25 de marzo de 2010

El caso Ulrich

No es que hubiera de por medio una secta satánica ni ningún súper-villano con intenciones maléficas, pero aquella tía tenía la fea costumbre de cortarle literalmente los huevos a todos los chacales-así los llamaba-que se metían en su cama, sin que ninguno sospechara, que era lo último que haría.
El día que le metí una bala justo en medio de sus preciosos ojos grises fue sin duda el peor de toda mi carrera como detective. Vomité tanto que no volví a probar bocado en dos semanas. Tenía ciento cuatro botes de mermelada en el trastero con testículos flotando en una solución de éter, etiquetados, y en orden alfabético.

Se llamaba Ulrich, Esther Ulrich.

He de confesar que ninguno de aquellos tipos me caía bien después de haber leído los informes: pederastas; ex-maridos con orden de alejamiento; un sacerdote con dotes de actor porno y un largo etcétera de sujetos de dudosa por llamarlo de algún modo, reputación.
No disfruté viendo caer lentamente el hilo de sangre de su frente, pero qué otra cosa podía hacer si no abrirle un agujero en el cráneo cuando se abalanzó sobre mí con aquella enorme cosa entre las manos, joder, en mi vida había visto un cuchillo de cocina tan grande, podría, haber cortado una puta vaca por la mitad.

Investigué el caso durante tres largos y asquerosos años, adelgacé veinte kilos, mi mujer casi me deja, y al final, después de tres años sin una sola pista y un kilométrico historial de desapariciones de individuos varones, el destino quiso que aquella noche, Esther Ulrich y yo, coincidiéramos en una cafetería del barrio chino a las tres y veinticinco de la madrugada.

Ninguna puta me había cobrado un solo centavo hasta entonces, era extraño, que mientras me ponía los pantalones para irme a casa, mencionara el tema, y aún más extraño, que añadiera que sería caro, muy caro, y por supuesto, lo más extraño, era aquella cosa enorme que podía cortar una vaca en dos, brillando entre sus manos.