26 de junio de 2010

Klein y yo


Tengo un osito de peluche. Se llama Klein, y lo encontré medio muerto bajo las ruedas de un coche.
Klein es un osito despeinado, sin boca y con dos botones en los ojos. No es del todo feo, pero por mucho que lo meta en la lavadora, conserva ese aspecto desaliñado del que ha vivido mucho en muy poco tiempo, y al contrario de otros ositos más afortunados, a Klein, se le ha olvidado ser suave.

Al principio pensé que era él quien me hacía compañía.
Me sentaba en la única silla de la casa frente a la única mesa y hundía la única cuchara en el único plato y le miraba, y estaba allí, donde yo lo había puesto, recostado sobre el frutero, quieto, mientras escuchábamos la radio.

Nunca le hablo. Sé que dentro sólo tiene trapo.
Pero si no le veo le echo de menos. Cuando salgo de viaje a ningún sitio, es al último a quien meto en la maleta, y cuando llegamos, a no se sabe dónde, le saco y le siento encima de la cama y aunque nunca sabemos por cuánto tiempo, pienso: “Ya estamos en casa”.
Si hay al menos una silla, es un hogar.

Un día lo olvidé en el andén de una estación. Tomé aquel tren y cuando estuvo a veintiséis kilómetros, metí la mano en la mochila en busca de Macondo, y encontré el hueco que Klein había dejado. Sentía como el viento se colaba por un agujero en el estomago, por donde podían verse los árboles y las casas y los perros meando en los cubos de basura, camino de vuelta a la estación.
Y allí estaba, mirando las vías, con los brazos colgando y la espalda apoyada en el banco, esperando junto a un cenicero lleno de colillas que alguien le abrazara.
Era el osito más pálido del mundo y me necesitaba y ni siquiera sabía cómo pedirle perdón a algo que entre las manos sólo era un montón de trapo y que por mucho que lavaras, siempre estaba triste.
Le abracé contra mi pecho y en voz alta le dije, que nunca más se volvería a sentir solo.
Había una señora que venía de la compra y nos miraba con cara de asustada, mientras subíamos al siguiente tren, con la certeza, de que estar locos, era lo mejor que podía pasarte si por dentro, sólo tenías trapo.


Klein