16 de mayo de 2010

Lo baldío que sos sin más palabras que la espada


Decidle a vuestro ejército, mi príncipe
que de la media vuelta, id, con Dios;
pues ya no soy cautiva, ni estoy presa
y es por mi voluntad, que aquí prosigo,
sabed,
que Draco y su terrible dentadura harán
trizas con vos,
a una palabra mía.

¿Veis seda, mi señor, veis, caras vestiduras?
¿No pretendéis acaso mostrarme entre la corte
como a una flor extraña perfumada de la China?

Aquí, mi dulce efebo, lo soy todo,
hija de nadie, ni esposa, ni criada:
sé pescar con las manos salmones y tortugas,
vaciar de tripas un venado, un jabalí,
trepar por las paredes,
correr tras una garza y alcanzarla,
morderla en la garganta,
hacer fuego …

Draco me cubre de hiedra por las noches
ahuyenta con su aliento los demonios,
me toma sin permiso cuando quiere
y cuando quiero, le dejo que me tome,
¿qué haría yo con vuestros rizos
de trigo entre las manos?
¿Tenéis, un falo prodigioso bajo el sayo?
¿Una tea?
Sabed que grito y me desgarro y que blasfemo
no de un sólo Dios si no de todos, una hereje,
decid, que he muerto entonces si aún me amáis,
que el tiempo ha calcinado mi cadáver, que soy polvo,
y tomad por esposa una doncella
que no haya visto con sus ojos un Dragón.