17 de junio de 2010

Sin un mapa del mundo en el bolsillo


-¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!
Veintiséis llamadas perdidas. Diecinueve mensajes sin abrir.
Y otro, veinte.
La diez de la mañana y todo ese Sol.
Una vez leyó en algún sitio que los pájaros, sabían decir te quiero con el pico.

Y un día menstruó. Y otro, sopló catorce velas, y otro, se sentó en una silla y se quedó mirando delante del espejo mucho rato su silueta y dijo:“Si encuentras mi alma seré tuya para siempre”.
Luego la besaron. A los quince. Un niño gordo que se llamaba Alberto.

Estudió Bellas Artes. Se acostó con un hombre. No fue especial. Fue. Y la segunda vez se pudo encima.
La siguiente, y todas las demás, siempre preguntaba antes que cómo lo iban a llamar, si follar, o hacer el amor. A ella le hubieran gustado las dos cosas. Juntas. A la vez.

¿Por qué se había equivocado tantas veces de paisaje? ¿El amor era sólo una palabra, o simplemente ella, no tenía alma?
Son casi las once.

-¡Próxima parada...!