30 de mayo de 2010

Escribe cuando llegues a Ataraxia


Y otras, tocaba a una velocidad tan extraordinaria que a los cinco minutos las yemas de los dedos le sangraban y unas finísimas volutas de humo se desprendían del mástil como la bruma de un río y se perdían volando igual que pompas de jabón por las calles de Moravia. Era increíble y daba miedo, y ni a las patrullas nazis se les hubiera ocurrido molestar al ciego o hurgarle en los bolsillos buscando un documento comprometedor, uno de esos pasquines mal impresos y con prisas en aquella lengua arácnida e impronunciable pare ellos y que solían circular de mano en mano entre las sombras, una razón-cualquiera-, para esparcir sus sesos de insurrecto por la acera, las paredes, los carteles de teatro anunciando vedettes parisinas vestidas con encajes y mostrando mucho más que las rodillas, por temor a que de pronto, aquel montón de huesos con sombrero y la barbilla apoyada siempre en la madera de un artefacto de sonido sublime y prodigioso del que salían notas que nadie había escuchado jamás, aquel del que decían que de no se sabe dónde había llovido del cielo como el confeti sobre un callejón de Josefov, se girara y de un sólo tajo les cortara la cabeza con el arco del violín, que seguramente, es lo que hubiera hecho el mismísimo diablo, porque Jódoroh Talóv, sin ninguna duda, no podía ser otra cosa si no el mismísimo diablo caminando entre los charcos del infierno en el que se había convertido la ciudad, así, que por si acaso, no era extraño escuchar a su paso un tintineo de monedas rodando por el suelo hasta sus pies, y ya, a lo lejos, la voz aria de un sargento maldiciendo el embrujo de la música aquella que calaba como el frío el cuello del abrigo y se metía por el tuétano hasta el alma hasta que el alma, rompía a llorar y uno se acordaba del pelo de su madre y de los besos, de Frieda en el granero, de los días de clase, de las sábanas bordadas con flores que olían al verano y al espliego y a las manos de la abuela Ilse, hasta que el alma, al tiempo que uno saludaba ¡Heil Hitler! a otra patrulla en dirección contraria o algún vehículo oficial hacia el casino o el burdel de Mamá Claire Calais, hacía crack, y entonces, rezabas para no encontrar en tu camino al hombre del sombrero, nunca más.