14 de febrero de 2010

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En los tiempos que corren, ya no se puede dejar a un lector sin respiro. Como mucho, se le puede meter un porrazo en la cabeza, y cuando esté perdido en la neblina y con los ojos en blanco, hacerle leer una mediocre historia de más de lo mismo con la esperanza de que antes de llegar al capítulo tres, no cierre el libro y lo deje caer sobre el sofá con total indiferencia, y a continuación busque con los ojos, ávido de verdaderas emociones, el mando a distancia de la tele, que eso, sí que es emocionante, acceder de un sólo clic a los entresijos de la Esteban por ejemplo, qué mujer, asistir en directo a la expulsión y destierro del gran hermano fulanito de tal, y ver como follan debajo de las mantas los que se quedan, mientras mascullan ardides para el día siguiente.

Una se hunde ante tamaña competencia.

Y todo el mundo tiene una hipoteca, y una letra del coche, y niños que agotan su paciencia, y días largos que no se acaban nunca, y un jefe cabrón, más que de costumbre, o una cola del paro, o el frigorífico vacío, o dudas inconfesables- ¿quién no tiene una?-, o la certeza de que aquel día se equivocó al decir “Sí, quiero”, o un muerto que no quiere irse, cada uno sabrá.

Entonces es cuando se necesita un agujero. Otro mundo. Cuanto más lejos de éste, mejor.
“Sácame de aquí”, pensará seguramente el lector al leer en la tapa el prometedor título, haciendo responsable al autor desde ese momento y hasta el final de la lectura, de que su corazón palpite como el de un bebé recién nacido, con tal fuerza, que todo a su alrededor, desaparezca.

Será que soy una fracasada, quiero pensar, y no que se ha muerto la cordura, que mis libros ya no venden porque no tengo mercancía de primera, como la Patiño. Que no soy capaz de teletrasportar a ese viajero en el tiempo que es el lector, que todo lo que escribo es una mierda pinchada en un palo, que mis pequeñas historias de amor están baldías de toda especulación, sus personajes obsoletos, sus metáforas pasadas de moda, su trama nimia, ante la ingente y actual masa informativa que los medios multimedia son capaces de inyectar en el cerebro de la gente: divorcios, hijos que denuncian a sus padres, putadas de novias de un día, sacadas de tripa en riguroso directo, escupitajos a la cara, cuernos y más cuernos, y más cuernos, suicidios a la carta y todas esas vísceras que somos, al descubierto, mientras leemos a pie de pantalla de plasma los msm de los televidentes.
Será, que ha llegado el momento de dejarlo y dejar, que la nueva literatura, haga estragos.