20 de mayo de 2010

¿De qué me estás hablando?


¿Debo sacrificar mi hermandad con alguien que lleva mi misma sangre, porque su actitud hacia otro con otro color de piel es lamentable y bochornosa? ¿Dejar de abrazarle? ¿De celebrar la vida?
¿Debo entender su postura, en este mundo cada vez más redondo y pequeño donde todo se alea y se mezcla como era en un principio?
¿Debo dar la espalda a un hermano para defender a otro aunque no lleve mi sangre debajo de su piel de aceituna o azul?

Pero antes, me sentaré a la mesa con mi hermano y le hablaré de sus hijos y de los hijos de esos a los que no considera sus iguales, le hablaré de las culturas milenarias y hermosas derramadas por el mundo, de cómo y cuánto se ama en la miseria, de por qué la gente se pregunta precisamente por qué existen las guerras, de qué pronto y en silencio llegan los males a llamar a las puertas, a cualquier puerta, y lo desolador de sentirse sólo, visiblemente olvidado.

Le hablaré y partiré el pan y le miraré a los ojos buscando un atisbo de duda, porque con que sólo vea una minúscula duda en sus ojos, mi hermano aún será mi hermano y no el hermano de los diablos poderosos que rigen la vida en el planeta, la vida de otros de la misma especie y de especies diferentes, de osos y caballos y alces y leones, le hablaré de nuevo de qué clase de legado dejará a sus propios hijos, si cuando estos crezcan, ya no quedará nada sino más hijos de diablo que se devoren entre ellos como caníbales.

Porque en eso consiste la vida, entre otras cosas fáciles, en no dar la espalda a quién te necesita, en ofrecer la oportunidad del diálogo, yo, también puedo cazar un antílope por placer, también puedo no ser feliz con mi enorme nariz ni mis tetas pequeñas y enfadarme con mi vecino hasta el fin de los tiempos, desear el mal como un arma y empuñarla en mi propio beneficio, puedo llenarme de una insana locura y creerme el rey del universo, pero ese, no es el camino, si no el que han dejado otros, antes que yo. Lo sé, porque lo he visto.

Y si mi hermano no claudica, si no pone ni un sólo grano de arena, aún seguirá siendo mi hermano, y aunque mi propio hermano sea su propio rey del mundo, aún seguiré buscándole en los ojos la sombra de la duda igual que busco en los míos cada día si lo estoy haciendo todo lo bien que puedo o debería, si me acuerdo de que estoy aquí de paso, no para siempre, de que sólo soy un hombre, y que de mis acciones, dependerá el futuro de aquellos, a los que tanto amo.