10 de junio de 2010

Crónicas de Santa Marta: la nevada


Santa Marta es un sitio con macetas, donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad, no tiene una mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, sólo las piedras se acuerdan.
Las piedras, y Don Ramón, que se acuerda de todo. De todo y de Cecille.

Cecille llegó a quedarse como todo lo que llega a Santa Marta, en el tren de las once menos cuarto, y antes de poner el otro pie en el andén, Don Ramón, que por entonces no era un animal invertebrado y arrugado al que se le hace una tarea imposible abrocharse los cordones de los zapatos, si no un hombretón rubio con cara de canalla y unas manos tan enormes que podía partir en dos una farola, antes, siquiera de que ella terminara de echar anclas en el suelo, Ramón El Griego, como aún le llamaban por entonces, la agarró de la cintura y la plantó como a una flor.
En tierra firme.
Siempre que alguien se enamora en Santa Marta, huele a naranjas.
“Huele a naranjas”, dijo ella, y él, no dijo nada.

Todo el equipaje que llevaba Cecille, lo llevaba en la barriga. Siete meses de equipaje. Si era niña, iba a llamarla Soledad.

El tren de las once menos cuarto, hace una parada muy corta, y si lo pierdes, nunca sale otro hasta mañana, y mañana, siempre es otro día.

Sólo hay dos maneras de salir de Santa Marta si has perdido el tren de las once menos cuarto.
Enamorado, o muerto.
Por aquí dicen que si escuchas el click de una farola cuando se enciende, ese día, es que vas a enamorarte, y que las campanas de San Judas tocan a muerto solas, y a los cinco minutos, se muere alguien.
Lo cierto es que Cecille no había corrido tras el tren, si no que lo había visto alejarse lentamente, hacia el mar, que era donde iban, los trenes que te llevan lo más lejos posible, donde terminan los mapas, lejos, del burdel de Mamá Claire y las luces de París.
Por cierto Santa Marta, no viene en los mapas, pero si pones el dedo encima, existe.

Desde que era un niño con sangre en las rodillas, Don Ramón se había sentado en aquel taburete del Brillante, era su sitio, y cuando entraba en el bar de la estación, si estabas sentado en su taburete, te levantabas, y te ibas a otra parte.
Se hubieran podido construir los cimentos de la Atlántida en su espalda, hace tiempo, mucho tiempo, cuando la gente le llamaba El Griego.

Desde aquel minarete con patas y asiento de madera, la invitó al segundo café, porque Nicolás, que todavía no se había muerto de una tos para dentro cinco minutos después de que sonaran solas las campanas de san Judas, Nicolás, que era el hombre más bueno el mundo, la había invitado al primero y a un pastel con guinda encima.
A Nicolás de dijo gracias. Al Griego, sin decir nada, que la cogiera otra vez por la cintura.

Se casaron un mayo a las siete de la tarde, bailaron el Sirtaki, y dos meses después, en pleno Julio, mientras nacía Soledad, Cecille cerró los ojos, dijo, “Merde”, y se murió.
Nadie excepto el griego vio la nieve, cubriendo de blanco el almanaque, el río, los tejados...