27 de marzo de 2010

De miserables y princesas

Me hubiera gustado empezar esta historia diciendo que al menos al principio, después de que me dejara tirado como una colilla, la odiaba; pero no sería cierto, en cambio, si alguna vez vi una princesa, fue a ella vestida con aquel traje negro y carísimo de encaje que aún resaltaba más sus ojos exactamente verdes la ultima noche del año.
Yo por entonces no hablaba mucho o nada y sólo bebía zumo de tomate: “¿Me das un beso?”, me dijo. Y yo le dije que por qué, si no la conocía de nada, si yo estaba allí en la barra del bar absolutamente solo porque quería estar absolutamente solo, y tú quién eres y de dónde sales, le dije, no ves que soy un tipo extraño, le dije, no, le dije, no te lo doy. Y se fue a bailar con una amiga al centro de la pista.

Cuando volvió ya me había aprendido de memoria el verde exacto de sus ojos y su largísimo pelo castaño, su voz de muñequita y cómo arrastraba levemente al caminar su pie izquierdo, dándole un aspecto de patito, muy dulce, su sonrisa y sobretodo, la pequeña cicatriz del labio de arriba: “Dame un beso”, me dijo.
Yo quería comerme aquella cicatriz, lo deseaba con toda mi alma. Era lo único que deseaba. Acerqué mi boca a su boca y directamente le mordí el labio de arriba, sin saber, que a partir de ese momento estaba tirando a la basura el resto de mi vida.

“Tengo que subirme al escenario”, le dije cuando abrí los ojos.
Por cierto el resto de mi vida no era gran cosa. Me colgué el saxo y tocamos durante hora y media. La boca aún me sabía a cicatriz. Quería más, mucho más. Ni siquiera me importaba de repente que el batería me hubiera dicho, cuidado con ella, es la hija de, yo que tú, me olvidaba.

El alcalde de, había hecho una fortuna en Indonesia, nadie sabía cómo, y medio pueblo, era suyo. El otro medio, también. Y yo era una mierda de músico ambulante que acababa de comerme la cicatriz de su hija. Mal asunto. Olía desde lejos.

Quedamos a las tres de la tarde del día siguiente, a la hora del café, pero en vez de ella, aparecieron tres tíos que sin mediar palabra, me dieron de hostias en la calle. Mi boca de besar cicatrices se hinchó como un globo. La llamé por teléfono. Se puso su madre y me dijo que su hija se había ido al Senegal, de monja, y luego colgó.

Pasaron varios días antes de que pudiera abordarla a la salida de una tienda de ropa. Se quedó mirando mis botas de piel española con puntera y dijo que lo sentía, que aquella noche estaba … que lo sentía, que lo mejor era que … y yo le levanté la barbilla con dos dedos y le dije que se callara, que ya era tarde, y que sólo si ella me lo pedía me iría por donde había venido.
Se quedó callada. Una semana después nos casamos en secreto. Segundo error. Y todo por el veneno de aquella cicatriz.

Durante los primeros meses supongo que fuimos felices. Nadie volvió a partirme la cara, y siempre que regresaba a casa, ella estaba allí: “Cierra los ojos”, y los cerraba y cuando los abría tenía delante un gran oso de peluche rosa, o un pez de esos naranjas que tocan en las tómbolas de cualquier pueblo. Entonces me abrazaba y todo lo demás, mi porquería de sueldo, mi falta de ambición, aquella mísera habitación con una mesa y una cama y dos sillas a punto de quebrarse, no importaban demasiado, ni la pequeña tele en blanco y negro de segunda mano del año de la pera, ni el futuro, ni otra cosa que no fuera tenerla entre mis brazos. Al menos yo creía que éramos felices.

Un día su madre llamó a la puerta-ella había ido a por fruta al mercado, y a no sé dónde más-, llamó a la puerta y me puso delante un gran fajo de billetes, enorme. Pase, le dije, y pasó y se sentó en una de aquellas sillas a punto de romperse.
Le dije que su hija, para mí, no tenía precio. Y ella me dijo, que ya veríamos, hijo, así me llamó y por un momento creí que me estaba entendiendo, me dijo que tarde o temprano las cosas volverían a su cauce, que no podría mantenerla a mi lado mucho más, que ella, estaba acostumbrada a otra vida, incluso había tenido un novio, asquerosamente rico. Uno, y los que quisiera. Luego cogió el dinero, lo guardó en el bolso y se marchó sin decir adiós.

Me quedé mirando por la ventana y a la media hora apareció ella con un kilo de fresas, otro de naranjas mandarinas y los ojos tan brillantes como si viniera del circo: “Estoy embarazada”.
La abracé tanto como pude.
Sí, supongo que éramos felices.

Me gustaría acabar esta historia diciendo que aún la odio; pero no sería cierto, aunque una semana después se marchara de casa, aunque se fuera a vivir a Boston, aunque se volviera a casar con el dueño de una cadena de hoteles, aunque aquellos tres tipos me dieran una paliza cada vez que intentaba acercarme a menos de un kilómetro de ella, aunque cada vez que me despierto por las noches sea para ponerme una copa, o dos, o las que hagan falta.