5 de marzo de 2010

La sombra que tenía los dientes de acero

Tengo un enorme trozo de cristal clavado entre la tercera y cuarta costilla.
Me sale por la espalda, a la altura de la axila.
Duele. Me moriré aquí, sola, tirada en el suelo hasta que me coman las tetas las hormigas.
La cocina está destrozada. Hay mucho humo.

Todo empezó porque salí a fumar a la terraza. Había un tío enfrente, en otra terraza, fumando también, y detrás había un salón con cuadros de flores y fotos de la primera comunión, y una niña, viendo a Pocoyó, y pensé, que qué bien que el ser humano estuviera cambiando, haciendo cosas por los demás, y entonces vi una vieja tirando la basura, cada cosita en su contenedor, muy vieja y muy linda, así, atareada en arreglar el mundo, y pensé, coño, a lo mejor, aún no es tarde.
Ni siquiera para mí. Quise llamarle por teléfono. Diez años, joder, cómo pasa el tiempo.

Para los muertos siempre es tarde, eso sí, los muertos se mueren y tú te quedas, recuerdo una tía mía, que se pudrió de cáncer tirada en una cama y cagando en una bolsa de plástico, pesaba treinta kilos, joder, era asqueroso verla allí, parecía un saco de basura.
Los que se quedan, aún tienen una oportunidad.
Supongo que yo ya estoy muerta. Creo que toda la sangre que tenía en el cuerpo se está yendo a la mierda por las juntas de las baldosas, hasta el salón, tal vez más allá, escaleras abajo hasta la calle, hasta la alcantarilla, y luego al río, después al mar, hasta diluirse entre un número que ni me imagino de toneladas cúbicas de agua, para siempre.

Luego recuerdo que, me senté en el sofá. Apagué la tele y me quedé en la penumbra mirando el teléfono, con las rodillas cruzadas. Es bonito ese silencio, de cuando piensas mucho en alguien.
Y de la oscuridad, salió, Eso.

Coño, era, precioso, una bola transparente, como de agua, flotando en medio del salón, brillando tenuemente y dando vueltas y acercándose a mí, muy lentamente.
Eso, hablaba.
Lo primero que dijo fue, hola, cómo estás.
Lo segundo, Soy Eso, ¿y tú?

Yo era un tía con la boca abierta.
Yo qué sé quién era, soy Eso, me dice, como si me conociera de toda la vida, una bola transparente, como de agua, que flota, vale.
Y como no tengo coño de moverme, le digo, yo: Mádison, encantada.

¿Qué eres?, me dice. A mí, que soy yo, flipo, pero le digo que soy, una mujer, de treinta y tantos, algo cansada de la vida, no no, por los tíos y eso, que son unos cabrones, y bueno, no estoy mal, tengo un culo enorme, pero ya estoy acostumbrada, y a veces cocino, y otras, me voy a un chino, sola, sí, es que no me gusta estar mal acompañada, pero voy tirando, riego las macetas, hablo con Clara, que está en Nueva York, de doctora, éramos una niñas y ya quería ser doctora, a veces soy feliz, a veces no, lo intento, todos los días, ¿sabías que …? Pues sí, dentro de poco Venecia se hundirá bajo las aguas, en realidad no sé por qué te cuento todo esto, ni siquiera sé si existes, flotas, joder, y no paras de preguntar cosas, y …

Y cuando estaba diciendo eso, delante de mis ojos, aquello se transformó, coño coño coño, en Bonnie Tyler, y se puso a cantar la del corazón destrozado.
Cerré los ojos y dije, tranquila Mádison. No estás loca. Esto es por lo del italiano, joder con el italiano, qué italiano, o es por lo del trabajo, a la mierda, era un asco de trabajo, será, dije, y abrí, un poquito, los ojos.

La Bonnie Tyler, había desaparecido, menos mal, dije, joder, qué susto, y cuando terminé de abrir los ojos, Eso, salió de la cocina con una lata de coca cola en cada mano, bueno, manos no, no sé, es que se había convertido en un pato, cuack cuack, dijo y todo, pero yo le entendía, aunque hablara el idioma de los patos, y le dije que no, que no quería bailar, y menos con un pato que encima una no sabía en qué coño iba a convertirse de un momento a otro, aunque eso al pato le dio más de lo mismo y me cogió por la cintura y me levantó del sofá y luego hizo Pluf, y después de que el Pluf se evaporara en el aire, allí estaba, agarrándome de la cintura, el mismísimo Richard Gere. No era capaz de levantar la vista del cuello de su blanquísima camisa, pero eso también le dio igual al Pato que ahora era el Gere y antes había sido una cantante con la voz de un minero galés, le dio tan igual, que me cogió de la barbilla y me dio un largo cálido y profundo beso, casi me meo en las bragas, los brazos me colgaban como péndulos, y mi boca, sabía a naranja mandarina.

No eres real. le dije, y volvió a besarme, y yo, volví a decírselo, aunque me daba igual que lo fuera o no, la verdad-¿a quién le interesa la verdad?-, no por eso, si no para que me besara otra vez.
Real, no sé, pero besaba de puta madre.

Y entonces le dije, que si podía convertirse en Arturo, que qué Arturo, Arturo coño, el amor de mi vida, el único hombre honrado que había pasado por mi boca, lo que pasa es que soy tonta, y siempre me quedo con el chico malo, y si es italiano, más, tonta, no como mi hermana, que además de que es doctora, tiene tres niños rubio americano, eso es un hombre, aunque tenga un melón metido en la barriga y no sea muy guapo, la quiere, Clara no es tonta, ella no, mi Clara querida, cuánto te voy a echar de menos, sí, bola que te conviertes en cosas, hazte Arturo, aunque sea mentira, y dame otro beso.

Y bailando llegué con Arturo a la cocina, a lo tonto, con mi cabeza recostada en su hombro de hombre bueno, siempre me perdonaba, hiciera lo que hiciera, te perdono si me invitas a café, decía, y eso hice, le digo: ¿un café?, y yo sé que Arturo sólo era una bola que brilla, pero como me dijo que bueno, aunque no tenía nada que perdonarme-qué bonito, casi lloro-, pues encendí una cerilla, y de repente a Arturo, y a todo lo que había en la cocina, se los tragó una luz blanca y cegadora, aquél ruido en mi cabeza, las ventanas saltando por el aire …