4 de junio de 2010

Deja las llaves, en el buzón


Está embarazada y me ha dicho que va a ponerse estilo perro y por detrás, por lo del niño, y la verdad es que tiene una barriga impresionante, pero es barato, es tarde, y no he visto a nadie más por las esquinas.

“No me cuentes la historia de tu vida,” digo en voz baja; pero ella, sigue con lo de que si al novio lo tiene en el talego, la madre vete a saber dónde, y otros dos niños en Asturias, con unos que tienen mucha pasta.

Amanece. Siempre amanece.

Está bonita con el pelo recogido, con sus horquillas y esa flor y esa manía de mirarme la cartera y esa vergüenza de mentira:“¿Me invitas a café?”. Esa desgana, de irse sola a ningún sitio: “Mejor, te invito yo”.
No es mala idea. La última vez que llegué a casa, quería comerme, tragarme entero y escupirme en algún sitio seguramente frío, asqueroso y mojado. Un water, por ejemplo. Uno en las afueras.

Le quito el cigarro de la boca. Le acerco la taza de café. Me mira como a un oso de peluche.
Me coge la mano y la pone en su impresionante barriga y me dice que va a ser futbolista.
“¿De qué equipo?”, le pregunto.
“De los que ganan”, me dice. Ahora llora. Lo sabía. Todas las putas lloran antes de besarme. Por lo menos las que van a besarme. Y esta llora. Y yo estoy cerca.
“La boca es mía”, me decía hace un momento, mía y de nadie, tuya no, ni por dinero, mía, te lo doy todo, menos la boca, la boca es mía, mía y de nadie.

Cogemos un taxi.
La casa, se está quieta.
Sale de la ducha y dice gracias con los ojos.
Cierro los ojos.
Y me abraza.
Su boca es ahora de mi espalda, de mi cuello y mis orejas, mis mejillas, mis párpados, y luego: mía. Quiero decirle que se vaya, que se lleve su pelo con flores y su novio y su madre y sus dos hijos y el tabaco. No quiere dinero. No quiere que hable. Quiere más. Quiere que me calle.

La culpa es mía, que voy comprando amor a plazos, mía y de mis manos y mis ganas de que alguien me desgrane, me abra, mía de darme, de mis ojos pidiendo que me salven, de mis preguntas, de mis ansias: “¿No te da miedo, ser una jaula?”, mía y de nadie, como su boca, siempre me pasa, que me envuelven en papel de regalo, me ponen un lacito, y sueñan que de pronto son el mar, la nieve, una estrella, que la cama es una alfombra voladora, que mañana no existe, que hay vino en la nevera.

Brindamos. Por los sueños. Y las gotas, resbalan por su vientre dando, largas curvas.