29 de abril de 2010

Sala de máquinas

Me he sentado a esperar a Paul en un banco de la planta de medicina nuclear, no...me han dejado entrar, me ha mirado antes de desaparecer del todo por el largo pasillo hasta no sé qué habitación con máquinas y, me ha dicho como siempre con los ojos que me quiere, que no me preocupe, que todo, va a salir bien, y yo como siempre con los ojos, le he dicho que lo quiero, aunque no salga bien, que estaré aquí sentada, leyendo y, he abierto el libro por la página ciento no sé cuántos exactamente, por tener algo entre las manos, que no sea miedo.

A mi lado se ha sentado una señora mayor, mayor de esas señoras de colonia asfixiante y zapatos negros como de misionera, es, como si todas las flores del vestido que lleva hubieran florecido de repente al sentarse a mi lado, un vaho que me aturde, de selva, de pantano, un olor asesino que no deja vivir otros olores, tal vez, si algún día soy mayor, mayor de bolso lleno de recetas y fotos de sobrinos sinvergüenzas y lindos, tal vez huela a maceta, así, a tienda de regalos, no sé, a que ya no distingo la vida de la vida. Pero nunca me pondré unos zapatos como esos. Lo prometo.

Me he levantado y he salido a la calle. Hace un día estupendo y están cortando el césped.

Mi primera vez fue una catástrofe. No sé por qué me acuerdo en este momento de algo como eso, cuando ni siquiera me acuerdo de cómo se llamaba aquel chico, ni qué cara tenía, ni qué música estaba sonando. En cambio, me acuerdo de que fue una catástrofe.
Y luego llegó Paul, y con Paul, todas las primeras veces que quisimos, siempre la primera, aunque fuera ayer mismo, aunque hayan pasado trece años de la primera primera vez con Paul, porque con Paul, hasta las catástrofes, parecen la primera.

Una vez me dijo, que si dejaba de quererme algún día, borrara de la faz de la tierra su memoria, como si nunca hubiera existido. Sé a qué se refería. Por eso le amo.

Vuelvo dentro y me siento en el mismo lugar y vuelvo a abrir el libro exactamente por la misma página, la vez número creo, treinta y dos, no sé si exactamente.
Ha salido un médico y me ha preguntado que si he desayunado, porque, me ha dicho, una de las pruebas tiene que repetirse, todo está bien, pero, sí, le digo, ya sé, tiene que repetirse. Es incapaz de mirarme a los ojos más de dos segundos seguidos.

La señora de los zapatos que nunca me pondría está firmando unos papeles en el mostrador. Está sola. Ha llegado sola y se va sola. No quiero unos zapatos como esos.

Ya no sé cómo sentarme. Me pregunto qué sé.

Debo estar preciosa. Paul siempre dice que cuando me pongo triste soy la mujer más linda de la tierra, qué pena, porque no quiero que nunca estés triste, dice, no me importa, en serio, verte sonreír cada minuto de mi vida y que la chica más bonita del planeta sea, otra cualquiera. Luego se ríe, siempre lo hace cuando dice algo que no tiene gracia. Yo también me río. Tarde o temprano siempre lo consigue.

Ahí está. Cuatro horas. Cuando no tienes nada no estás cuatro horas encerrado en una habitación con máquinas.
Sus manos se pierden en mi pelo cuando me arrojo a sus brazos.
No decimos nada. Trece años dan para mucho.
Sobre una baldosa cualquiera del suelo, allí nos amamos más que nunca.

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