19 de junio de 2010

Sibaritas


Un ojo sobre el plato.
El plato es redondo. Liso. Blanco.
El ojo es un ojo.
Minúsculas venas y un apéndice
y un iris empañado por la falta de riego,
una neblina,
que lo ciega amén.

No hay nada
dentro de un ojo.

No hay caballos ni dunas,
ni niños corriendo por la playa
ni un pastel de calabaza.

Lo tomo entre la punta de mis dedos,
y pienso en ella.
Sin ojos.
Pero con todo el Universo por hacer,
con tanto miedo
de no saber morir en el intento de vivir.

Sin ojos y pintando en el vaho de los cristales
un paisaje con loros y lagartos,
sin ojos y con tierra entre las uñas
y semillas en el pelo, de mijo y albahaca.

Suelto el ojo en el plato,
lo trincho
y me lo como.

Mañana una pierna,
un dedo, una oreja, un hueso,
y cuando ya no quede nada que llevarme a la boca
si no niños corriendo por la playa y su sonrisa,
le diré Te amo,
y ella sin ojos ni vértebras ni excusas,
me haga tal vez un hueco en la palma de su mano.