28 de abril de 2010

La parte que me gusta de estar vivo

La rubia tenía un tatuaje en el tobillo que decía “Fóllame”, yo, de alemán, una poca mierda, pero una polla es una polla, y aquello, era una polla.

Resulta que la rubia hablaba latin lover, lo suficiente, para mandarme a tomar por culo. “Soy lesbiana”. Vale. ¿Y la polla? Y entonces la novia de la rubia, una rusa de metro al cuadrado, se me acercó por detrás y me dijo al oído, mientras me cogía de los huevos, que si no aprendía alemán iba a tener muchos problemas.

Rufina la negra, que era puta de hotel y me quería un poquito, vino riéndose de mí desde el final de la barra de aquel bar y me sacó de allí a la puerta de la calle y me dijo: “Pide un taxi”.
Taxi, en alemán, es ¡Eh!

Me llevó a una sala de fiestas donde unos compadres suyos tocaban esa noche, y nada más llegar, Rufina, que lo iluminaba todo con su espléndida sonrisa, me quitó el sombrero, me peinó con las manos el cabello hacía atrás, me mandó callar y agarrándome de la cintura con aquellas enorme manos negras de palmas blancas, me sacó a bailar una de Benny Moré.
“No tengo dinero”, le dije, y ella,me dijo que ni falta que hacía, que era su día de descanso.
A Rufina no había quien la tumbara, en cambio, a la tercera copa, yo ya estaba derrumbado en una mesa , mientras la negra, bailaba en el centro de la pista con uno que era timbalero. Salí a la calle. Hacía frío. Era muy tarde. Siempre era muy tarde y el suelo de los sitios donde no era feliz, siempre estaba frío.

“Se te va a helar tu culo blanco, amorcito”. Me dio un beso en la mejilla y se sentó conmigo en el escalón. Pasé un buen rato anidando entre sus tetas, con las orejas calentitas, mientras me contaba otra vez porqué era puta, y cuánto echaba de menos a sus hijos. Luego me preguntó, “¿Y tú por qué eres idiota?”; pero en vez de contestarle, me acurruqué más en aquella madriguera y dejé que el silencio hiciera el resto.

“Cada vez que te acuerdas de Ella me toca a mí curar lo que te pudres-mascullaba la negra mirando la Luna-. Maldito español de los cojones”.

Desde que un día me partieron la cara por la negra Rufina, que le había sacado un cuchillo grande a un delegado chino del gobierno porque quería besarla en la boca y la boca de la negra, decía ella, era sólo suya, Rufina siempre había aparecido de repente en el momento justo, y siempre antes de que alguien me cortara las pelotas. El chino aquél cabrón sabía kunfú, su puta madre, me puso la boca en la nuca y me quedé allí tirado en la calle de atrás del hotel de donde Rufina, sacaba la plata que mandaba al Caribe.

“Te quiero negra”, le dije, y ella, me dijo que estaba de descanso, que si quería echarle un polvo, que mañana, pagando, y veinte minutos, como todo el mundo, y luego, me dijo, “Papito, te llevo a casa”.

La cama de la negra olía a limpio, y aunque estuviera tan borracho, la verdad es que aún me salía acostarme en el sofá, la negra, solía sentarse en una mecedora a mirarme hasta que me iba de este mundo, que era pronto, y luego, no sé qué hacía, pero por la mañana, siempre amanecía envuelto en una manta, y sin zapatos.