6 de junio de 2010

Waterman


Hace tanto que no me encuentro un gusanito en una manzana...
Antes, comprabas manzanas, y a la hora del postre la cogías con la mano y abrías la boca y allí estaba, con su cabecita negra y su cuerpo blandito y regordete, mirándote, y entonces te acordabas de algo bueno, sin saber de qué, porque en todos los cuentos, había gusanitos viviendo en manzanas, y un cielo azul, y una ventana, y dentro, ella, y más adentro, tú, tú saliendo de su boca, suspirado.

Y había unos cigarritos de chocolate, que jugabas con ellos a encenderlos y fumártelos, a ser mayor; pero como estaban tan ricos, a la segunda calada te los comías.

Luego empecé con el crack y a pincharme en el tobillo, me gustaba, era otro mundo, cualquiera menos éste, en éste, a los gusanitos de las manzanas, los mayores los tiraban al cubo de la basura, y a las princesas, las violaban en cualquier portal, y yo, quería seguir comiendo cigarros de chocolate, y jugando a que mis soldados de plástico hacían una misión en Calcuta, y salvaban a todos los indios, y mi mano, era un helicóptero, que se los llevaba de allí, volando.

Al final me vine a vivir aquí, a ras del suelo, después de lo de Alicia, no quise jugar con nadie más. Se quedo mirando el techo por los siglos de los siglos amén. “Nunca seré mamá”, me dijo, y apretó la jeringa y se tumbó a disfrutarlo en el sofá, mientras yo, fregaba los platos.

Ahora trabajo en una empresa de limpieza de cristales. Poco dinero. Muchos cristales.
La tienda de regalos de Ana hace esquina, así, que mientras enjabono y paso el trapo, pueda verla por delante y por detrás, de perfil, y por dentro. Por dentro es por donde más me gusta. Tiene unos ojos bonitos, pero por dentro...
No quiere que venga nadie más a sacar brillo, le gusta, cómo lo hago, y sólo y sin azúcar, que es lo que hacemos, cuando ha cerrado.
Yo hablo poco, y ella lo dice todo. Llámame oportunidad, me dice. Llámame amor, o a las siete de la tarde, o a y media, que los domingos, me pinto y me depilo y me gusta mirarme en el espejo. Llámame Ana, lo que soy, y deja el suelo donde está y mírame a mí, que estoy aquí.

Le enseño un tatuaje con serpientes, y me quita el cigarro de la boca y me dice “no fumes más”, “Te necesito”, “No has llegado hasta aquí para que el resto de mi vida sea, echarte de menos”.
Ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí. Pero tiene razón, y un gusanito dentro.