12 de marzo de 2010

Pure

She aparecía de entre la niebla del lago montada en un gran cisne, tan blanco, que hacía daño en los ojos.
She tenía el pelo del color del otoño, le caía por la espalda y los hombros como un arroyo, mansamente, un cauce con peces naranjas que asomaban sus pequeños ojitos entre los rizos.
Nos sentábamos a orilla del agua, y She, abría la boca y de la boca, empezaban a salirle flores diminutas y celestes que formaban palabras en el aire y que olían a recién lavadas, a fresco como una mañana de marzo, y se me metían por la ropa y por las uñas y los calcetines como se mete la brisa entre los dientes.
Hablábamos de todo, de cualquier cosa que fuera de este mundo, a She todo le parecía importante, incluso las más insignificantes, quería saber, saberlo todo, preguntaba, cosas absurdas, por ejemplo, que por qué la gente metía cartas en una botella y las arrojaba al mar, cosas como esas.

A veces me cogía de la mano e íbamos por la orilla caminando, y por donde caminábamos, desaparecía el camino a nuestras espaldas, dejando una gran nada, fría y gris, gris nada, “El camino-decía-, está delante”.
Verla caminar descalza y con la hierba enredada en los tobillos: eso era todo lo que un hombre podía desear a su lado, a veces, deseé entrever su ombligo y el fruto, que uno adivinaba entre sus piernas de jilguero, pero era imposible, porque en cuánto eso pasaba, como aquella vez que quise tocarla con la punta del dedo, She se esfumaba en el aire como el humo, y volvía a aparecer seis metros delante, con los brazos en alto y gritándole a las nubes que llovieran, y llovía, y cada gota, traspasaba la piel hasta la sangre, y la sangre, paría unos perros negros que te destrozaban por dentro los huesos.

Otras veces se quedaba mirándome, totalmente quieta, mucho rato, y a veces yo, me quedaba sin nada que decir, o no era capaz de hablar y estar viéndola así, tenue a la caída de la tarde, casi evanescente y desando que alguien la besara, aunque fuera imposible y terminara convertida en humo.

She desaparecía, tragada por la niebla y montada en un gran cisne, tan blanco, que hacía daño a los ojos, y con ella el oxigeno casi, la luz de las cosas, todo lo que era, sin She, dejaba de ser o no era nada, una nada fría y gris, hasta el día siguiente, a la misma hora, en la orilla, a este lado.