27 de mayo de 2010

Perfectamente


Me tratas, como a un imbécil
tú, tan perfecta y delgada
pasas, delante mía
esperando que te adore,
que te siga con los ojos,
segura de ti misma
y todo tu equipaje de mano,
me pregunto cuánto pesa
todo ese maquillaje, toda esa farsa.
Sí, eres una diosa, no cabe duda;
pero yo, no creo en ti.

Me gustan las gordas, las feas
las que ya no se preocupan
de caerle bien a nadie,
me encantan las narices imperfectas,
las tetas enormes, las cicatrices,
el ser humano huele, está vivo
en cambio tú
para estar viva necesitas esconderte
bajo una espesa capa de mentiras,
rodearte de lacayos y sirvientes
que te abran la puerta del coche.

Sinceramente, me das lástima,
y espero, que ojalá te quedes ciega
para cuando te arrugues,
cuando nadie te quiera,
no te desnuques con la puta realidad.

No, claro, tu no tienes la culpa de ser guapa.
Yo tampoco de que el dulce me empalague,
si fueras más, humana, si sudaras
si me dieras algo amargo; pero no,
pasas
y miras de reojo si me postro,
si antes de que cruces el semáforo,
ya soy tu esclavo.