18 de junio de 2010

Un timón a cuatro manos


Le digo Ven. Y viene. Sin hacer preguntas. Sólo viene.
De venir. De estoy aquí.
Y le cuelgo del cuello la llave de mi vida.
Y le cojo la cara entre las manos, y le digo: Gracias.

Soy flores amor-le digo-para ti, y un ser humano
a veces, y otras, no, y a veces, no lo sé.
Y lo que soy tú te lo quedas,
sin hacer daño a mis cimientos,
sin elegir de mí a mí, o a otros, que también soy.

Soy flores amor, le digo, que soy flores.
Y ella la tierra, y así, vamos andando,
de la mano como niños
hacia la boca de un Volcán, uno nuestro.

Nunca he tenido menos miedo
que cuando creo en ella.
En ella pronuncio la palabra “Indivisible”
y es brillante y preciosa como un regalo,
no me da miedo decir “Te necesito”
porque
con ella,
todo es mejor.


No quiero la llave de tu mundo,
si me hubiera...
Nunca la habría perdonado,
amado sí,
pero sólo porque es algo inevitable.

Le digo, amor, yo siempre he sido
un barco a la deriva.

“Antes de perderme
encuéntrame”

Sabe qué dice.

En cambio a mí me dan ganas de decirle
que qué guapa está con la llave de mi mundo,
que si quiere jugar a la pelota en esta orilla
hacer castillos en la arena,
pompas de jabón, aviones, barcos,
follar sobre la hierba como insectos
y luego ver quien da los besos más pequeños...

Que si quiere jugar a vivir,
a vivir de verdad.

Llévame a puerto.

Siempre fui un tonto,
todo el mundo lo sabe,
es sólo, que ahora, me apetece
que cuando los buitres pasen,
no vean cadáveres,
y busquen más al sur
mientras nosotros
al arrullo de un susurro que nos dice “Creced”
brotamos en el centro del Desierto.