12 de julio de 2010

Diario de una cosa muy gorda: La estación

1

Iba a encontrarme con la mujer más bonita del mundo en exactamente una hora.
Sí, temblaba.
Y una hora, son sesenta minutos. Por un largo de andén cada minuto, a ciento veinte metros por andén, total, siete mil doscientos metros haciendo el gilipollas de arriba para abajo.
Mi tren llegó dos horas antes. Tardé una en posarme sobre el suelo. La otra, la pasé batiendo el récord de querer salir corriendo, por lo menos tres veces, como Pedro, que estaba deseando que el gallo cantara.
Su último mensaje fue el siguiente: “Soy como en la foto. No tengas miedo”
Coño, pues por eso.

La foto estaba en blanco y negro, y a lo mejor por eso, no se distinguían las niñas de sus ojos,si no que toda ella, era una niña, de ojos grandes como planetas. Y además tenía una sonrisa. Con hoyitos. Y siempre quise vivir en un hoyito.
He pasado horas mirando esa foto, sin pestañear.“Ahí dentro hay algo”, pensaba, como si estuviera a punto de entrar en una cueva con oso y con murciélagos, y me atara los cordones de los zapatos y entrara a buscar un tesoro, marcado con una x en el suelo.
Quedaban seis minutos, treinta y siete segundos, y dos cigarros.
Mi corazón latía tan deprisa, que tuve que salir detrás de él corriendo porque casi que a saltitos, como un gorrión, se me cae a las vías. Yo quería ser Conan, de pequeño, me hubiera encantado ser Cimerio, y no esto, que deambula como una lagartija por la vida, buscando en la pared una farola con mosquitos.

Había de todo: sombra; banquitos; papeleras azules; un señor con maleta; un inglés con tres niños que parecían ciruelas; un expendedor de cocacolas, una voz que salía de un cacharro: “...procedente de...”; un techo de uralita; si había sombra había sol; si había sol un cielo; si había un cielo, había pájaros...

Y entonces la foto se bajó del tren.
Y entonces las cosas que hacía un momento estaban allí, fueron desapareciendo a su paso, y cuánto más se acercaba, menos cosas había en la estación, hasta que la estación entera, con viajeros y todo, con botellas de plástico y macetas de ficus benjamina, con zapatos con chicles pegados a las suelas y taxis esperando a la salida y una torre con reloj que se veía desde lejos, con cajeros automáticos y guardias, con farmacias y mercados de pescado, estancos, asociaciones de vecinos, barcos y aviones y todo el este de Nebraska y luego Asía...desaparecieron por completo mientras ella, como un golem, iba acortado la distancia que había entre estar vivo, o estar entre sus brazos.

Cuando estuvo a un segundo de mi boca, y como yo no podía seguir mirando el suelo porque suelo ya no había, me enfrenté de lleno a que me amara como quiso, y quiso, con lengua y sin un holaquétalyobienytú, sin dejar que rezara una oración o que alguien, me vendara los ojos.
Su boca sabía a Caja de Pandora y su cintura, era como un baúl flotando en el océano después de perecer a la tormenta.
Luego dijo hola. Qué tal. Cómo estás.
Y yo, que hubiera podido tocarle el concierto de Aranjuez con las cuerdas vocales, no hice otra cosa si no dedicarle un espectáculo circense y completamente gratis, dando suspiros para adentro y vueltas sobre un eje, que era yo, mientras ella sonreía de hoyitos para abajo y supongo que bastante complacida disfrutaba, como era una niña toda, de mi plateresca puesta en escena con nariz de payaso.

Luego dije: “Joder, casi me muero”, y me alegré de que casi, fuera una palabra, tan bonita.
Cuando salimos a la calle, las cosas, los niños con forma de ciruela y los semáforos, ya estaban en su sitio. Así, que tomamos un taxi.
“¿Dónde vamos?”. Contesté que donde quiera que fuese donde quiera, allí, que daba igual, porque yo ya, y ella, hacía rato que andábamos cogidos de la mano.

A la flor de mi solapa