6 de febrero de 2010

Y a tomar por culo la llave

Nos quedamos a oscuras. Casi a oscuras. No eran sus ojos, era cómo brillaban, como si dentro, tuvieran una pequeña galaxia, girando, evanescente en lo profundo del ámbar de sus ojos color miel.

Yo no le había tocado ni un pelo todavía ni pensaba hacerlo, me bastaba verla allí frente a mí, sentada en el sofá con las piernas cruzadas y con uno de mis pijamas, escrutándome, como escruta una gacela el horizonte.
Nunca, no, en mi puta vida había visto nada más bonito. Que daba igual, porque yo lo que quería es que se fuera, el hecho de que hubiéramos llegado cogidos de la mano a mi casa en la primera cita, le dije, no significa nada.

De un salto se me subió encima y se puso a darme besos en la boca, sin lengua, besos pequeños, que yo intentaba esquivar, no todos, al fin y al cabo nadie me había besado nunca como ella.
Luego se abrió la blusa del pijama, me cogió una mano, se la puso en una teta y dijo: “Soy tuya”.

Te haré llorar, le susurré al oído, justo antes de que se convirtiera en agua entre mis brazos
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