12 de julio de 2010

Remar en tren hacia la vida


A Blanca la puse a mirar a la bahía y le conté la historia de mi vida en cuatro o cinco besos, muy cerca de los labios, donde duele, sin que llegue a matarte. Blanca era muda y hablaba con los ojos, y seguía siendo la mujer más bonita del mundo, aunque el mundo de repente se acabara en la próxima lágrima.
“Quiero ir allí”, me dijo, señalando la isla de mi boca con sus ganas, “y ser una palmera”.
Efectivamente, a los cinco minutos de una historia de amor a orillas de otra vida en una ciudad donde anidaban las cigüeñas y al sol se lo tragaba la marea, Blanca salió del cascarón convertida en mascarón de proa de una barca que llevaba mi nombre aquél atardecer de un julio que iba a ser sin duda el más largo de mi vida.
Julio duró hasta agosto y agosto hasta septiembre y con las lluvias, llegaron las ganas de abrazarnos para siempre y alquilamos un grano de arena de la playa con terraza y un hormiguero en forma de volcán en la cocina, al que bautizamos, en honor a un libro que ella había leído al menos tantas veces como dedos tenía para contarlas con las manos: “El Cólera”.

Lo cierto es que agarrarme a su cintura, fue un bálsamo divino que Blanca me untaba con la lengua por ejemplo en el mástil, y que siempre seguía con la fiesta en cubierta de la luz de los días que nunca se acababan antes del alba, y que en vez de amaneceres, parecían guirnaldas en el cielo que adornaban los trinquetes de babor a estribor, mientras nosotros nos mecíamos el uno en el otro y cerca de la costa lanzábamos el ancla en la almohada.

Al día siguiente y sin decir absolutamente nada, abría los ojos y la alcoba se inundaba de palabras, y desayunaba de mi lóbulo y mi frontera esta de entre lo que soy y lo que significo, y Blanca, desnuda sobre un lecho de amor sembrado entre las sábanas, era feliz de ese color.

Más cierto todavía es que la vi aferrada al timón y con sus ojos clavados a la quilla, y desde entonces Blanca, es una canción tatuada para siempre en mi tórax como una bandera, como un dogma que me helara la sangre, si me faltara, si mi pecho fuera un yermo sin su nombre porque Blanca, se vuelve potro entre mis brazos, y risa entre mis dedos y horizonte, cuando no sabe que la miro navegar, capitana y bonita, hacia lo que quiera que haya tras todas esas olas.