19 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: lo del beso

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“Me gusta tu boca”.
Y se levantó de la silla y se me subió encima y se me, se me, se me, hasta que estuve tan bien atado por sus brazos y rodillas y esos ojos que no me dejaban dar un paso sin permiso, que ni el hombre de Alcatraz se hubiera escapado.
Y a la luz de las velas vi brillar una lombriz saliendo de su boca para darse un paseo desde un lado de los labios, hasta el otro, mientras sentía en mi ingle su ingle caliente, como un vaso de leche antes de acostarte.
Calculo que habría, un par de centímetros, entre saber lo que era un beso de verdad, y lo que era sólo un beso, uno más, y casi, recuerdo, me sentía, como uno de esos astronautas, que podían contarte lo que era, mirar la luna desde el porche, o pisarla.
Antes de que la lombriz de su boca se viniera a vivir a la casita que mi boca -dijo ella que era-, era, pude sentir como su aliento y el mío formaban un minúsculo ciclón al encontrarse y cómo, sus labios se volvían rojos por momentos y se hinchaban y, parecían cada vez más una manzana y cómo, como un animal, la escuchaba respirar, agazapada en la maleza, a punto de, tan hermosa y segura de sí misma, como si fuera a escalar el Everest.

Sentí como todo y cada uno de mis huesos crepitaba como si los hubieran arrojado al fuego de la chimenea una noche de noviembre en Dinamarca a las once y treinta y cinco de la noche, por ejemplo, y sentí que aquello que había estado deseando, toda la vida y fuera lo que fuera, se me estaba metiendo dentro por la boca y lamiéndome las tripas, como el mar, un día me había lamidos los tobillos. Sentí que tenía, ganas de bailar un tango con la lengua, y dejarme un bigote finito y elegante, y untarme con la mano brillantina en el pelo y decí, lleváme a puerto, ganas de hacer nudos gordianos con aquella larva tibia que era su lombriz y sólo se veía con los ojos cerrados, nudos de esos, que vienen en los cuadros con plaquita de metal y un cristal y un marco blanco con timones azules, y una voz en mi cabeza, dijo “Joder, podrías morirte ahora mismo entre sus brazos”, y luego dijo: “¿Eres consciente?”, y yo, le conteste a la voz que sí, que vale, que de puta madre y la voz, se fue a tomar por culo y yo, seguí besándola, porque aquello, era la cosa más chuli piruli y más bonita y mejor de las mejores que me había pasado nunca.

Y llegó el malevaje en la saliva, los mordiscos y el sabor de la sangre en las papilas, y, contra las rocas, decidimos que la vida era eso, lo que queda después de los naufragios, y la agarré del pelo como a un animal de establo y busqué con mis fauces su aorta y la mordí cuanto quise porque ella, gemía que “Soy tuya” y yo, de ella, me lo creía todo, como creía que de un día para otro, quería cruzar las frontera en un descapotable rojo, o abrir una tienda de flores en Lituania, comprar un pony, tatuarse Notre Dame en la barriga.

Supongo que el tiempo pasó.
Que se hizo de día.
Que las farolas se apagaron y las fruterías, se llenaron de plátanos y mangos y los bares, de señores con gafas que iban al trabajo y en el cielo, brillaba el sol.

No lo sé. Cuando te dan un beso de verdad, no sólo un beso, no uno más, el resto del mundo, desaparece.