21 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: ¿Em?

7

Zarpamos a las tres y media de la tarde.
Aquél barco cruzaba la bahía varias veces al día, y el capitán, que llevaba doce años de una punta a la otra y de la otra otra vez a la otra que antes era la una y así un día y otro y otro y otro entre una punta y la otra, se llamaba Juan.

Yo antes creía en las señales, hace tiempo, cuando aún creía en cosas, en que, por ejemplo, si me encontraba un papelito en el suelo y lo cogía y lo leía y decía: “Sé fiel a tus sueños”, así, por casualidad, pues era que tenía que ponerme a pensar en que mi sueño, mi sueño más bonito y preferido de todos los sueños que tenía, podía cumplirse si cerraba muy fuerte los ojos.
Mentira. Los sueños sólo se cumplen si corres tras de ellos, tanto, tanto, que casi los alcanzas. Casi es una palabra muy bonita. Pero también es mentira. Porque casi, nunca es suficiente, y los sueños, a medias, son como despertarse de un cuento de piratas y barcos y banderas con huesos y una calavera, y tú, el más magnífico señor de todos los señores de los mares, con tu espada brillando al frente de una legión de legionarios, que por ti, matarían a su padre.
Me gustaba creer. Era...emocionante. Pero los sueños, si no se cumplen, se convierten en fracasos, uno tras otro, hasta que de romper la vajilla tantas veces, te quedabas, sin platos, sin la casa que siempre soñaste que ibas a pintar de blanco, sin María, porque ibas a ponerle de nombre María, sin regar los rosales mientras ella tu ella la que no podía ser otra si no ella y sólo ella, te preguntaba dónde estaba la isla de Creta, por si acaso, alguna vez, quién sabe. Por ejemplo.

Decía ella, coño, que le daban miedo el mar, y las olas, y que aquello, se moviera, decía, ¡Huy!, yo no me monto, yo no me monto. Decía, que la agarrara bien si eso, por si acaso, le daba algún mareo, decía, que menos mal que no había, mar grueso, que qué bien ¿no?, pero que cuánto viento, que si le daba, otro cigarro.

Y va el cabrón y dice: “Ven, que te enseño”.

Creía que, si escupías entre baldosa y baldosa de cualquier calle de Croacia y acertabas en medio o una palomita blanca te pasaba por delante en algún bosque austriaco o al norte de Italia te ocurría que una vaca, decía Muuuuuuuuu, como los barcos y te estabas afeitando o, creía que la nieve, si nevaba a las siete en punto de la tarde, o, que la chica del anuncio en la parada de autobús, la del perfume, me hacía burla con la lengua, creía, que pasaban cosas buenas, que de repente, tras una esquina, envuelta en un vestido de flores amarillas con estatuas, iba a tropezarme con los ojos más ojos de este mundo y desde ese mismo instante, el resto de mi vida, sería caber en la palma de su mano.
Hasta me inventé una ciudad para nosotros, Santa Marta, un sitio en ningún sitio que no venía en los mapas, poblado de macetas y hadas y putas y Serbias con trenzas en el pelo y paralíticos que se vestían de Batman, de grillos y una banda de ciento veintisiete gorriones, y un puente y una iglesia con campanas y un nido de cigueñas y yo, era un maldito irlandés y ella una flor, que me prendía en la solapa.

Y va el cabrón y dice: “Ponte aquí”

Lo primero que hice fue rezar: “Dios, dime que esto no está pasando”.
Porque si estaba pasando en realidad, Dios, le dije, no es justo, no ahora que me había olvidado de vivir, que había usado mi bandera de toalla y la había olvidado en un hotel de Luxemburgo, no ahora que mi patria eran, mis zapatos, que ya no me acordaba de las hadas, los ángeles, las formas de las nubes en el cielo...

Y va el cabrón y dice: “A estribor”

Y ella, aferrada al timón de aquél enorme barco cargado de turistas, de pie, con el viento en el pelo y a punto de romperse de lo guapa que estaba y lo divina, giró a estribor. Sola. Sin más ayuda que sus manos y una espléndida sonrisa dibujada en la cara, que se veía desde el otro lado del mundo, diciendo, que podía sentir las olas debajo de sus pies y en la punta de los dedos, cómo una embarcación de veinticinco metros de eslora y seis de manga, la obedecía sin remedio y que nunca, había sido tan feliz.
¿Feliz?
Era una diosa.

“Lleváme a puerto, amor”, le dije, y agarrado a su cintura, cerré los ojos, muy, muy fuerte, y en su barriga, sentí como las olas la mecían, y el barco entero, crujía a donde ella lo llevaba.