28 de junio de 2010

Stratos y el candelabro de ocho brazos


¿Proust?
Ni puta idea.
Pero puedo decirte a qué sabe tu coño.
A tu coño.
Ni Ferrán Adriá ni na de na.
Tu coño, y una cuchara de lengua.

Pues como te iba diciendo: los ojos de los cocodrilos
brillan como canicas sobre la superficie del agua.
Me fijo en esas cosas, mientras camino.
No creas que fue fácil descubrirte en la pradera,
entre tanta margarita y tanta hierba.

Mientras lees a Nietzsche
me dejo caer sobre tus tetas.
¿Me perdonas?, pregunto.
“Te perdono”, contestas.
“Te perdono porque soy egoísta y dios ha muerto.
Porque te quiero libre de pecados
y que tus manos limpias de hombre arrepentido,
me amasen como al pan.
Te perdono porque he visto que dentro tienes luz,
te perdono porque soy una princesa
y tú, la rana más bonita de la charca”.
Y te ríes.

Me pincho tu risa en una vena gorda
y es como meter los dedos,
en un enchufe.

Eres tan bonita
que a veces das asco.
Con tus putos hoyitos en la cara,
y a lo lejos las luces de tus ojos encendidas.

Necesito ayuda psicológica.
Un abogado.
Y un fontanero.
Para las babas.

Te cortaría el cuello;
pero te quiero demasiado.
Oye, lo de dios...bueno,
también me gustaba ese actor, ya sabes,
Morgan Freeman.