo, así, porque dices que estás aquí, a mi lado, conmigo, pues eso, que tengo ganas de comerte el coco con mis cosas, pero como eres de carne de membrillo, me aguanto, porque lloras, y la verdad cuando lloras, me das asco, perdona.

Un hombre, pues no sé, que me cogiera entre sus brazos escaleras parriba y me tumbara en el sofá y me quitara los zapatos.
Y me pusiera la tele.
Y, se metiera en la cocina.
Y saliera con un pollo al horno.
Con patatitas.
Yyyyyy … un vinito.
Ponme otra.
Unmmmmmmm, que rico, te quiero más.
¿Qué hay de postre?
No, que me duele la cabeza.
Bueno, pero rapidito.

¿Es mucho pedir?

Yo lo valgo.