10 de mayo de 2010

Historia de un vaso contada por él mismo


Soy un vaso. ¿No es obvio?
Podría parecer que no tengo una historia, que me aburro, que sólo soy, vidrio, un objeto transparente, en mi caso, de forma cilíndrica, fruto de la fusión entre arena de sílice, carbonato de sodio y caliza, a mil quinientos grados. Centígrados. Más o menos. Soy un vaso muy normal, seguramente también se haya utilizado plomo, silicato de potasio, no sé, tampoco me importa demasiado. Me gusto como soy, con todos mis defectos y virtudes, si es que tengo alguna.

El otro día casi me muero. Me parto, quiero decir. Toda mi vida de vaso pasó como una película por delante de mis ojos cuando resbalé de entre las manos de una señora que se asustó de repente porque había visto un fantasma, bueno, los fantasmas no existen, hasta un vaso sabe eso, en realidad era un novio que tuvo cuando aún era joven, hará tiempo. El tío era guapo, ella, la verdad es que estaba hecha una mierda, muy ajada y con los zapatos sucios y el pelo bastante descuidado, en cambio, él era un figurín, con el pelo hacia atrás como mojado y una camisa blanca muy blanca de la que llevaba colgada a una chica con muslos que no eran muslos si no arcos del triunfo, morenísima y con labios de alabastro y ojos de princesa turca, y la señora, en fin, creí que me mataba, que estallaba en el suelo y me convertía en un puzzle de esos que nadie termina, diez mil me imaginaba, trocitos pequeños, me imaginaba, dentro del recogedor, empujado por una sucia escoba y arrojado sin más al cubo de la basura, mezclado con colillas y cáscaras de cacahuetes y restos de achicoria y envoltorios de magdalenas, qué asco, pero no, huy, por qué poco, y gracias al enorme bolso de la señora, que estaba justo en el taburete de al lado, y que por cierto, tenía de todo dentro: rímeles; pinturas; compresas; llaves; un mechero, una barra de labios; otro mechero; tickets de compra del supermercado, la farmacia, la farmacia, la farmacia; otro mechero; una pera-no sé lo de la pera-; una lista rara de cosas raras: “No ser tan tonta a partir de mañana”; “Olvidarle”; “Intentar no arreglarlo todo con crema antiarrugas”; “El frigorífico, no es un Oráculo”; etc. Y una foto con un tío que la abrazaba de la cintura, a ella, guapísima por cierto y sonriendo como si acabara de salir el Sol, un tío con el pelo hacia atrás como mojado y cara de pirata del Caribe.

Pero estoy vivo y quiero celebrarlo. Vivir cada segundo de la vida de vaso que me quede. Dejar de preguntarme, quién soy, de dónde vengo, adónde voy.
Recuerdo el día que llegué a la cafetería metido en una caja de cartón, nuevecito, no como ahora, que ya tengo mil fregados. Aunque si es María la que me tiene entre sus manos, me da igual. Con María estoy a salvo. Tiene las manos suaves, mmmmmm, y mientras me enjabona, canta, es como estar debajo de la ducha, además, siempre me pone en mi sitio, no como Robert, que lo deja todo por ahí y se monta en su moto y sale echando leches, porque tiene una novia nueva en el centro, de hace poco, si hiciera más, lo mismo me dejaba en mi sitio, digo yo; porque las novias a Robert no le duran nada, como el tabaco.

He visto tantas cosas... A veces lloro. No se nota porque soy un vaso, pero hasta un vaso lloraría si lo cogen y lo inclinan y alguien se bebe hasta la última gota de lo que tienes dentro y después dice, llénalo, otro, la última, joder. Pero no es la última, nunca es la última hasta que no me cuenta que su mujer lo está engañando con otro:“Con lo que yo la quiero, no me lo puedo creer, esto no me puede estar pasando a mí, daría la vida por ella, no una, si no un millón de veces-llénalo-, me quiero morir, que puta”.

Y a veces, me río, sobretodo si me sacan a la terraza las noches de verano, qué fresquito, sobretodo si alguien brinda porque hacía mucho tiempo que no se hablaba con otro alguien; porque alguien ha vuelto de muy lejos y alguien lo estaba esperando hacía mucho pero mucho-esos dan saltitos-; porque alguien y alguien se acaban de conocer-esos nunca saben qué decir-, o porque alguien que está dentro de otro alguien pronto va a salir y le van a poner Pablo como al alguien del bigote, no sé, es bonito, y desde la terraza veo pasar los coches con sus luces encendidas y los reflejos me ponen muy guapo, que yo lo sé, brillo de una manera, especial, y me divierto, no todo va a ser siempre estar, medio vacío.

Otra vez una señora intentó secuestrarme. Qué susto. Menos mal que María se dio cuenta, que si no, acabo vete tú a saber, en casa de alguien que me meta en una vitrina y me deje allí quieto para siempre jamás, viendo la misma pared por lo siglos de los siglos amén, qué horror más horroroso.

Aquí soy útil, voy, vengo, me lleno, me vacío, me vuelvo a llenar, María me canta, y por la noche, cuando cierran las persianas, cierro mis ojos de vaso y me quedo dormido escuchando el ruido rosa de las cámaras frigoríficas. Hasta mañana. Otra vez a la batalla de las cucharitas de café, de la gente que va tarde al trabajo, de los niños que cruzan los semáforos camino del colegio, otra vez alguien llevándome a su boca, contándome sus cosas, sus penas y alegrías, sus secretos, es extraño, a mí, que sólo soy un vaso, nada importante, transparente y cilíndrico, al menos en mi caso.