1 de junio de 2010

Tengo una flauta y me llamo Bartolo


Una mujer. Como otra cualquiera debajo de la lluvia.
Pero te acercas y de cerca, de pronto te detienes, y dices: Es ella.
Y dices hola, cómo estás, y ella que es ella, sin mirar ni la hora, dice que ahora es...
Tuya para siempre, que siempre ha sido tuya, que cuánto has tardado. Siglos...
Quedamos a las diez y son las diez, la hora de cogerla de la mano, antes siquiera de dar el primer paso, el primer paso juntos, y así, sin conocerla, me la llevo de debajo de la luz de la farola caminando, a donde sea, qué más da, donde tú quieras, y abrimos el paraguas y buscamos, con los ojos los ojos, con la boca la boca, con la lengua la lengua, y bailamos, debajo de la lluvia, del cielo, el universo. Encima del mundo.

No hablamos del amor ni de la suerte. No hablamos de nosotros ni de nadie. No hablamos de un porqué ni de hasta cuando. Pero decimos muchas cosas, todas verdad como los charcos, el frío, y mañana. Y uno nota que su mano, es eso que a la tuya le faltaba, y ese agujero que otras manos no tapaban, desaparece, y entonces la aprietas y te quedas mirando, y no te falta nada, estás completo, sin grietas ni barrancos, donde antes, sólo estabas tú, tú sin ganas, tú soñando, tú con ella, porque existe, ya vendrá, tú esperando, tú despierto, tú cantando en voz bajita aunque no sabes cantar.

Y por supuesto flotas. Y de un balcón, le regalas un lirio, un clavel, una petunia.
Soñé contigo un día, yo tenía, me dice, siete años y una caja de lápices de cera, que sólo dibujaban Unicornios. Me tiende un pliego de su vida, mientras pido café, sobre la mesa: Soy yo, pero es hermoso, un caballo blanco y con los ojos tan profundos como pozos, soy yo, pero le digo, que algo tan hermoso...que tal vez, se haya equivocado que...que mírame...que me hubiera gustado...
Y se levanta de la silla y me sostiene la barbilla y me encuentro con sus ojos y me callo, porque soy yo, me dice, poniéndome la mano donde lato con su mano, y lo repite: “Tú”, y al día siguiente, “Tú”, y a los tres años, “Tú”, y sin preguntas ni hasta cuándos ni porqués, nos llenamos de arrugas, de polvo, de curvas imposibles en los huesos, y en algunas ocasiones, si los huesos obedecen, las manos de caricias, y la cara de besos.