19 de febrero de 2010

Los caminos más cortos

El niño empezó a darme con la pandereta en la cabeza una y otra vez, yo estaba en el suelo, y él encima, jajaja, jajaja, dándome con la puta pandereta (porque era navidad, toma navidad plis plas), que era de madera, de las de antes, con unos cascabeles y una cosas colgando y unos platillos y yo que sé qué más, y claro, yo gritaba que no veas, como un pollo gritaba, porque el niño no se cansaba, y a mi hermano le habían metido los otros la cabeza en un charco.
Íbamos al cine, y de detrás de los coches salieron unos niños, que los conocíamos, de por ahí, Los Chelos eran, como una pandilla o algo así, cuatro, y el peor, el de la pandereta.
“Que me muero-que me muero”, decía yo, que no me acuerdo ya si era verdad que me moría o no, y tampoco sabía muy bien que era la muerte esa ni nada, pero yo lo decía, por si acaso. Al final, cuando se cansó de darme con la pandereta, él y los otros se fueron al cine con nuestro dinero, un dinero que ahorrábamos como podíamos, de quedarnos con las vueltas de la compra y llorarle un poquito a la abuela y esas cosas.
A la abuela, cuando volvíamos, le teníamos que contar siempre la película.
Así que aquél día mi hermano y yo nos tuvimos que inventar que Jimbo Jambo era un malvado forajido de Oklahoma y tal y tal , las pistolas más rápidas del oeste, que sí abuela que sí, que era muy guapo, porque a mi abuela le gustaban las del oeste, que sí abuela, que sí, que en el fondo era bueno, “Y luego, abuela-le dijo mi hermano-nos hemos puesto a jugar a vaqueros y éste se ha caído al suelo y por eso tiene sangre en las rodillas, abuela”.
Y mi abuela ni cuenta, a lo suyo, con la cabeza hacia atrás en su mecedora de mimbre, imaginándose a Henry Fonda o a saber, “sigue sigue, ¿y al final se muere? seguro que se muere, no me lo cuentes”.

Hemos crecido.
Mi hermano cumple veinte años por atraco a mano armada y yo voy todas las tardes al Centro a que me pongan metadona.
Ya sabes, “Si no puedes con ellos …” Y nos hicimos de los Chelos. Que era más fácil.
Miguelito murió, el de la pandereta, de un sida que le pegó una del barrio Candel, que había andado con todos, y no se había quedado con ninguno, Manolita se llamaba, qué puta que era, y qué guapa la puta, no era mala, na más que puta.
De los Chelos no queda ni la sombra, pero fuimos los peores, si no, que le pregunten a mi abuela, que se murió hace poco jurando que el oro, los pendientes y el reloj de su difunto marido, so golfos, degenerados, lo íbamos a pagar, dijo, tarde o temprano.