12 de marzo de 2010

Si lo rompes, lo pagas

Si no hubiera quemado todas las fotos en aquella hoguera, ahora estaría, tal vez, sentado en el sofá, tomándome un vaso de leche fría y sonriendo al ver, a todos, los que ya no están.
Podría; pero la única foto que tengo, es la del carnet.

Podría pasarme horas mirando aquella muñequita de goma, una negrita con coletas del tamaño de una nuez, graciosa y con una barriga redonda, que me recordaba al amor de mi vida, la, ponía aquí y allá, encima de la mesa de la cocina, en el baño, en la cama, para que el amor de mi vida la encontrara en cualquier sitio y supiera que había estado pensando en ella todo el día.
Podría, pero, le arranqué los brazos y las piernas a bocados y los tiré por la ventana el día que ella se cansó de ser el amor de mi vida, que la verdad, era muy complicado por entonces.

O mi guitarra Yolanda.
La guitarra de Claire, una joya que ella había comprado en Granada, una pieza única que cruzó Francia hasta Suiza para que yo, una noche de fiesta me subiera encima y le partiera el alma en dos, aunque era una pieza de artesanía y Claire la amaba, sólo era una guitarra, porque no era mía, porque no se llamaba Yolanda.
Pero Yolanda …
Sonaba a mar. Nunca como quise. Siempre mejor. Jamás debí ponerle nombre.
Crujió bajó mis pies en una esquina de Praga, y eso fue lo último que dijo.

Me hubiera gustado conservar algunas de las cosas que me hicieron feliz y no tener que acostarme todas la noches, sin más equipaje que este tatuaje en el brazo con serpientes feroces.