20 de febrero de 2010

Que alguien me traiga un cenicero

La hermana Sabrina fue encontrada muerta en su celda del convento de María Santísima, con una botella de champaña sin abrir metida en el coño. Sólo se veía el corcho.
“¿De qué marca es?” “¿La botella, de qué marca?”.
La madre Dolores se quedó mirando al teniente con sus ojos agrietados y le dijo, que aquella no le parecía la manera adecuada de abordar un tema tan delicado.
“¿Delicado, señora?, tiene una botella de champaña metida en el puto coño”.

El teniente Cargo era el tío más hijo de puta que la policía francesa tenía en nómina. Un cerdo sin escrúpulos. Bueno, muy bueno.

Era una Brut Premier de Louis Roederer, un vino caro, de burbuja pequeña y una aterciopelada complejidad en la boca.

En la página 132 de la pequeña Biblia que la hermana Sabrina sostenía entre las manos y parecía apretar contra su pecho, Cargo encontró un porro de maría, y en uno de los cajones del único mueble donde pudo soltar un momento el cigarro para quitarse la corbata, unas bolas chinas, de un tamaño considerable.

La muerta era preciosa. Tenía los muslos tan blancos y perfectos, que era imposible no imaginársela follando como una loca encima de uno, porque estaba claro que le gustaba, era muy joven, qué coño, era una mujer, lo raro no era que una novicia estuviera allí abierta de piernas y completamente muerta, si no el agujero de bala en su cabeza.

Por detrás tenía un cráter del tamaño de un balón de playa, pero en su frente, el orificio era tan limpio y redondo, que daban ganas de meter el dedo.

No había huellas. No había arma. No había manera de entrar, porque la puerta, estaba cerrada por dentro con un enorme cerrojo de hierro, largo como un brazo. Tampoco había ventana.

Balística dijo que era una Mágnum, una muy gorda, y que el disparo, le trituró el cerebro, aunque eso nosotros, ya lo sabíamos.

Uno miraba aquellas paredes viejas y asquerosas y se preguntaba qué habían visto, porque allí no había nadie más cuando sonó el disparo a las tres de la mañana y despertó a todo el convento. Allí no había nadie joder. Sólo ella. Y Dios claro. Dios está en todas partes.