2 de febrero de 2010

La palabra de once letras

Hace años dibujé sobre su tumba una palabra de once letras.
Con un lápiz de labios.
Rojo.

No he pasado un solo día de mi vida desde entonces sin pensar en ella.
Desde entonces. A todas horas.
Ni un solo día.

Ahora sobre su tumba sólo hay hojarasca en el suelo y colillas y moscas y cagadas de pájaros. Parece imposible que los mismos huesos que me clavaba en la espalda por las noches en la cama, estén ahí debajo. Cubiertos de tierra húmeda y viscosa, enredados seguramente en las raíces de un arbusto, pudriéndose, lentamente.

Y tan sola …

La ciudad no es la misma. Yo me crié en un barrio con macetas y viejas sentadas al sol a las puertas de las casas, con kioscos de chucherías y afiladores de cuchillos que iban en bicicleta y hacían “Tirurirurirurí” con un pito.
No es la misma. Y ya no queda nadie.
Nadie excepto ella.
Mientras yo me he dedicado a recorrer el mundo poniendo el dedo en el mapa todo este tiempo intentando olvidarla, ella ha estado aquí, intentando ser olvidada.

Aquel día me fui caminando y me perdí entre los cipreses, y caminé y caminé y caminé, hasta que lo único que vi al volver la vista atrás, fueron años, años de buscarla en otros ojos, años de sofocar el llanto en la almohada, de ciudad en ciudad, de boca en boca, de cama en cama, buscándola siempre sin hallarla en las caricias de otras manos que no fueran las suyas, años de días largos como dagas y noches traicioneras, de horas y minutos y segundos pesados y lentos como el plomo.

Hoy, cuando me vaya, me sentaré en el porche de la casa vieja a esperar que pase el mercancías de las doce.
Y mañana.
Y el otro.
Y para siempre.

Porque no quiero olvidarla.
Porque algunas palabras de once letras, son verdad.