27 de junio de 2010

Registro vocal nº 9


Dicen que si enciendes un cigarro con la llama de una vela, muere un marinero.
Ninet se ahogó en la piscina, mientras yo removía el azúcar del café. Tenía siete años, y lo último que vieron sus ojos, fue un montón de burbujas que buscaban el cielo mientras, el poco aire que cabía en sus pulmones, la dejaba sola.
Fue sólo un minuto. Tenía los manguitos puestos. Hacía sol.

Dos años más tarde, Marie ya había intentado suicidarse cuatro veces, y a la quinta, incluso creo que lo consiguió, porque desde entonces no hizo otra cosa que quedarse muda y mirar a través de las paredes, los edificios, las montañas, hasta un sitio que estaba tan lejos de ella, como la posibilidad de que Ninet apareciera por la puerta de pronto saltando como un pájaro pequeño y manchando la alfombra de piecitos y diciendo que acababa de ver en el jardín, una lombriz.

Y así continuó, muda, hasta que tuve el valor de preguntarle, que qué tenía que hacer para que me perdonara. Y entonces me lo dijo, abrió la boca y en la boca tenía dientes y en los dientes trompetas que clamaban al alba del día en que a Ninet, le salió mal ser sirenita. Y como si hubiera estado esperando aquel momento todo ese tiempo y como si fuera lo último que fuera a decir en su vida, dijo: “cuando sientas, lo mismo que yo”.

Recuerdo a Marie tirando las bolsas de la compra y destrozando los tacones corriendo hacia aquel pequeño mar con sabor a cloro y azulejos azules que arrastraba hasta el fondo a Ninet sin que otra cosa que no fuera la muerte-esa señora fea, como ella la llamaba porque un día vio una mariposa arder en el fuego de la chimenea-, la sacará de allí, sin color en las mejillas.
Recuerdo a Marie golpeando en el pecho de la niña con los puños, mientras su bolso, que aún le colgaba del hombro, bailaba una ridícula danza en el aire de arriba para abajo de una manera esquizofrénica, sísmica, tronchándose, como uno de esos individuos que se suben a un toro mecánico.
Y recuerdo los ojos de Marie buscando un dios y los ojos de Marie brotando como un manantial sobre el césped y los ojos de Marie perdidos en la niebla, y las lágrimas, que eran como edificios de diez plantas derrumbándose sobre los hormigueros.
Luego Marie se abrió en canal y cada uno de sus átomos y glóbulos y huesos se dobló hacia fuera desde dentro, y las uñas, se le curvaron de una manera extraña hacia la cara, desgarrando todo lo que encontraban a su paso y dejando en los labios, hilos de sangre y un rastro de pestañas. Y vi a Marie por dentro, y desde el centro de un agujero enorme del tamaño de un puño que le hubiera arrancado el corazón, vi salir un viento que llevaba espinas que al salir se le clavaban a las costillas, a los dedos, a los párpados, como una tormenta se le clava a la noche y la noche al día siguiente y la nieve a las copas de los árboles.
Recuerdo las manos de Marie, retorciendo el oxigeno que la rodeaba.

Dicen, que cuando un marinero muere, la vela, se apaga.



A la flor de mi solapa