15 de abril de 2010

Tuareg

Y entonces el maestro de francés, al que llamábamos “El Búho”, por sus enormes gafas de pasta postmodernas color Burdeos, sacó de una caja de cartón un pequeño tocadiscos, lo puso en su mesa, enchufó el cable a la pared, abrió la tapa y puso un disco de vinilo de los grandes, ante la expectación de todos nosotros, que de cerca, nunca habíamos visto nunca un aparato de esos, como no fuera en un bautizo, claro, que en los bautizos, discos como aquél no se ponían ni de lejos, se escuchaba a Juanito Valderrama cantando El emigrante o a los Chichos contando historias de yonkis y mangantes, así que cuando El Búho le puso la aguja encima, y aquello hizo Tatachán Tatachán, la verdad, nos asustamos.

El Sapo, los hermanos Camacho y en general todo aquél que no quisiera quedar como un idiota, empezaron a reírse y a decir en voz alta, que aquello era música de maricones, que vaya mierda, que toma, una bolita de papel en la calva del Búho, que tenía los ojos cerrados, porque decía, que así era como se escuchaba a Beethoven.

El Búho era muy cabrón, te cogía por las patillas del pelo y tiraba hacia arriba hasta que ni de puntillas dejabas de sentir todo el peso de su justicia, y cuanto más chillabas como una puta rata, más tiraba el cabrón, y luego, castigado al pasillo, así que en el pasillo, aquel día, había media clase. O sea, los de siempre. Aunque la verdad es que nunca se quedaban en el pasillo, sino que se iban a los servicios, y se hacían pajas, a ver quién se corría antes.

En mi clase olía a goma de borrar de nata y a lápices, a bocadillos de chorizo, a Barón Dandy-la colonia del Búho-, a galletas de chocolate y a celtas sin boquilla, porque los Camacho, era lo que fumaban, celtas sin boquillas que robaban en el quiosco mientras Doña Pepita estaba entretenida leyendo novelas del oeste Estefanía.

Cuando terminó la quinta sinfonía, yo estaba perdido no sé dónde, y en mi pupitre había un charquito y la cara me picaba de llorar. El Búho, nos dijo que aquel tío, el Beethoven ese, es como si llamara a las puertas del cielo, porque se estaba quedando sordo y quería que alguien, le abriera.

En el patio del recreo había un árbol, y debajo del árbol, los peores de la clase aprendían a hacer porros y afilar navajas con una piedra, hasta que cortaban tanto que daba miedo mirarlas.

“Mariconazo”, me dijo el Sapo, “que has llorado ,niña chica, anda, que no te cabe na” . Yo no era ni de los buenos, ni de los malos, los niños del coro, me dejaban jugar con ellos a las canicas aunque hiciera un rato hubiera estado fumando celtas debajo del árbol del patio del recreo con los malos, y los malos, me enseñaban a saltarme la tapia del colegio por un sitio que daba, justamente, al colegio de las niñas, que estaba enfrente y era de monjas.

Alguna vez había evitado que los Camacho le hicieran un gazpacho a uno de los buenos, un gazpacho, era, que le bajaban los pantalones, y le metían dentro hierba y bichos y tierra o lo que fuera, y alguna vez, había ayudado a aprobar mates al Sapo o al Julián o al Caraculo, así que andaba en tierra de nadie, pero por donde a mí me daba la gana, incluso, el Búho, me había dejado aquel disco que hacía Tatachán Tatachán, para que me lo llevara a casa de una tía mía que tenía un tocadiscos, y eso, que días antes, el Búho me había echado al pasillo porque yo había escrito en la pizarra, “Vivan las tetas de la profe de lengua”, pero como no tenía ni una falta de ortografía, no me cogió de las patillas ni nada, bueno que, me dejó el disco, y cuando lo puse en casa de mi tía, que había salido a por fruta, me hice un porro con una chinita de hachís que el Sapo me había regalado, subí el volumen, cerré los ojos, y lloré todo lo que quise, mientras el tío aquél, que era sordo, llamaba a las puertas del cielo.