20 de marzo de 2010

La cosecha de Ana Miller

Si en el vientre de la tierra
tras aquella flor magnífica
sólo quedaron las cenizas de Hiroshima
¿qué cosa queda en mí después de ti?

Me hablas con dragones en la boca
con ojos de taberna y de cuchillos
con los nudillos blancos
la saliva en la cara
me llenas de huracanes, a mí
que soy un junco
y luego
me dices que me quieres más que al aire
como nunca pero nunca va a quererme nunca nadie
que soy tuya
tuya
tuya
de nadie más
mía tampoco, mía menos, nunca mía, mía no
y otras veces
ni me hablas del asco que te doy
yo tan vulgar, tan poco, tan yo y tan menos siempre
de lo que te mereces.

Quería ser barco pirata
un pájaro naranja
un globo
el viento yo, quería ser yo
yo y otro,
y una casita blanca y tulipanes
otro bonito
que me dijera nardos al oído
o quería
la mitad de todo eso
o un poquito
o algo
pero no esto.

Me hundes a golpes en el suelo y me desclavas y otra vez.
Y yo me muero y me desmuero
y ya no sé si de dolerme duele menos
o es que te cansas.

¿Qué queda en mí que siempre te perdono?
Si no es amor, debe ser miedo
¿qué otra cosa movería
con esta fuerza el corazón?