3 de febrero de 2010

Veni-vidi-vinci, pero a lo bestia.

El día que la conocí yo me estaba comiendo una tostada de mantequilla. No es muy romántico, pero fue el mejor día de mi vida. O por lo menos, el primero de muchos días, que con ella, siempre eran mejores.
Tenía tantas cosas que enseñarme …

No sé que hice, que levanté la vista del plato, y entonces la vi, y vi que me estaba mirando, desde hacía por lo menos, el rato que le daba la gana. Y enseguida supe, que iba a joderme la vida.

Igual que me miró, dejó de hacerlo con el mismo desprecio que se olvida una mosca. Era la mujer más pequeña que había en la cafetería, y sin embargo, le faltaba sitio. El pelo le caía como un río por encima de los hombros, un río negro y hondo.
Hablaba, con otra chica, mientras tomaban café sentadas al final de la barra.

Para cuando volví a mirar de nuevo, ya se había ido.
Como cualquier mujer se va después de tomar café, andando supongo, con sus ojos de matar hombres mirándolo todo y disfrutándolo, porque la vida, me diría más tarde, era tannnnnn hermosa …

Me levanté, pagué en el mostrador, salí de allí, fui a trabajar, joder que asco de día, volví a almorzar, me levanté, pagué, fui a trabajar, joder que asco de día, y cuando volví a las nueve de la noche y pasé por delante del bar camino de mi casa, la dueña me dijo que espera, que te tengo que decir una cosa, que me han preguntado por ti, una chica, muy guapa, que me ha dicho que cómo te llamas, y que dónde vives, que si por aquí, y dónde trabajas, y que cómo eras, y yo se lo he dicho, pues que eras, eso, muy raro. ¿No te importa, verdad? Es que era tan simpática.

Así era el amor de mi vida. Cuando quería algo, lo cogía.

A los cuatro días, cuando llegué al trabajo, un compañero me dijo que habían estado preguntando por mí, y que claro, pues que le había tenido que dar mi teléfono, qué remedio, porque era …

No me lo digas, no me lo digas-le digo yo-: Muy guapa. Y muy simpática.

Al día siguiente, a las once y cuarto de la noche, el teléfono empezó a hacer rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr encima de la mesa, y a dar vueltas.
“¿Sí?”

Quedamos al día siguiente.
En una esquina,
Una con farola, y mucho viento.