3 de febrero de 2010

A mí, ay ay ay, que te quiero tanto

Había sembrados rosales en el patio por entonces, en el patio de la casa vieja. Por entonces.
Yo le regalaba una flor cada mañana, hiciera frío o calor, aunque nevara, o hubiera una guerra, o estuviera enfadada porque yo, por dios bendito, era un monstruo, un monstruo que la hacía sufrir con paciencia de monstruo, con esa cara siempre que decía que tenía, yo, de tonto, que eres tonto, de palo, todo el tiempo.

Meto el dedo en la tierra. Está húmeda. Meto el dedo en la tierra, lo hundo en la tierra, en la tierra húmeda, y en el agujero, planto un esqueje de mosqueta, y al lado otro de rosa de los vientos, y más allá, centifolias y, David Austin, blancas, rojas, rosas rosas, amarillas.

Tendrá una flor sobre su tumba, todos los días. Como antes, como siempre.
Y he puesto una foto en la pared.
Una donde estamos los dos cogidos del brazo, y ella me está mirando con cara de pero dios mío qué he hecho yo para que me toque a mí un hombre así, como éste.

Me gusta esa foto porque enfadada, ella era la mujer más bonita del mundo, qué mujer, fuego era que se comía tus ojos, un día, que estaba yo afeitándome, me acuerdo, entró en el cuarto de baño y apagó la luz y se pudo a darme puñetazos en la barriga, malo malo malo, decía, que no me quieres nada ,y cuanto más me reía yo de que me diera puñetazos en la barriga con aquellas manos pequeñas, más puñetazos me daba, hasta que se iba sin encender la luz, y desde lejos, me sacaba la lengua y se iba a la cama sin mí, sin mí, que le acababa de decir lo que le acababa de decir, ay, dios mio, ay ay ay, mostruo, a ella, ay ay ay, a ella, que me quería tanto, tanto.

Y porque no tengo otra.

Tanto, decía. Decía muchas cosas. De hecho, no paraba de hablar. Nunca. Y si se callaba alguna vez, peor. Eso era raro. De hecho daba miedo. Bastante. Uno se la imaginaba pensando en, allí, sentada en la ventana viendo pasar los trenes, pensando en un plan para destruir tu vida, muy muy lentamente, día a día, a deshoras si hacía falta, como el día que en mitad de la noche va y me despierta, para decirme que había soñado con un caballo blanco que venía a llevársela, que dónde estaba yo, ¿eh?¿dónde? ay, ay, ay, así me pagas que te quiera, tanto, tanto, así.
De hecho no me habló en una semana.
Porque no la había defendido de un caballo blanco que venía a llevársela.

Aunque lo peor que la he escuchado decir tras uno de esos sus silencios, fue: “Me haces tanta falta …”