7 de mayo de 2010

Las flores de San Blas


Eran las que menos tiempo tardaban en marcharse. Si llegaban a San Blas muy pequeñas, a lo sumo, seis meses más tarde, ya se habían ido de la mano de algún matrimonio, siempre católico, muy católico, siempre de muy buena posición y siempre en un coche normalmente negro, muy negro, mientras las demás, la despedíamos con la mano abierta y procurando sonreír, aunque por dentro, lo que queríamos, era tener también cuatro años, no puntitas de tetas, para que una señora con pamela nos pellizcara los mofletes y dijera, qué cosa más linda, ¿verdad Ramiro?, y aunque Ramiro nunca decía nada, una soñaba con una gran habitación pintada en rosa y llena de muñecas traídas de París.

Antes de una visita y por supuesto sin que la hermana Gisela lo supiera, algunas nos poníamos la funda de la almohada alrededor del pecho, tres vueltas, muy apretada, y atada en la espalda con un pequeño nudo, y unas a otras, nos decíamos, suerte, al tiempo que nos mordíamos los labios para estar más guapas, o practicábamos caras en el baño, caras de ángel, y aunque nunca vimos uno, nos salía tan bien que a veces, incluso algún Ramiro se nos había quedado mirando como si realmente lo fuéramos, y de no ser por la mirada inquisitiva de su esposa, hasta creo que nos hubiera sentado en sus rodillas.

Lo peor que podía pasarle a una niña de San Blas, además de ser fea, era que llegara “Ese día”. Si eso pasaba, ya nunca te ibas.

De pronto alguna niña se despertaba a medianoche sollozando, asustada y convulsa, y la hermana Gisela, que dormía con un ojo abierto al otro lado de la pared, venía a ver qué cosa le pasaba, si era, que le dolía la barriga, que tenía sueños, o si le había picado una garrapata de las gordas en la ingle, y normalmente, a oscuras, la hermana le arrancaba de la ingle el bicho y le ponía alcohol de la cocina, o se ponían a orar a los pies de la cama si eran sueños, o si era la barriga, la ponía boca abajo después de lo del ricino, y volvía al otro lado de la pared a seguir durmiendo con un ojo abierto.

Pero si era que había llegado “Ese día”, cogía a la niña en brazos y desaparecía por el pasillo, camino del despacho de la Madre Superiora. Lo sabíamos por el reguero de sangre que dejaba en el suelo, y porque cuando volvía, ya no era una niña.