31 de marzo de 2010

¿Estoquel?

Murió de un cáncer de pulmón. En los últimos días, se quitaba el catéter de la vena y se lo metía en la boca y lo chupaba. Y luego echaba el humo. Preguntaba por gente que ya se había muerto, o le decía a mi madre que cuando llegaran a casa había que ir al supermercado, que el frigorífico estaba vacío, y eso era pecado, no es que mi padre creyera en dios ni nada de eso, si no que había pasado mucha hambre, porque mi abuela tuvo catorce hijos y la cartilla de racionamiento no daba para más.
Siempre tiene puestas flores al lado de la foto. Siempre es siempre, que pare eso era mi padre.

Miro a mis sobrinas y me cago en la madre que las parió. Son malas de cojones, como dos Gremlins. Se acaban de cargar el DvD para ver que tenía dentro. Lo rompen todo, pero no es porque sean niñas, que además, si no porque mi hermana se acaba de divorciar.

“Los demás no tenemos la culpa”, les digo, y se quedan muy serias, mirando al suelo, con sus jerséis de Pucca, tan lindas, quiero, decirles que las quiero mucho, aunque sean tan malas malísimas, aunque urdan planes atroces para hacer barbaridades, juntas para todo, porque son gemelas, una plaga son, y todo el mundo se pasa el día riñéndoles, niñas, no toquéis eso ni eso ni eso. Pero son lindas, cariñosas, te besan y te abrazan sin motivo, porque sí, porque les da la gana, porque son niñas, y te dicen no te enfades, que te salen arrugas, y te quiero mucho, te dicen, una a cada lado, pegadas a ti, tan tibias y gorditas.
Les digo que pronto irán al instituto, aunque sean bajitas, que ya tienen puntitas de tetas y tú, sí tú, tu madre me ha dicho que tienes el periodo desde hace dos meses. “Yo todavía no”,dice la otra. “Es que soy tres minutos más joven”. No sé quién es la otra y quién es una, me hago un lío. O me engañan. El mundo de fuera, les digo, es una selva de animales feroces, pero no creo que lo entiendan, me miran como si estuviera contando La Cenicienta, me miran y sonríen, ni puta idea de lo que les digo, que si vamos a ir a por pasteles, me preguntan, que si hoy no se merienda, me preguntan, o qué.

Hay un montón de gente en la cocina. Hoy es el cumpleaños de mi madre y están haciendo la cena y gritando como gallinas, y hay, un montón de pollitos en torno a ellas, Carlitos el peor, corren de aquí para allá y en todos sitios te encuentras uno, abriendo los cajones, debajo de la mesa, perdido, y todo el mundo buscando al niño, ni en el ropero, ni en casa de la vecina ni en el ascensor, ni en el trastero, y a otro, lo han metido en el bidet los primos, a presión, a ver si cabía, y ahora no sale de ahí ni a la de tres.
Huele a muchas cosas y todas son bonitas.

Hay fútbol. Mis cuñados han puesto la tele a todo carajo. Antes de que cenemos, a uno de ellos habrá que sacarlo al balcón a que respire, porque cuando le marcan a su equipo se pone como un tomate y las venas se le hinchan y se pone a decir tu puta madre tu puta madre hasta que se asfixia. Les conozco desde chico, desde que íbamos a jugar a la guerra de piedras a la fábrica, que estaba en ruinas y era nuestro cuartel general. Era un juego fácil; había dos bandos, y había muchas piedras. Eso que tiene mi cuñado Javier en la frente, es de una de las gordas.

67 años. Una vela, no vaya a ser que se vacíe de soplar. Antes no había pañales de papel celulosa, se lavaba mucho, y a veces, a mano. Tampoco se podía besar en la calle, porque te pedían el carné, ni había otra salida, te tenías que casar para salir de casa de tus padres, o eras una puta, una perdida, por la puerta de atrás te ibas.
Muchas de las que salían por la puerta grande y vestidas de blanco, terminaban preguntándose que tenían que hacer para salir de casa de su marido. Por la puerta de atrás, no había otra. Y no te ibas.
Tantos disgustos, y está guapísima, con su pelo de peluquería y su sonrisa, sus ojos pequeños, su nombre de madre. Lo ha visto todo. Se nota.
A veces me abrazo a ella y la beso en la mejilla, de pronto, porque sí, como mis sobrinas, porque, he estado mucho tiempo fuera, por ahí, lejos, viviendo otras vidas, ya de chico era malo, malo no, que no daba una, raro, que era raro, como al revés, decía mi madre.

Miro a mis sobrinas, que son dos Panzers, pero veo dos animalitos pequeños e indefensos con zapatillas de lentejuelas a lo Hanna Montana, y en vez de cagarme en la madre que las parió, otra vez-que era un DvD nuevo, coño, y la semana pasada se cargaron una maceta de geranios y mancharon de ketchup todo el techo de la cocina y hubo que pintarlo y ¿quién lo pintó?: yo-, pues eso, que me callo, y me apetece que me atenacen con sus brazos, una a cada lado, y sentir que estoy aquí.

¡Zasca toma Pumba cataplón! a la mierda, a alguien se le acaba de caer una bandeja de ensaladilla rusa al suelo, plof, se ha escuchado primero, y luego el plato, que se le ha resbalado, crack crock o yo no sé, como suenan los cristales, están todos los niños subidos encima del sofá, para no pisar, y una con la escoba y la otra con la fregona y la otra llorando porque ahora hay que hacer otra ensaladilla, que tonta que soy, que el otro día me fui al colegio sin el niño, dice, el niño durmiendo, y yo en la puerta del colegio sin niño, anda, pero si me he dejado al niño, digo, es que yo no sé desde que me he divorciado, lo que me pasa, y las niñas, ay las niñas, que me tienen loca, de pastillas me tienen, me pongo a pelar patatas, ya se me pasa, pelando patatas se me pasa.

¡Gollllllllllllllllllllllllllllllllllll!
No veas la que se ha liado en la sala de estar, parece que hay una carrera de caballos. Tres a uno. Un cuñado mío está llorando, con la cabeza hundida en un cojín, ese ya no habla en lo que queda de partido. Los otros dan saltos y se llenan los vasos de cerveza, tres a uno tres a uno, oé oé oé, y el otro con la cabeza hundida en el cojín, a la mierda la copa, joputa el árbitro, qué suerte tenéis, cabrones.

Tengo un niño subido a la espalda.
Y otro enganchado en una pierna.
A euro por niño, con los dos que me tiran de los brazos y los que miran, diez euros. Para chuches. Pero el rato que están señalando en el kiosco golosinas con el dedo, me fumo un cigarro en el balcón. Barato.

Me apoyo en la barandilla, hace fresco, me da igual, que silencio más rico, la punta roja del cigarro brillando en esta casi noche ya, y ya mismo cenamos, y luego la tarta, y un deseo, seguro que hace lo de todos los años ,no se dicen los deseos Mamá, que no se cumplen, ah, pues yo no me acordaba, dice, da igual, pido lo mismo, pero me callo ¿no? ¿y se cumple?, pero Mamá, si ya lo has dicho, y en alto: que estemos siempre sanos, como una pera, siempre lo mismo, todos los años, podías pedir, una batidora, Mamá, una tele de plasma-“yo pido lo que a mí me da la gana, que para eso soy tu madre”-, un viaje a Grecia- “¿A Grecia yo? Uy que miedo, no no no”-.

Coño, mi hermana, otra. Con una cuchara sopera y haciendo el avioncito: “Toma, prueba”. Y me la mete en la boca y me quemo toda la boca coño coño coño, que me quemo,“¿ A que está bueno?”,Muuuuenísimo, y de detrás de mi hermana sale mi cuñado y me coge por los hombros y me zarandea Rrrrrrrrrrrrrrrrr, y me dice ¿pero tú te crees que hay derecho?, tres a uno, tres a uno, joputa el árbitro, ¿o no, cuñado?, sí hombre sí, lo que tú digas, y los otros por la ventana, dando saltos y con el dedo levantado para que se lo meta éste en el culo, iros al carajo, dice mi cuñado, y a esto, que me sale un niño de las piernas y me dice que si ya han terminado de jugar al escondite, que está harto de estar dentro de la lavadora y que se hace pis, he ganado, he ganado, dice-“Sí Manolito, eres un campeón y has ganado, tus cojones, no como la mierda de equipo que tenemos, hijo mío, ¿y cómo te has metido en la lavadora?, dímelo, dímelo que me cargo a tus tíos, mamones, mucha suerte es lo que tenéis”-, y que mal canta mi hermana pequeña, en vez de a la Pantoja se parece a yo no sé, pero cualquiera le dice nada de la Pantoja, te araña la cara, pero mal que canta mi hermana, a la mierda el cigarro, a la mierda el silencio, y encima llaman al timbre y entran por la puerta un ejército de niños con la lengua azul o verde o negra o rosa, y un montón de chuches en bolsas trasparentes, y empieza un trasiego de cambios, dos verdes por una amarilla, no, tres verdes, vale, y así hasta que hay caramelos pegados en las cortinas y chicles en todos los zapatos, lo mismo bajo a por tabaco, “¿Dónde vas?”, “A por tabaco”, “Toma cuñado, que yo tengo otro paquete”. Lo mismo bajo a no volverme loco. “¿Dónde vas?”, “A no volverme loco”. Y bajo, y el aire me entra por la nariz y siento como me llena los pulmones y enciendo un cigarro, mmmm, qué rico, no me lo puedo ni creer, y escucho el silencio o lo que sea esto, este rumor de voces a lo lejos, de luces encendidas y parejitas echando el primer polvo, de viejas tomándose la pastilla de las nueve, la pequeñita color lila, de cacharros que arden en los fogones de los hospitales, de cadenas del water, de coches de bomberos, de bares llenos de perdedores, de aviones que cruzan el cielo como cortes de navaja, de “hijo de puta, en vez de decírmelo a la cara, me manda un mensaje”, de “te lo dije, que ese tío era un cabrón”, de papá papá papá, quiero una moto, de “Éste es Jose, mi novio”. El silencio se mueve, palpita como una patata frita, si no, ni es silencio, ni es nada. ¡Rigiding Rigiding! El puto móvil: mi madre. Que cuenta veinticinco y falta uno. Que la mesa está puesta. Que suba. Que ya no estoy en Francia, por ahí, vete a saber, en cualquier sitio. Un día la llamé desde Estocolmo, desde ¿Estoquel?, me dijo, ¿Y eso dónde es?,“no Mamá, eso era en África, aquí elefantes, poquitos, ¿qué cómo se llama? Nadia, sí Mamá, es guapa, no Mamá, no está lloviendo, sí Mamá, voy abrigado”.

Ya subo.