16 de mayo de 2010

Dilururi


Me acerco por detrás como una sombra y la empujo con la polla hacia el lavabo y abro el grifo y la tomo de las manos con mis manos y las froto con jabón mientras le quito de una oreja y luego de la otra con los dientes los pendientes y los escupo al puto suelo. “Hijo de puta”, me dice en voz baja con los ojos cerrados.

La cojo del pelo y la obligo a girar la cabeza hacia la izquierda dejando al descubierto su cuello blanco e interminable, y la muerdo, con ganas, sin mentiras, hasta que es un erizo y cada poro se le abre y esputa que está viva. Le estrujo los pezones con los dedos y de la aorta, con la lengua, abro un camino hacia la clavícula, el omóplato, los hombros, y la axila: mi dulce favorito.

Y de pronto se gira y me besa y me derrota y me clava las uñas en el culo y veo sus ojos y sé por qué la amo, por qué mataría por ella una y otra vez, por qué y en qué caos sería capaz de convertirme si un viento hijo de puta quisiera arrebatármela, y de pronto me llena la cara de sus manos y me muerde en la nariz hasta que lloro y me trama un tatuaje con los dedos mojados en saliva, sobre el pecho, que dice “fóllame”, y se aferra a mi cosa tan fuerte que puedo notar como las venas no son venas sino ramas y troncos y raíces y la tumbo, sobre la alfombra de flores de la ducha. Su coño huele a fruta y sabe a té, y toda ella a hierba, recién cortada, hierba, la abro de piernas y la escarbo como un perro.

La veo cabalgarme mientras se hace con el pelo una cola y aguanta entre los dientes las ganas de gritar para el final y pienso, a la mierda los griegos y sus dioses, tú eres mucho más que perfecta, pienso, eres real y te amo tanto, y entonces sonríe y alza hacia el techo los brazos y ocurre que es el momento de gritar y grita y cada uno de los azulejos de la pared se cristaliza y se quiebra atravesado por el rayo de su voz y estalla en mil pedazos, mientras fuera en la calle una ambulancia se salta los semáforos, grita amor mío, grita que el mundo sepa cuánto y con qué poco se puede ser feliz, y el gato, corre a esconderse debajo de la mesa mientras ella me susurra al oído: “Quiero que te corras en mi boca”.