21 de mayo de 2010

En sus zapatos


“¿ Y tú y yo qué somos?”, me preguntaba, a veces, y yo a veces le contestaba, y otras la besaba en la puta boca.
“Novios, no somos. No tienes cara de novio. No estamos casados. Tampoco somos amigos, los amigos no...ya sabes, eso que hacemos por los rincones de la casa”.

Pues tú eres tú, y yo, soy yo, le decía mientras encendía un cigarro para que me dejara tranquilo, porque tenía la fea costumbre de no dejar que me acercara si antes no me comía un caramelo de menta después de un cigarro.

Nunca la convencía, nos sentábamos en un banco y mientras la escuchaba pensar, me preparaba para otra de aquellas preguntas raras de mujer, porque si era algo, era muy mujer.

“¿Me quieres?”, decía al rato mirando no sé dónde coño, porque yo miraba, y allí no había nada. En realidad me daban ganas de mandarla a tomar por culo, pero no tenía huevos, porque a pesar de que era, muy mujer, los huevos que tenía ella, eran como de borrico, y la verdad, enfadada, daba mucho miedo.
“Piensa tío”, me decía yo a mí mismo, “Un sí, es poco”.

Al final no decía nada, sacaba un caramelo de menta, me lo metía en la boca y lo chupaba, y entonces, le cogía la carita entre las manos y la miraba fijamente a los ojos, muy de cerca, y se lo decía: “Más que a mi vida”. Y entonces se encendía y los ojos le brillaban como estrellas y esa era, toda la luz que me hacía falta hasta que amaneciera.
“¿Pero me quieres o no?”. La verdad es que era, complicado quererla tanto.

Siempre quería más. Quería sentirse la mujer más hermosa del mundo para mí, la más bonita, de hecho, la única, y desde luego, caminaba como tal, y aunque sólo medía uno sesenta, cualquiera hubiera dicho que era enorme, tan ancha, como una avenida.

No he conocido otra igual. Ni tan ancha. Ni tan mujer. Por muy altas que fueran, guapísimas o rubias de la muerte, ninguna se encendía como ella, ninguna era una luz en mis tinieblas, ni una avenida, y menos, les importaba demasiado qué, o si éramos algo.

Ahora sé qué hay donde miraba. Nunca hubiera pensado que el amor, flotaba.