14 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: con dos de azúcar, y un día sin relojes

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Y de pronto entre las manos, tuvimos un cuento sin final, con Princesa y un Draco que escupía por la boca y yo, que era San Jorge en pantalones cortos, y una gorra con visera de cartón.
Desayunábamos polen de jazmines, sentados frente al Coliseo, y zumo de naranja y pulpa de tomate en la sonrisa y yo, un cigarro en la boca que no se caía de los labios, ni siquiera cuando ella se inventaba el Happy End de la película, haciendo la banda sonora con la boca: “Tengo tantos sueños que si no los cumplo todos, no quiero ninguno”.

Tuvimos cuatro hijos en menos de tres horas.
Así, a lo tonto.
María, Pablo, y los gemelos.
Los gemelos fueron culpa, de una gitana que leía la mano, y le decía a todo el mundo que jugaran al siete.

Lo mismo parecía una hembra de pantera que Ava Gadner en Mogambo, el caso era que mirarla, así, despeinada y apenas, sin compasión, erar mirar el sol de frente y por supuesto no ver nunca nada más. “La amo tanto-me dije-, que me amputaría un brazo por el hombro con tal de que alguien me firmara en un papel, que ella es el resto de mi vida”.
“¿En qué piensas?-preguntaba-. Tienes una cara muy rara”.
Coño, es que un brazo, duele.
Le gustaba llevarme al Mercadona atado de una cuerda. A mí, que me llevara así, con todos mis papeles en regla, me encantaba.

Nunca sabía cómo su mano llegaba hasta mi mano, pero miraba, y siempre estaba ahí, por lo que llegué a pensar que, o yo había nacido con tres manos, que no me acuerdo ahora, o es que me quería mucho.
Llamé a mi madre. Y le pregunté. Y me dijo que no, que sólo dos. Mi madre sabrá.

Después del desayuno, desayunábamos de nuevo, y así, sucesivamente hasta que, de hacer finales con perdices, Klein, mi osito de peluche, asomó la cabeza del bolso y nos miró con sus ojos de botón, y entonces, nos acordamos de que, le habíamos prometido, ver el mar.

Pedimos, una carroza blanca con licencia, y un San Cristóbal de plástico en el salpicadero: “Al océano”, dijimos a la vez, y Klein, con su boca hilvanada en hilo rojo, intentó una sonrisa que quedó en algo hermoso, pero torcido y raro, como una rama del árbol del ahorcado.
“No te preocupes Klein. Nunca más te volveré a dejar solo”.