13 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: el árbol que por dentro era una casa

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Y así de la mano, llegamos en taxi hasta el árbol que por dentro era una casa.
Nos mirábamos como exploradores.
El árbol que por dentro era un casa, estaba frente al Coliseo, y ahora que lo pienso, en una esquina.
Cada centímetro de piel que recorríamos el uno del otro, era terriblemente inspeccionado, cada granito y cicatriz, cada pliegue y arruga, cada lunar, cada vello, cada poro poro a poro, cada deseo a deseo, y más allá.
Al árbol que por dentro era una casa y estaba en una esquina, la vida le había regalado habitaciones, que en vez de números, tenían un sabor. La nuestra era la verde y sabía a pera, y en el llavero, de muestra, tenía un botón enorme y lila, con cuatro agujeros por donde las cosas, se veían todas de otro color.

“Gracias cada vez que te emocionas, que crujes, que estás viva”, le dije con un dedo dibujando los filos de su boca, y ella me resfregaba los hoyitos, por la puta cara.
De cerca era, como una gran muñeca con pestañas, y una boca de culito de fresa diciendo cómeme, que estoy muy rica. De más cerca era tonta y muy blandita. Y ya cerca del todo, es cuando se le metía el puto diablo de Jack Nicholson, y de los ojos, le salía un lago negro con nenúfares, y de la boca una lombriz desvergonzada y de las manos, la esencia de la vida o qué, era eso, que me hinchaba la vena y que la vena rasgaba la ropa y tras la ropa le buscaba entre las piernas el amor, así, a grosso modo.

“Creo que te amo” le dije, yo, que ya no creía en nada, mientras la vi meterse en la bañera, con sus muslos de potro y sus piernas de Tebas, y en el pelo una tormenta de verano.
Salió del agua, con una toalla en la cabeza y mí frotándole la espalda como si fuera Cleopatra, y mí un peón del ajedrez.
Luego cerramos las ventanas, y el cielo de las siete de la tarde, se oscureció.
Y descubrí que entre las piernas, había un amor con tres pelitos, y una mariposa limonera guardando la entrada a Xanadú.
Que yo era un cactus, decía, y que tenía la lengua larga y más hambre de amor, que Carpanta, y más ganas de más, que el Tío Gilito, que sí, decía así, así, así, mientras las aspas del ventilador, nos susurraban cosas guarras.

Y era extraordinario, ver como la parte que más quería de mí, desaparecía, dentro del culito de una fresa y yo, no hacía nada, por evitarlo.
Y después nos reímos, de que el humo del cigarro fuera un lápiz y el aire una pizarra.
Y de las cosas de ahí fuera, detrás de las cortinas, y todo lo que no fuéramos nosotros, que eramos cómplices, que eramos valientes, que eramos Amundsen y Robert Falcon Scott.

“Creo que quiero que me ames”, dijo ella, poniéndose unas bragas de lunares, y una pinza en el pelo con forma de cangrejo, cuando en realidad quiso decir, quiero que seas, mi Tamagochi.