17 de abril de 2010

Vuelo sin motor

Tras el cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias, la pérdida de todos los reflejos del tallo cerebral, y si no has muerto asquerosamente solo en algún glaciar de Groelandia, sobre una duna del desierto de Nevada, una habitación de hostal en pleno vientre de la madre Rusia o un charco a la boca de un metro londinense, un barbilampiño y despeinado becario de hospital te cubrirá la cara con una sábana mientras en la sala de espera, de pie frente a quien fuera que formó parte de tu vida, la voz en off del hombre de la bata blanca, dice que lo siente.

La temperatura de tu cuerpo bajará casi un grado cada hora, tu frente estará fría antes de que las últimas personas que te amaban, se bajen de un taxi en plena noche y aparezcan en la 312 envueltos en lágrimas, y te besen las sienes y digan, que aún estás caliente, tus labios y tus uñas tomarán el color de la ceniza, tus ojos, se hundirán poco a poco en el cráneo, velados por una niebla como escarcha, y antes de que salga el Sol, estarás metido en una cámara frigorífica y oscura de acero inoxidable, y poco más tarde, antes también de que tu piel se llene de burbujas, de que te hinches y crezcas de forma grotesca, de que gotees por todos y cada uno de tus poros, en otra de madera, y todavía un poco después, emparedado a dos metros del suelo en un cubículo con nombre, tu nombre, quién quiera que fueras, si es que eras alguien.

A las tres semanas la piel y el cabello, podrían arrancarse con las manos fácilmente, sería, como pasar el dedo por una tarta de nata, los gases, te habrán inflado tanto que, podrías ser un globo en una feria, aunque en realidad, ahora eres un nido de moscas y de larvas, un manjar tierno y sabroso, un festín de insectos nada diplomáticos que devorarán hasta el último atisbo en ti de rastro humano, para el verano, serás si acaso huesos, y años más tarde, una dentadura perfectamente blanca brillando en la terrible y negra soledad de tu nuevo domicilio.

Fuera la vida continua y crecen las violetas, todo da vueltas, tus hijos ya se afeitan, tu mujer se ha cansado de llorar y ha conocido a un buen tipo, se lo merece, siempre hay un buen tipo, tu perro, le adora, tu foto, sobre la chimenea, ha desaparecido y ahora hay, una bailarina balinesa y los domingos, sobre la barbacoa, chuletas de cordero y sobre el césped, los hijos de tus hijos tumbados panza arriba como gatos, señalando las nubes con el dedo y haciendo otras cosas importantes.

Está en la terraza. Asomada al resto de su vida y deseando que le digas que lo sientes, que la abraces, ahora que, todavía estás caliente, que respiras, que aún eres alguien.