16 de marzo de 2010

Juguetes

Íbamos mucho al cementerio. Mi padre nos llevaba los domingos, y como era amigo del guarda, lo convencía para que nos abriera la fosa común. Era un cementerio pequeño, sobre una colina. Desde el balcón de mi casa de entonces, podían verse las cruces sembradas sobre la hierba.
La fosa común estaba llena de cráneos, unos calvos y brillantes como cebollas, y otros, con largas melenas rubias o morenas.

Mi abuelo también era amigo del guarda, y a veces, mientras mi hermana y yo volábamos cometas entre los mausoleos, que era la parte más bonita, él y el guarda se bebían una botella de vino tinto, con queso, y jugaban al dominó.
Mi abuelo hacía las cometas con cañas del río y papel celofán, y la cola, la hacía mi hermana, que iba para costurera, con lacitos de trapo que ella misma se encargaba de elegir, cortar, anudar y organizar por colores.
A mí me gustaban las orugas. Eran enormes, con pelos, y amarillas y negras a la vez. En verano había muchas, se comían las hojas de unas flores con pinchos, que si las movías, soltaban al aire miles de esporas blancas y suaves. También había saltamontes y arañas, y una vez, mi hermana y yo vimos un topo.
El guarda tenía un huerto, con tomates y ajos, lechugas, espinacas … y una cabra que se llamaba Bartola. Algunos vecinos iban a por huevos de gallina, aunque el guarda nunca les cobraba nada, aunque fueran de dos yemas, huevos de gallinas que comían lo que comen las gallinas, bichos del suelo.

Yo tenía una espada de palo, y como mi hermana iba seguro para costurera, le dije que me hiciera una capa, con un mantel de cocina que antes, había sido una bandera con la que coronábamos los tejados, y antes, el techo de una casita que hicimos con ramas, y antes, una alfombra voladora que la ponías extendida en el suelo, y te llevaba donde tú quisieras, y antes, un mantel de cocina.

También tenía un camión de plástico con volquete, era enorme y lo llevaba atado de una cuerda, con mi hermana montada encima vestida de enfermera, por ahí, calle abajo hasta el kiosco, a por chuches, con dinero que nos daba mi abuela.
Mi abuela llevaba el dinero siempre en un pañuelo, en el bolsillo del delantal, un pañuelo anudado, mi abuela iba andando y se escuchaban las monedas tintinear en el bolsillo, abuela, abuela, y poníamos la mano abierta y le quitaba el nudo al pañuelo y sobre nuestras palmas caían dos pesetas, una para ti, y otra para ti.

El guarda tenía una niña, la tontita era, porque por entonces nadie hablaba inglés, y decir Down, era muy difícil. Todo el mundo decía que el guarda se había casado con una prima, y que por eso, pero no era por eso, si no por una rubéola de la madre. La madre estaba enterrada junto al huerto, con una foto en blanco y negro encima de la tumba, puesta en un marco de madera que de la lluvia, estaba todo mohoso y roto, y el cristal, con verdina y empañado por dentro, pero se la veía, vestida de novia, y con la cara blanca como del susto de morirse así, recién parida.
La niña del guarda se llamaba Pepita y cada vez que nos veía venía corriendo a abrazarnos y darnos muchos besos en la cara y a decirnos guapos, tú guapo, daba, unos abrazos que te estrujaban y, lo mismo te cogía de la mano y te llevaba donde el padre tenía la radio, y la encendía y decía que quería bailar, tú guapo, que lo mismo se quedaba mirando la pared, quieta y callada, viendo pasar la sombra de las nubes.

En el cementerio había chopos, y en los chopos había nidos, y de vez en cuando, nos encontrábamos en el suelo crías de vencejos. Se los llevábamos a mi abuela, y mi abuela, siempre nos decía los mismo, que se iba a morir, que tenía las tripitas fuera. Los tenía en la falda dándoles miga de pan mojado, hasta que cerraban los ojos y dejaban de respirar. Entonces, mi hermana y yo íbamos al cementerio con el pájaro metido en una caja de zapatos, lo enterrábamos en un hoyo, y le poníamos encima una cruz hecha con dos palitos de helado.