5 de junio de 2010

Los lápices que sólo dibujaban Unicornios


Aprendió a dibujar en el trastero. Tenía siete años y una caja de lápices que sólo dibujaban Unicornios.
Llenó cuadernos y cuadernos enteros de caballos, caballos blancos de ojos negros y profundos como pozos, mientras abajo en la cocina, mamá lloraba y se tapaba la cara con las manos.
Al día siguiente, había un jarrón con flores en la mesa: “¿Me perdonas? No quería hacerte daño”, y mamá, por muchas manchas de sangre seca que hubiera estado limpiando en la cocina, que los huesos le dolieran o que ella se quedara mirándola desde las escaleras con los dedos cruzados muy muy fuertes a la espalda, siempre, siempre, le perdonaba.
Había una ventana en el trastero, una ventana con Sol, un cielo y pájaros. Si mamá fuera un pájaro, pensaba- con los ojos cerrados-, sería un colibrí.
Pero mamá no era un pájaro. Mamá era la que hacía la cena, recogía la mesa, fregaba los platos, se pintaba los labios, entraba al dormitorio, se quitaba su bonito vestido y le perdonaba una y otra vez con las piernas abiertas y un hilo de baba cayéndole por la comisura de los labios.
Quiso odiarla. Porque no era un pájaro.
Porque al día siguiente o al otro o cuando él quisiera y en cualquier momento, la llamaba guarra, puta y mal nacida y con sus manos de herramientas la cogía del pelo y la arrastraba como a un saco de mierda por el suelo de la casa hasta que se cansaba de insultarla y caía como el plomo en el sofá y decía, “Tengo hambre”, y mamá, barría con la escoba los cristales y encendía el fuego mientras ella, salía de debajo de la cama y se encerraba con llave en el trastero y se mordía los labios para no llorar, porque si lloraba, no podía contar estrellas en el cielo, y las noches se hacían, interminables.
Quiso pintar arena y musgo y pedestales con estatuas y árboles caídos y diablos; amaneceres malvas; la tristeza, pintar cómo los grillos tocaban un concierto de violín en Re menor; un corazón en bancarrota, rojo y redondo; una pecera, nubes, nubes agrupándose en el cielo como gotas de aceite en un plato de agua y que llovieran sobre el techo de la casa. Y en vez de eso, pintó un Pegaso.
Luego un Dragón, un Minotauro; ranas con capa y con espada; Elfos, Sílfides, Sirenas; Duendes, y hadas, muchas hadas.

Era bonita, muy bonita, tanto, que daban ganas de besarla porque sí, y eso, es lo que su padre, que nunca ni jamás la había abrazado, intentó la primera y la última vez, que la tuvo sentada en sus rodillas: “Si me tocas, te arrancaré los ojos mientras duermes”.